«En una viñeta publicada recientemente, una nena le contaba a su amiga que, para esta Navidad, les había pedido a sus padres que no le regalaran juguetes sino "espíritu navideño", y que sus padres quedaron desconcertados, sin entender ni saber qué hacer. El mensaje me pareció muy agudo y ciertamente nos plantea la pregunta: ¿qué es el espíritu navideño?». El entonces cardenal Jorge M. Bergoglio comenzaba así en 2011 un artículo publicado en «La Nación» titulado «El espíritu de la Navidad».

El hoy Papa Francisco mencionaba los cuentos de Andersen, Tillich, Lenz, Böll, Dickens, Gorki, Hamsun, Hesse, Mann y tantos otros que se aproximaron a él aunque «con todo, no resultan suficientes», decía, antes de recordar el relato bíblico del nacimiento de Jesús en Belén.

La tradición cristiana está en el origen de las fiestas, pero «el riquísimo poso de cultura y arte que han generado en tantos campos, y los valores profundamente humanos que conllevan los hechos que se narran, sumados a la espiritualidad ya citada, han dado como resultado unas tradiciones y ceremonias que celebradas con sentido adecuado han elevado al hombre sobre su propia condición, extrayendo de él lo mejor de sí mismo», señala el historiador burgalés Francisco José Gómez.

Solo así se explican, a su juicio, episodios históricos como la Tregua de Navidad de hace un siglo. «No es coincidencia que el 25 de diciembre del año 1914, en plena guerra mundial, en varios puntos del frente, soldados de ambos bandos, imbuidos de espíritu navideño, decidiesen espontáneamente no combatir, saliendo de las trincheras, intercambiando saludos y regalos con su enemigo, cantando villancicos al unísono, enterrando conjuntamente a los muertos e incluso jugando en partidos de fútbol», asegura el autor de la «Breve historia de la Navidad» para quien «la Navidad y su sentido pudieron frenar la primera gran matanza de la Historia».

La psicóloga Silvia Álava matiza que «no existe el espíritu navideño como algo científicamente comprobado», pero sí constata que «por la tradición de la fiesta cristiana» ese anhelo de paz y de ayudar al prójimo en estos días «está socialmente establecido».


«Ya no hace falta que seas especialmente religioso. Hemos conseguido que el espíritu de ayuda a los demás haya trascendido al aspecto religioso», sostiene.

Para Álava Sordo este espíritu beneficia tanto al que da como al que recibe. «Está estudiado científicamente que cuando hacemos cosas por los demás, nosotros también nos sentimos mejor, contribuye a nuestra felicidad», señala citando las investigaciones de Sonja Liubomirsky, profesora de Psicología de la Universidad de California (Riverside).

La Navidad es también un tiempo en el que la nostalgia se dispara. «Es normal», asegura la psicóloga, «porque son muy familiares», pero «hay que intentar focalizar las fiestas en los que sí están». Se recuerdan las navidades de la infancia porque para un niño «es una época mágica, llena de estímulos (luces, belenes, árboles...), vienen Papá Noel o los Reyes Magos, se reúne la familia... para los niños son especialmente divertidas».

«Es muy importante cuidar que los niños tengan ese buen recuerdo», continúa Álava, y transmitir los valores a las nuevas generaciones, siendo su modelo. «Que vean cómo los mayores hacen cosas por los demás» como llevar juguetes, ropa o comida a la parroquia o la ONG y colaborar en comedores sociales, la operación kilo o el Banco de Alimentos «no para aparentar o para ser admirados, sino para que aprendan».

Las Navidades de hoy «son muy consumistas, es verdad -admite la psicóloga- pero también tienen ese aspecto positivo que habría que mantener todo el año».