Cuando se especializó en Geriatría, Jordi Valls empezó a familiarizarse con el último tramo de la vida humana, pero no se imaginaba que terminaría dedicando gran parte de su trayectoria profesional a una buena atención hacia la muerte.

Todo comenzó — relata— «cuando hice una estancia en cuidados paliativos en el Reino Unido. A partir de ahí trabajé en equipos de atención en domicilio en Cataluña, y desde hace siete años estoy en la Fundación Instituto San José». Y ahora, además, dirige el equipo de atención psicosocial para enfermos avanzados de la Obra Social de La Caixa, que ya ha prestado asistencia a más de once mil personas en toda España.

- La Unidad de Cuidados Paliativos no parece, pese a todo, un sitio triste.
-Es que no lo es. Nadie en esta casa ni en ningún otro centro recibe más recompensas y agasajos que quienes trabajan en ella. La gente (tanto el enfermo como sus familiares) se siente agradecida porque les escuchas, les acompañas y haces más agradable el proceso de la muerte.

-¿Todo el que ingresa ahí es consciente de que se va a morir?
-No, y eso es un problema. Los médicos y los profesionales sanitarios ven a veces la muerte como un fracaso de su labor, cuando es la «enfermedad» con mayor prevalencia: ¡cien por cien! Y no se enseña bien en las facultades el saber dar malas noticias, un arte en el que tú tienes que escuchar más que hablar. Creo que es injusto morirse sin saber que te estás muriendo, porque a lo mejor tienes un montón de cosas por resolver. A cada uno nos gusta cerrar nuestras carpetas, y situar a la persona en esta esfera de realidad puede añadir paz a su muerte. Si tú, por ejemplo, tienes una hermana con la que hace años que no te hablas y te estás muriendo, pues seguramente el mejor tratamiento que te pueden aplicar es llamar a tu hermana, hacer las paces y quedarte tranquilo. En cuidados paliativos se aprende que a veces el mejor tratamiento del dolor no es la morfina.

-Por eso su empeño consiste en ir más allá de la labor meramente asistencial de los hospitales.
-Exacto. El programa en el que estamos trabajando cuenta ya con treinta equipos repartidos por todas las comunidades autónomas, y lo bueno es que se ha contado con entidades que saben de esto, que tienen experiencia en la materia. Nuestra labor se basa en que el medio hospitalario es en general bastante hostil para atender el proceso de final de la vida con la humanidad que precisa. Dicen los que entienden que el mejor entorno para morir es aquel en el que has vivido, o sea, en tu casa. Pero eso no siempre es así, porque los que te rodean pueden verse sin fuerzas para afrontar esa situación. Eso explica que cuando haces una encuesta resulta que el 70 o el 80 por ciento de la gente dice que querría morir en casa, pero sucede justamente lo contrario: el 70 o el 80 por ciento fallece en un hospital. Así que, en mi opinión, el mejor lugar para morir es aquel donde mejor atendido estés, sea tu domicilio, el hospital o un centro como este.

-Porque la atención a la muerte tiene dos frentes: el de quien se va y el de los que se quedan.
-Ahí está. Es fundamental ese trabajo psicosocial. No solo hay que cuidar a quien va a morir, sino también prestar atención a quienes le sobreviven. Esa es una carencia que tienen quizá los hospitales, donde se hace una labor de cuidados físicos muy buena, pero muchas veces ni las necesidades sociales ni las psicológicas están atendidas. Y mucho menos las espirituales, sean de tipo religioso o no.

-¿La eutanasia es petición frecuente?
-En absoluto. He trabajado durante años en atención directa a pacientes terminales, y nunca nadie me pidió la eutanasia. Se suele decir que el mejor tratamiento contra la eutanasia es un buen cuidado paliativo, pues la mayoría de quienes te dicen «yo no quiero vivir» resulta que lo que te están diciendo es «yo no quiero vivir así», y en cuanto tratas el «así», habitualmente ya no se repite el «no quiero vivir». Hay que ser sensibles, caritativos, y atender desde el lado más humanista de la medicina.

-Habrá visto muy diferentes formas de afrontar ese momento final.
-La muerte es un proceso, es un continuo. En mi trabajo he comprobado que la gente habitualmente muere como vive. Hay personas que sufren muertes horrorosas porque han tenido vidas castigadas o porque han sido miserables, pero, con pocas excepciones, quien ha tenido una buena vida es capaz también de tener una buena muerte.