Poseen los escritos de San Juan de la Cruz un extraño poder de comunión personal1. En cada una de sus composiciones está Juan de la Cruz vivo y en persona. Después de muerto recibió los más grandes honores: de místico, poeta, escritor, teólogo, santo y Doctor de la Iglesia. Como todos sabemos, buscando una vida de mayor austeridad y dedicación a la contemplación, se unió a la reforma de su orden promovida por Santa Teresa de Jesús, colaborando con ella en la fundación de varios conventos masculinos y en la dirección espiritual de sus monjas, no sin sufrir numerosas tribulaciones. 

La noche del 2 de diciembre de 1577 es secuestrado de su casita de Ávila por religiosos del antiguo Carmelo. A los pocos días es trasladado a Toledo, para ser juzgado como rebelde. Es encerrado en una rinconera estrecha e incomunicada, recibiendo un tratamiento duro. Estos nueve meses, hasta agosto de 1878, tendrán un influjo enorme en su maduración mística, humana y literaria. En la prisión compone el delicioso poema Cantar del alma que se huelga de conocer a Dios por fe.  Dice así:

¡Que bien sé yo la fonte que mana y corre,

aunque es de noche!

Aquella eterna fonte está escondida,

qué bien sé yo do tiene su manida,

aunque es de noche…

Su origen no lo sé, pues no lo tiene,

mas sé que todo origen della viene,

aunque es de noche…

Bien sé que tres en sola una agua viva

residen, y una de otra se derivan,

aunque es de noche…

De esta manera tan hermosa expresa San Juan de la Cruz su sentir para explicar el misterio que hoy celebramos, la solemnidad de la Santísima Trinidad. ¡Qué bien sé yo la fonte que mana y corre…! Misterio de Dios, conocido en fe. Los dos primeros versos condensan los elementos que dan la tónica al poema: el misterio de la fonte, conocimiento seguro, en la oscuridad de la noche. La fonte, que es Dios en su misterio, se muestra activa en sucesivas comunicaciones: manar original, la creación y su belleza, las Personas divinas. 

Las profesiones de fe cristianas plasmadas en fórmulas precisas, breves y fáciles, nacen muy pronto en la Iglesia como una necesidad vital. Necesidad de presentar lo esencial del mensaje cristiano en fórmulas bien definidas. El más popular para todos es el Credo o Símbolo de los Apóstoles, que recitamos los domingos y fiestas de precepto. Pero el llamado Símbolo Quicumque2, atribuido a San Atanasio, es verdaderamente espléndido por su estilo brillante, por sus fórmulas musicales y rimadas, y, sobre todo, por la nitidez con que expone la doctrina trinitaria y cristológica, por lo que fue adquiriendo rápidamente una gran autoridad en la Iglesia. En él podemos leer: 

Todo el que quiera salvarse, ante todo es menester que mantenga la fe católica… La fe católica es que veneremos a un solo Dios en la Trinidad, y a la Trinidad en la unidad; sin confundir las personas ni separar las sustancias. Porque una es la persona del Padre, otra la del Hijo y otra la del Espíritu Santo; pero el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo tienen una sola divinidad, gloria igual y coeterna majestad… 

Hay, consiguientemente, un solo Padre, no tres padres; un solo Hijo, no tres hijos; un solo Espíritu Santo, no tres espíritus santos; y en esta Trinidad, nada es antes ni después, nada mayor o menor, sino que las tres personas son entre sí coeternas y coiguales, de suerte que, como antes se ha dicho, en todo hay que venerar lo mismo la unidad en la Trinidad, que la Trinidad en la unidad. El que quiera, pues, salvarse, así ha de sentir de la Trinidad.

Somos un cielo, decía San Agustín; esta frase la repetía también santa Isabel de la Trinidad. El cielo es Dios y a Él ya lo tenemos, ya habita en nosotros, pero siempre existe la posibilidad de perderlo. Por eso el cielo definitivo será tener a Dios para siempre. 

Por tanto, tenemos que vivir en contemplación permanente, gustando de la Trinidad en el silencio contemplativo. Podemos pensar, por ejemplo, en Nuestra Señora, en María, la contemplativa que adora en silencio el misterio de la Trinidad en Ella: adora ciertamente al Hijo, que ha sido engendrado en sus entrañas purísimas, pero también adora la presencia del Padre, que le ha manifestado su plan de salvación y la presencia del Espíritu, que la ha cubierto con su sombra. María, después de la glorificación del Hijo, cuando ha recibido en su interior de un modo nuevo al Espíritu, se convierte en un templo sereno de la Trinidad[1]

¡Qué bueno si nos vamos abriendo a esta inhabitación de la Trinidad por el silencio, la oración, la cruz, la gracia bautismal actuada por la fe, la esperanza y la caridad! Para esto miremos a María: Ella es la obra predilecta de la Trinidad, su templo virginal y contemplativo. 

Y, no lo olvidemos, aunque la teología sea, a veces, difícil de comprender, estamos celebrando el misterio más grande de nuestra fe: somos templos de este Dios vivo, que pide de nosotros purificar las paredes, limpiar el interior, preparar la morada para que Dios habite siempre. 

En esta solemnidad la Iglesia en España celebra la Jornada Pro orantibus. Es una ocasión para dar gracias por el don de la vida monástica como una forma específica de consagración, cuyo silencio elocuente y soledad habitada, son un precioso testimonio, una necesaria profecía para quienes estamos en otros surcos de la tierra eclesial. El lema de la Jornada de este año es: "La vida contemplativa. Corazón orante y misionero". 

Celebrábamos el pasado jueves la fiesta de San Antonio de Padua, uno de los primeros discípulos de San Francisco de Asís, que gozó de enorme fama como predicador y taumaturgo. Es conocido como el Doctor evangélico por su forma de apoyar su enseñanza directamente en los textos evangélicos. 

Recordamos ahora un escrito suyo en el que se nos pide ser misericordiosos, estar pendientes de la debilidad de los demás para apoyarles. Algo así hacen los contemplativos con nosotros: sin conocer muchas veces nuestros problemas concretos, pero sabiendo nuestras necesidades, rezan por nosotros, se ofrecen por nosotros, entregan su vida por la salvación del mundo.

Dice así San Antonio de Padua: 

Seamos misericordiosos, imitemos a las grullas, de las que se dice que, cuando quieren llegar a un determinado lugar, vuelan muy alto, como para localizar mejor, desde un observatorio más alto, el territorio de su meta. La que conduce la bandada sacude la flojedad del vuelo, lo incita con la voz; y si la primera pierde la voz o se queda ronca, otra toma inmediatamente su puesto. Todas se preocupan de las cansadas, de modo que si una desfallece, todas se unen, sostienen a las cansadas, para que con el reposo recuperen las fuerzas. 

Seamos, pues, misericordiosos como las grullas: desde el más alto observatorio de la vida, preocupémonos por nosotros y por los demás; seamos guía de los que no conocen el camino; con la voz de la predicación animemos a los perezosos e indolentes; demos el cambio en el trabajo, porque, sin alternar la fatiga con el reposo, no se resiste mucho; tomemos sobre nuestras espaldas a los débiles y enfermos para que no se queden durante el camino; seamos vigilantes en la oración y en la contemplación del Señor, tengamos estrechamente en nuestras manos la pobreza del Señor, su humildad y la amargura de su pasión; y si algo inmundo intenta insinuarse entre nosotros, gritemos ayuda y, sobre todo, huyamos de los murciélagos, es decir, de la ciega vanidad del mundo.

PINCELADA MARTIRIAL

Las enfermeras mártires de Somiedo es la denominación que se ha dado a tres enfermeras de la Cruz Roja que prestaban servicio en un hospital de sangre perteneciente al ejército franquista en el frente de Asturias, durante los primeros meses de la Guerra Civil Española. Luego de que el puesto fuera capturado por tropas republicanas el 27 de octubre de 1936, fueron hechas prisioneras. Según el juicio sumarísimo al que fue sometido en 1937 el comandante de las milicias del Frente Popular (España) que apresaron a las enfermeras, éstas habrían sido ejecutadas tras ser violadas y sometidas a vejaciones. El pasado 12 de junio de 2019, el Papa Francisco reconoció que las tres enfermeras eran mártires asesinadas por odio a la fe.

Las siervas de Dios Pilar Gullón Yturriaga, Octavia Iglesias Blanco y Olga Pérez Monteserín Nuñez, fueron militantes de Acción Católica y de la asociación parroquial de Hijas de María de Astorga, y colaboraban en distintas actividades pastorales y en obras de finalidad apostólica y social. Tenían 25, 41 y 23 años, respectivamente. Recibieron presiones para abdicar de su fe, pero dieron muestras de una gran fortaleza cristiana en mantenerse firmes en su ideal. En vista de ello, las encerraron en una casa del pueblo y, durante toda la noche, los milicianos abusaron de ellas. Con el fin de que la gente de Pola de Somiedo no escuchara los gritos, se ordenó que un carro de bueyes diera toda la noche vueltas a la casa. A la mañana siguiente, volvieron a presionarlas sin obtener resultado. En vista de ello, las condujeron a un prado cercano en donde, una vez despojadas de todas sus ropas, fueron fusiladas por milicianas. Pilar Gullón, que no murió al instante, se levantó gritando Viva Cristo Rey, momento en el que la dieron el tiro de gracia. Era el mediodía del 28 de octubre de 1936. Sus restos mortales fueron dejados sin sepultar hasta la medianoche, cuando las enterraron en una fosa común con otros dos soldados asesinados momentos antes. Estas laicas, enfermeras de la Cruz Roja, dieron su vida por su fe y su condición de cristianas. Su memoria no se acabó con la muerte, pervive con el martirio, forma suprema de testimonio, ya que fueron asesinadas in odium fide.

 

1 SAN JUAN DE LA CRUZ, Obras completas, Introducción general (Madrid, 1993).

2 Justo COLLANTES, La fe de la Iglesia católica, página 845 y siguientes (Madrid, 1986).

[1] Eduardo F. PIRONIO, El Padre nos espera, páginas 62-63 (Madrid, 1987).