La pregunta es deliberadamente provocativa, para que les pique a Vds. la curiosidad de saber "con qué se viene éste” ahora.

            Pues bien, les voy a dar mi respuesta. A nivel constitucional, a nivel legal, desde el Estado, si me permiten Vds. la expresión, sí, sí la hay. Legalmente hablando, disfruta España en este preciso momento de su historia de más libertad de expresión de la que ha disfrutado probablemente en toda ella. Eso sí, hasta que sea aprobada la nueva Ley de Memoria Histórica (la segunda, pero probablemente tampoco la última), que representa un atentado contra la libertad de expresión sin precedentes en una democracia, de una gravedad inimaginable, que pone a España, por lo que a libertad de expresión se refiere, en niveles que difícilmente se pueden calificar como democráticos, y cercanos a los de países que no voy a mencionar. Por cierto, ¡¡¡aprobada sin un solo voto en contra!!! Haríamos bien en hacérnoslo mirar.

            Pero no es a este aspecto de la cuestión al que quería referirme, no, sino a otro. Ya que sí a nivel legal y estatal, ¿disfruta España a nivel de calle, en la sociedad, de una auténtica libertad de expresión? Pues bien, no. Y se lo voy a decir a Vds. con claridad absoluta: yo tengo cincuenta y ocho años. Echen la cuenta y calculen el año en que nací. Les puedo decir que desde que tengo uso de razón (añadan cuatro años al año en que nací, ¡¡¡la tuve muy pronto!!! disculpen la broma), no había conocido una situación en la que la libertad de expresión a nivel de la calle peligrara más que en la actual.

            A nivel social, los atentados contra la libertad de expresión se producen, por lo menos, desde dos instancias diferentes: primero, por increíble que parezca, desde los propios medios de comunicación. Con el número infinito de cadenas de televisión y de medios escritos que existen en este momento, llama la atención la cansinidad de las noticias, que son exactamente las mismas en todos los grandes medios -¡¡¡en todos ellos!!!- con una diferencia de enfoque prácticamente mínima y una unanimidad en su elección que da que pensar (¡que si da que pensar!)

             Nunca habíamos estado los españoles tan poco y tan mal informados como lo estamos en este momento, con unos teleadoctrinarios que han perdido toda vergüenza y dedican el 90% de su espacio informativo al adoctrinamiento de los ciudadanos, claudicando de lo que debería constituir su única, o por lo menos, la principal, de sus funciones sociales: la información. Hoy los españoles, más allá de "cambio climático" y de "violencia machista" (con enfoques que dejan bastante que desear), ¡¡¡no tenemos ni idea de lo que pasa no sólo en el mundo, sino a quince kilómetros de nuestra casa!!! Y para enterarse de algo es necesario hacerlo en los pequeños medios, en los blogs domésticos...

            Como lógica consecuencia de lo anterior, el segundo de los atentados que contra la libertad de expresión se perpetra en estos momentos en España: se detecta en las calles una absoluta imposibilidad de discutir, de intercambiar puntos de vista, de discrepar en suma. Una buena parte de la sociedad, que alcanza un porcentaje alarmante, no sólo se considera legitimada para insultar a su interlocutor con ocho o diez latiguillos que le sirven para poner punto final a toda conversación, -latiguillos del tipo “facha”, “nazi”, “racista”, “machista”, “homófobo”, “islamófobo”, “excluyente”, “catastrofista”- sino lo que es aún peor (si cabe): utilizando los latiguillos en cuestión, se consideran eximidos de toda obligación a aportar un solo argumento que apoye su punto de vista. Permítanme Vds. que se lo diga con claridad: “con Franco, discutíamos mejor”.

            Y si esto es grave entre los que hoy tenemos una cierta edad y podemos presumir de haber conocido otros tiempos, no quiero ni decirles a Vds. entre los jóvenes.

            En fin, amigos, esto es lo que hay, qué le vamos a hacer. Que hagan Vds. mucho bien y que no reciban menos. Nos seguimos viendo por aquí.

 

            ©L.A.

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