CAPÍTULO X

IN MEMORIAM…

Mi madre, víctima propiciatoria. – El “bulo” de los caramelos. – Moscú y sus agentes. – Calvo Sotelo. – Dolor y asco. – Manda la U.R.S.S.

Ven pronto. Mamá grave.

Así decía el telegrama, firmado por mi hermano Gustavo, que recibí en Villanueva de Castellón (Valencia), donde me hallaba con mi esposo y mi hijita pasando unos días de descanso, en mayo de 1936.

Devorando kilómetros nos pusimos en Madrid en pocas horas, y me sorprendió no hallar a mi madre en su casa. Temí lo irreparable.

-Tranquilízate; mamá vive todavía -me dijo mi hermano-. No sabemos cómo saldrá del atropello; por eso te avisé con urgencia.

- ¿Dónde está? Quiero verla enseguida, dije, con la natural angustia.

- A esta hora no nos permitirán la entrada en el hospital. Mañana iremos a verla. Está en “la Princesa”.

- Pero, ¿qué ha ocurrido?

- A mamá la lincharon “los tuyos”. Para que te enteres de una vez -dijo mi hermano Máximo, con su habitual brusquedad.

- ¿Es cierto eso?, interrogué dirigiéndome a Gustavo.

-, afirmo este. La cogieron en un grupo de más de sesenta personas, sí así se pueden llamar, y después de martirizarla durante cuatro horas, por muerta la dejaron en medio de la calle. Algo horrible.

Yo no daba crédito a mis oídos. Aquello me parecía una pesadilla espantosa. Era increíble. Mi madre, caritativa, bondadosa, amable con todo el mundo, en el barrio popular en el que vivía, Cuatro Caminos, la conocían los pobres por sus limosnas y todo el vecindario por la afabilidad de su trato. No era posible que tuviese un solo enemigo. Así lo expresé, y Máximo volvió a hablar:

- No, ¿eh? Pues eran más de sesenta personas las que intentaron asesinarla. La apalearon, la arrastraron por el pelo, la apuñalaron, le bailaron encima del pecho hasta hundirle las costillas y le deshicieron la cara a taconazos.

Yo me volvía loca de dolor a cada espeluznante detalle.

- ¿Y vive? ¿Es verdad que vive?, interrogué con ansiedad.

-Sí, vive gracias a Dios, dijo Gustavo; pero es tal su gravedad que aún no hemos podido traerla a casa. Papá está allí, con ella.

-No comprendo esto, dije como para mi misma. ¡A mamá, tan buena!...

- Eso díselo a “los tuyos”, que ayer se hartaron de sangre en Madrid, volvió a decir Máximo. Hubo más de cien linchamientos. Sólo en el trozo de la calle de Bravo Murillo que va de la Glorieta del Estrecho, lincharon a tres personas. Y una de ellas fue mamá.

-Y vosotros, ¿qué hacíais entretanto?, intervino mi esposo, que hasta entonces había escuchado en silencio.

-No lo supimos hasta muy tarde, respondió Gustavo, y añadió:

- ¡Ay, si yo me encontrase allí! Ese día me manché las manos con sangre humana, rescatando a una pobre religiosa de un grupo de asesinos. Entre un anciano y yo la salvamos cuando la tendían sobre los raíles del paso de un tranvía lanzado cuesta abajo. Al recoger su cuerpo magullado, nos manchó la sangre de aquella infeliz. ¡Si alguien me dice entonces que, casi a la misma hora, están haciendo lo mismo con mi madre!

-Pero, ¡yo no lo comprendo! Decís que hubo linchamientos, asesinatos… ¿Por qué?... interrogué, sintiendo flaquear mi razón.

-Eso pregúntaselo a los tuyos, repitió Máximo.

Mi marido intervino de nuevo:

-Comprendo que estéis doloridos por la salvajada que han hecho con la pobre mamá, dijo seriamente. Pero, Máximo, te pones demasiado pesado con tanto repetir “los tuyos”. Los nuestros no pueden ser asesinos, porque nosotros no lo somos. Y nada más.

-Pues son vuestras ideas, insistió Máximo.

-Tampoco, replico mi esposo, porque no tenemos ideas criminales. Y no insistas en ese tono, porque no te lo consiento.

Luego, volviéndose a Gustavo, le preguntó:

-Dices que mañana se la puede ver. ¿A qué hora?

Gustavo dio a mi esposo toda clase de detalles e instrucciones para ver a mi madre. Yo casi no me daba cuenta de nada. Lloraba sin consuelo, contando ya muerta a la que me había dado el ser. Al llegar a nuestra casa, la cocinera y la doncella me abrazaron llorosas, mientras la niñera llevaba a la niña a su cuarto.

- ¡Señorita! ¡Pobre señorita! ¡Qué disgusto traerá! La pobre señora, tan buena… ¡Y hacerla eso!...

- ¿Están ustedes enteradas?

-Sí, señorita. Su prima, la señorita Carmiña, nos lo dijo. Fuimos a ver a la señora; pero como si no.

- ¿No las ha conocido?

-Ni nos ha visto. Tiene toda la cara vendada. Le dan el alimento por inyecciones. ¡Una pena! ¿No la ha visto usted?

-Acabamos de llegar, y a esta hora no es posible. Mañana iremos…

Me metí en mi cuarto y me acosté. Me dolían las sienes. Mi marido siguió hablando con el servicio, enterándose detalladamente de lo ocurrido, que luego me refirió.

Había circulado el rumor de que las religiosas y las damas catequistas estaban repartiendo entre los niños de los obreros, caramelos envenenados, para destruir de este modo la simiente comunista; y en represalia, las turbas habían asaltado los conventos y cometido toda clase de crímenes, dentro y fuera de ellos, con las religiosas y las damas de la Acción Católica.

-Vamos a la Casa del Pueblo, dije a mi marido, levantándome de la cama y disponiéndome a salir.

- ¿A qué hemos de ir? Ya sabes lo sucedido. Estás mal. Tienes fiebre, se opuso mi esposo; pero yo insistí.