Rebeldes con causa: los sacerdotes.

Incluso en ambientes católicos, pensamos poco en lo asombroso que es el hecho de que haya sacerdotes, chicos jóvenes que sienten en su interior y atienden una llamada para dedicar su vida –renunciando a muchas cosas- a su Dios y, por Él, a los demás. Y esto sigue sucediendo hoy, en nuestra sociedad opulenta, materialista, competitiva, tecnológica, hipersexualizada, hedonista y preñada de individualismo y desesperanza; como siempre desde hace dos mil años… algunos jóvenes oyen en su interior la invitación de Dios para entregar su vida a un Amor con mayúsculas que llena su corazón y los convierte en servidores de los demás con dedicación exclusiva. ¡Es asombroso! O divino; prueba de que Dios sigue muy presente en este mundo que se olvida de Él.

Estoy convencido de que lo importante en la Iglesia somos los laicos, pero también de que los sacerdotes son lo imprescindible. Sin ellos no tendríamos ni Eucaristía ni perdón de los pecados y nuestra vida de relación con Dios estaría privada de lo fundamental, del carácter sacramental de nuestro contacto con Él. Gracias a los curas podemos tocar a Dios físicamente y recibimos su perdón de forma personal e indubitable, aparte de otras muchas cosas. Por eso, que haya chicos que sigan hoy diciéndole SÍ a Dios en su alma cuando éste les invita al sacerdocio es una de las pruebas más evidentes del amor fiel de Dios por todos nosotros y señal de su presencia activa y eficaz en este mundo que es escenario de la historia real, la que importa, la de la salvación.

Con frecuencia, en los medios de comunicación y en las conversaciones entre católicos se habla de la Iglesia como si de estructura de poder se tratase y de los sacerdotes más por sus errores que por su papel real de mediadores entre Dios y los hombres.  Olvidamos así lo esencial: que Dios sigue velando por la humanidad y la Iglesia suscitando vocaciones al sacerdocio e invitando a chicos jóvenes a decirle que SÍ, que aceptan su invitación a ponerse al servicio de todos por una razón de amor. Es asombroso –repito-; ¡o divino!.

Me suscita estas reflexiones la lectura de Se buscan rebeldes. Y luego … que sea lo que Dios quiera, libro escrito por dos sacerdotes, Ignacio Amorós y Alfonso Sánchez-Rey (Ed. Rialp, 2018, 191 págs.). En este libro, 13 sacerdotes/seminaristas cuentan su vocación al sacerdocio; cómo Dios se fue insinuando en su alma durante años, una vez y otra, apoyándose en su familia, en sus circunstancias, sus éxitos y fracasos en la vida afectiva y profesional y en sus amigos. Algunos respondieron pronto a la llamada de Dios, otros tardaron muchos años; pero Dios no dejó de acercarse una y otra vez como amante que ronda al amado … hasta que dijeron que sí.

Son relatos autobiográficos, escritos en primera persona por cada uno de estos 13 jóvenes que proceden de países tan distintos como China, Japón, España, Méjico, Ecuador, Nicaragua, Indonesia, Brasil, Tanzania o Colombia. Los hay de todas las clases sociales y situaciones, pero todos tiene en común que Dios fue acercándoseles pacientemente y sugiriéndoles que los quería para sí como sacerdotes y que todos acabaron –antes o después- diciéndole que SÍ. Cada relato consta de 10-12 páginas y en todos ellos aletea el eterno juego entre la llamada de Dios y la libertad del hombre, que eso es la vocación.

Los sacerdotes surgen de la familia, son nuestros hijos; no caen del cielo. En estas 13 vidas reflejadas en este libro se ve también el poderoso influjo de la familia, de los padres, en la formación de personalidades abiertas a la voz de Dios; y no son familias perfectas, las hay de todo tipo: católicas o no, matrimoniales o no … Tradicionalmente las familias cristianas aspiraban a que entre sus hijos al menos uno fuese sacerdote, conscientes de que era un lujo, un regalo de Dios, tener un hijo sacerdote. Ojalá los padres, los abuelos, de hoy sigamos soñando con un regalo así de Dios para nuestra familia. Se puede rezar por ello.

 

Benigno Blanco