*Antes de empezar a leer, una advertencia: si lees de corrido las palabras en negrita tendrás un resumen del post de hoy.

Este año está siendo muy raro a causa del coronavirus: se cerraron los colegios en Marzo, nos confinaron 3 meses, las mascarillas, los guantes, el gel hidroalcohólico en todas partes, la distancia social, el teletrabajo, los semáforos para bajar a la playa cuando todo el que pudo salió corriendo en verano, las colas interminables para todo porque en las tiendas sólo puede haber 4 personas cada vez…

Eso los que hemos seguido con una vida más o menos “normal”, sin contagios ni cuarentenas porque si vives con alguien que se contagia todo cambia más aún con los aislamientos y demás. Y no digamos si alguien de tu familia ha tenido que ingresar en el hospital, sin poder acompañarlo ni siquiera ir a verlo. ¿Y los que han muerto solos, sin poder despedirse de su familia ni poder recibir un último beso, un último abrazo? ¿Y los que se han quedado, pasando por ese trance también solos, sin sus amigos?

Un año muy raro, un año para meterlo en un saco bien atado y tirarlo al fondo del mar o quemarlo en un vertedero.

Una primavera rara con los colegios cerrados, un verano raro mirando con mosqueo al tío que pone su toalla demasiado cerca de la tuya en la piscina-si tu comunidad de vecinos la abrió-, un otoño raro dejando medio autobús vacío pero yendo apelotonados en el Metro.

Y una Navidad muy rara, sin grandes reuniones familiares ni comidas ni cenas de empresa, aunque siempre hay algún listo que se pasa las recomendaciones por el forro y pone en peligro a un montón de gente.

Es muy raro tener puesta la mascarilla en la mesa y no tener una cena de Nochebuena o una comida de Navidad familiar con la casa llena de  hermanos, cuñados, sobrinos, abuelos o tíos. Claro que habrá gente a la que no le moleste porque las reuniones familiares “forzosas” de la Navidad no le gusten o le estresen pero eso no es lo normal. Y habrá quien lo pase realmente mal por no poder ver esos días a sus hijos o nietos que viven lejos. O quien tenga que pasarlos solo porque vive solo y no podrá reunirse con nadie por no ser ni familiar ni “allegado”.  Una Navidad muy rara, ya lo creo.

El coronavirus y la Covid’19 lo copan todo y lo han cambiado todo: las noticias, la forma de trabajar y de estudiar, de movernos por la calle y hasta en nuestra propia casa porque que yo sepa no era habitual tener en el recibidor un spray desinfectante ni un montón de zapatillas para sustituir el calzado que traías de la calle.

¡No puede ser! ¡Que dentro de 7 días es Nochebuena! ¡ESPABILA!, que hay más cosas en el mundo además del puñetero coronavirus y no te estoy hablando de cenas especiales, ropa elegante ni regalos, que todo eso está muy bien siempre y cuando sepamos por qué lo hacemos, por Quién lo hacemos.

Es Navidad, tiempo de esperanza y fe.  No es un invento de los grandes almacenes ni de los comerciantes o los agentes de viajes: es el nacimiento de Cristo, del Hijo de Dios hecho carne en las entrañas purísimas de María para realizar la Redención de la Humanidad. Ni más ni menos, ni menos ni más.

La Navidad es una fiesta cristiana, qué quieres que te diga, y los cristianos lo celebramos por todo lo alto con cena y comida especial, poniéndonos súper guapos y haciéndonos regalos porque no estamos “recordando” el nacimiento de Jesús sino celebrándolo porque vuelve a ocurrir cada año.

No me mires así, no estoy p’allá. Los cristianos creemos que Cristo está vivo porque resucitó, y todo lo suyo es actual y pasa en presente. En cada misa Él mismo se hace presente con todo su ser en el pan y en el vino. En el sagrario está Él, vivo en la Eucaristía. En la confesión Él es quien perdona mis pecados y  me absuelve y me bendice valiéndose de las manos y la voz de un sacerdote. Y en Navidad Él nace

Y nos hacemos regalos rememorando los obsequios que los pastores llevaron al portal de Belén. Y los Reyes Magos vienen a casa a dejarnos regalos -¡espero que sean regalos y no carbón!- para que no nos olvidemos del regalo de la Epifanía: la manifestación de Dios a los gentiles, o sea, a los que no formamos parte del pueblo de Israel.

Este año todo está siendo muy raro y no podemos celebrar la Navidad como todos los años “por fuera” pero sí que podemos por dentro y eso es lo que de verdad importa: que Jesús sea bien recibido en nuestro corazón, que no le demos con la puerta en las narices como le pasó en Belén. Que nuestra alma sea un lugar adecuado para que Él venga al mundo y le guste tanto cómo le tratamos que quiera quedarse para siempre.

Tenía pegado en un armario de la cocina un papelito con una frase que me gustó mucho y que leía a menudo para hacerla vida en mí, pero al principio del confinamiento limpié la cocina de arriba abajo y no sé dónde fue a parar. Decía algo así como: “que todos al verte o al oírte hablar puedan sonreír, porque hoy en ti ha nacido Jesús.”

Será precioso que José y María llamen a nuestra puerta esta Nochebuena y que los recibamos llenos de alegría con la casa calentita y la mesa puesta de fiesta. Y más bonito todavía será que no quieran irse nunca porque Jesús les dirá que nuestra casa es su templo favorito y  nuestro corazón su sagrario preferido.

En este Año de San José que acaba de convocar el Papa Francisco quiero compartir un villancico dedicado a él, espero que te guste.

¡FELIZ NAVIDAD 2020!

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MIRA A JOSÉ

Mira a José, ¡qué preocupado está!

Va buscando posada y nadie se la da.

Él llora por María,

Porque aunque no se queja

Debe estar muy cansada y además es tan buena.

Oye a María, las cosas que le dice:

No te preocupes tanto,

Si somos tan felices cualquier me gusta,

No importa cómo sea.

José, no te preocupes, que el Niño está cerca.

Aquel pobre pesebre será su cuna,

Besaremos las pajas una por una.

Y como lo que vale es el cariño

Haremos sonreír a nuestro Niño.

Mira a José, ya todo es alegría.

Siempre la pasa igual cuando le habla María.

En esta Nochebuena están solos los dos.

Una mula y un buey les dan calor.