Traigo al Blog otro acontecimiento ocurrido no hace muchos años en una imagen que un sacerdote español, que ejerce su ministerio en Italia, trajo de Medjugorje a su Parroquia. La imagen en un momento determinado lloró sangre, y volvió a ocurrir el hecho prodigioso en las manos del Obispo de la Diócesis, que dio fe de lo que acontecía con gran asombro por su parte y de los otros testigos presentes.  Esta crónica fue publicada por   El pescador en 14 Enero 2008. Su autor: Antonio Socci (original en italiano)

Causó alboroto en 1995 el caso de la Virgen de Civitavecchia. Hoy, después de diez años exactos de atentos análisis, llevados a cabo por especialistas que están fuera de toda duda, se ha debido reconocer que aquellas lágrimas de sangre (humana) que brotan de una Virgencita de yeso (una estatua pequeñita rellena, como han revelado las radiografías, sin nada sospechoso en su interior) son científicamente inexplicables. Es por tanto la razón humana, aquí, que “ve” con los ojos y toca “con mano” una chispa de sobrenatural que ha hecho irrupción en la historia (así como en los clamorosos milagros que suceden en Lourdes y en tantos otros lugares). Para no reconocer la evidencia del Milagro en este caso sería preciso renegar de la razón y refugiarse en el prejuicio. Como decía un gran periodista y escritor inglés, Gilbert K. Chesterton: “Quien cree en los milagros lo hace porque tiene pruebas a su favor. Quien los niega lo hace porque tiene una teoría contraria a ellos”.

Aquí un simple hecho hace correr ríos de tinta que también en estos días ciertos solones de un viejo laicismo han esparcido. Pienso en Eugenio Scalfari que en el Espresso para abroncar el racionalismo cristiano de Buttiglione ha pretendido llamar en su ayuda “el principio de indiferencia de Heisenberg” del cual debe conocer bien poco si se equivoca incluso en el nombre (quería quizá citar el “principio de indeterminación” enunciado por Heisenberg en 1927).En realidad la ciencia contemporánea no lleva de hecho hacia Scalfari y las viejas ideologías laicistas, sino hacia la eterna juventud de Dios como demuestra la recientísima “conversión” de Anthony Flew, el heredero de Bertrand Russel, con el que durante decenios ha sido el mayor símbolo del ateísmo filosófico. Pues, al final, frente a la evidencia de las investigaciones científicas ha debido invertir sus posiciones y reconocer una misteriosa Inteligencia superior que ha ordenado el cosmos. Si será aún fiel a su lema socrático –“sigue la evidencia a donde quiera que te conduzca”– descubrirá un hecho aún más extraordinario: que aquella Inteligencia superior (que los griegos llamaban Logos) no se quedó lejos del hombre, no lo ha abandonado, sino que se ha hecho ella misma hombre y ama apasionadamente y tiernamente a toda criatura. Y está presente en la historia. Esto es lo que dice (también) el evento de Civitavecchia. Pero no sólo. Y estos días no se ha recordado que aquella estatuita viene de Medjugorje. El párroco de Pantano que después la regaló a los señores Grigori, en septiembre de 1994, la compró de hecho en una tiendecita de este pueblo de la Herzegovina donde había ido en peregrinación porque allí, desde hace ya 23 años aparece periódicamente la Virgen a seis muchachos (hoy hechos adultos). Es por tanto una clamorosa confirmación de los hechos de Medjugorje. Justamente en un apasionado mensaje de la Virgen de Medjugorje (el 24 de mayo de 1984) se habla de lágrimas de sangre. “Queridos hijos, en cada instante, cuando tengáis dificultades, no temais, porque yo os amo también cuando estáis lejos de mí y de mi Hijo. Os ruego, no permitáis que mi corazón llore lágrimas de sangre por las almas que se pierden en el pecado”.

Marija Pavlovic, una de las videntes, en una larga entrevista con el padre Livio Fanzaga que le recordaba este mensaje a propósito de la estatuita, ha declarado: “Para mí (el suceso de Civitavecchia,  tiene un significado muy grande, no tanto porque la Virgen ha llorado, en cuanto que la Madonna ha llorado, en cuanto la he visto también yo llorar, sino porque ha llorado lágrimas de sangre y ha llorado cerca de Roma. Todo el conjunto dice mucho”. El entrevistador ha probado a saber más de esto, pero la muchacha se ha cerrado de manera que se intuyó que estaba pensando en uno de los diez misterios secretos sobre el mundo que la Virgen les ha confiado.

¿Significa a lo mejor que alguno de los Secretos tiene que ver con Italia? ¿O Roma? ¿O la Santa Sede? ¿Tiene un significado simbólico que la estatua de la Virgen haya llorado lágrimas de sangre entre los brazos de un obispo que hasta poco antes era totalmente escéptico? ¿Prefigura algo que acontecerá?

Marija no responde. Repite sin embargo: “La Virgen nos ha dicho: ‘Orad por el Santo Padre, porque este Papa lo he elegido yo para estos tiempos’… Pienso de modo particular cuando vemos que el Santo Padre tiene menos fuerzas, y también en los próximos años, cuando estaremos en el paso entre un Papa y otro y cuando será el momento de elegir un nuevo Papa, debemos dejarnos guiar por la oración y por el Espíritu Santo…”.

Parecería que en el paso de pontificado deba acaecer algo dramático. Pero también esta deducción en el fondo puede ser arbitraria. Hay sin embargo otros aspectos simbólicos e inexplorados en los hechos de Civitavecchia. Por ejemplo un detalle que, al momento, sembró desconcierto fue el relativo a la sangre: los laboratorios de hecho atestiguaron que era sangre humana, pero perteneciente a un sujeto masculino. Las reacciones superficiales de la mayoría fueron escandalizantes: la Virgen, se objetaba banalmente, tiene sangre femenina, no masculina.

Pero los teólogos advirtieron que no había nada de inquietante. Al contrario: la sangre redentora de hecho, para los cristianos, es la derramada por Jesús, no la sangre de María, que es una criatura redimida por Él como nosotros. Y por tanto aquella circunstancia mostraba el vínculo indisoluble entre la Madre y el Hijo Salvador, mostraba que María lleva a Jesús redentor y no a sí misma. Todo esto tenía un sentido cristiano. También porque el llanto empezó el 2 de febrero, o sea la fiesta litúrgica de la presentación de Jesús en el Templo y de la “Purificatio Sanctae Mariae”. Esta antigua fiesta celebra a la Virgen que “estuvo íntimamente unida” a la salvación “como Madre del Siervo sufriente de Iahvé y como modelo del nuevo pueblo de Dios, constantemente probado en la fe y en la esperanza por el sufrimiento y por la persecución” (Pablo VI).

He aquí por qué la sangre de Cristo en las lágrimas de ella. Y después aquella fiesta recuerda el episodio evangélico del reconocimiento mesiánico por parte del anciano Simeón y de la profetisa Ana, que representan la tradición profética de Israel. Tiene por tanto un significado profundo también en el tiempo de la Iglesia: también ella de hecho tiene el deber “profético” de reconocer el misterio de Dios presente y operante en la historia actual. También en formas especiales. En Medjugorje como en Civitavecchia, como en Fátima y en Lourdes. No sólo. La iglesita de Pantano está dedicada a S. Agustín y surge justamente donde –según la tradición– Agustín, en el 387, sobre la orilla del mar, meditando sobre el misterio de la Trinidad, encontró un ángel-niño que le iluminó: era como pretender hacer entrar el mar infinito en el hoyito que había excavado en la arena.

Que el hecho de la estatuita acaezca en un lugar parecido puede significar una exhortación al reconocimiento humilde del misterio de Dios. Una invitación a no quedar prisioneros de los prejuicios y de la soberbia intelectual. Sobre el simbolismo de las lágrimas después se podría escribir un tratado. El llanto vuelve en muchas apariciones de la Virgen. En verdad el llanto es, en la vida normal, una característica en modo particular de las mujeres y –vendría a decir- María de Nazaret es una mujer en todos los sentidos. También por la facilidad para el llanto que no es un indicio de debilidad femenina, como banalmente se cree, sino de intensidad afectiva y emocional. Tom Lutz en su Storia delle lacrime observa que ninguna otra especie, fuera de la humana, es capaz de llorar, así como sólo la humana posee el lenguaje. Así pues el llanto representa un fenómeno específicamente humano, expresa una profundidad que es sólo humana.

Pero en las lágrimas de María hay un dolor que es también divino. Don Augusto Baldini, en el volumencito sobre el caso de Civitavecchia, refiere algunos motivos de meditación. Por ejemplo del filósofo, convertido, Jacques Maritain: “Si los hombres supieran que Dios sufre con nosotros y mucho más que nosotros por todo el mal que devasta la tierra, muchas cosas cambiarían sin duda y muchas almas serían liberadas… Las lágrimas de la Reina del Cielo (significan) el soberano horror que Dios y su Madre experimentan y su soberana misericordia por la miseria de los pecadores”.

El cardenal Martini sobre las lágrimas de la Virgen en La Salette: “Es un misterio profundísimo, que en cualquier modo nos permite intuir el sufrimiento de Dios por los males que cometemos”. Y el Papa, siempre por el aniversario de La Salette: “María, madre llena de amor, con sus lágrimas ha mostrado la tristeza por el mal moral de la humanidad. Con sus lágrimas nos ayuda mejor a comprender la dolorosa gravedad del pecado, del rechazo de Dios, pero también la fidelidad apasionada que su Hijo nutre hacia los hermanos: Él, el Redentor, cuyo amor está herido por el olvido y por el rechazo… Ella tiene compasión de las dificultades de sus hijos y sufre al verlos alejarse de la Iglesia de Cristo”.

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Juan García Inza
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