Existen diversas causas que pueden explicar la actual crisis de la Iglesia católica sobre  los abusos a menores por parte de los clérigos y el modo como la jerarquía de la Iglesia católica ha afrontado este tema. En el artículo anterior "El Papa Francisco nos exhorta a invocar a la Virgen María y a san Miguel Arcángel" expusimos la importancia de invocar al Arcángel san Miguel para que los miembros de la Iglesia seamos protegidos de las insidias del mal. En este artículo se analizan dos causas, una del ámbito eclesial y otra del ámbito sacramental. 

Costumbres eclesiales no conformes con la Palabra de Dios

 

La providencia divina nos ha concedido en los dos últimos siglos Papas de gran categoría humana y espiritual. Nos tendríamos que retrotraernos al s. IX para encontrarnos con tantos Papas canonizados por la Iglesia que han ejercido su pontificado en un mismo siglo, en este caso el siglo XX (Pío X, Juan XXIII, Pablo VI, Joan Pablo II[1])[2].

El gran talante humano y espiritual de los Papas del siglo XX y XXI no ha acontecido en todos los ámbitos de la jerarquía, a pesar de que desde el Vaticano II la Iglesia tiene la libertad para nombrar a los Obispos.

Una de las causas podría ser que el actuar eclesial no se conforma en todo a la Palabra de Dios. Cuando un pastor comete pecado, el profeta anuncia en nombre de Dios que será desposeído de su cargo (cf. Is 22, 19-21), este es el mismo mensaje que nos trasmiten los Evangelios de parte de Jesús (cf. Lc 12, 45-46). Pero existía la costumbre inveterada en la Iglesia, cuando alguien de la Jerarquía cometía errores o abusos, en vez de desposeerlo de su cargo se le removía para darle un cargo de mayor rango eclesial, y muchos finalizaban su periplo refugiados en el Vaticano. Allí sin actividad pastoral, serán los provocadores de intrigas contra el mismo Papa.

De tal modo era inviable la situación que estos provocaban en el Vaticano, que Benedicto XVI tuvo que dimitir, porque no se sentía con fuerzas para reconducir esta situación. El Papa Francisco desde el inicio ha luchado contra los malos pastores, y a muchos los ha degradado de sus cargos, este sería el caso de Mons. Viganò, este en vez de reflexionar y convertirse, se convierte en acusador y pide la dimisión del Papa. Todo lo sucedido nos debería instar a analizar a fondo todas las costumbres eclesiales para que sean conformes a la Palabra de Dios.

 La Eucaristía no hace memoria de todas las peticiones de Jesús en la última Cena

 

 De la Sagrada Eucaristía «mana hacia nosotros la gracia como de su fuente y se obtiene con la máxima eficacia aquella santificación de los hombres en Cristo y aquella glorificación de Dios […]» (SC 10). Durante la celebración eucarística se dirigen a Dios las grandes peticiones en bien de la Iglesia, haciendo suyas las que dirigió Jesús al Padre. Una de esas, que nunca debería faltar, es la de «Padre, conságralos en la verdad, tu palabra es la verdad» (Jn 17, 17). Sin embargo se puede constatar que en ninguna de las cinco plegarias Eucarísticas del Misal Romano se pide a Dios que la Iglesia sea consagrada en la verdad. Se pide en la Plegaria Eucarística III, una de las más utilizadas, «confirma en la fe y en la caridad a tu Iglesia peregrina en la tierra. Al Papa, a nuestro Obispo, al orden episcopal,…». En cambio no se pide a Dios que sean consagrados en la verdad. Lo mismo sucede en el rito de comunión, se pide a Dios que conceda a la Iglesia «la paz y la unidad», pero no se pide que se deje conducir por el Espíritu hacia la verdad plena. 

¿No podría ser ésta una explicación de porqué episcopados enteros son cómplices con su silencio y ocultamiento de cosas graves[3], como en los casos de pederastia en tantos países… provocando con ello el descrédito de la Iglesia por generaciones?

Los Obispos deben velar para que en su Iglesia particular impere la justicia entre todos sus miembros (cf. CIC can 1717, 1). Al no ser suficientemente fortalecidos por la oración de la Iglesia para que, en nombre de la verdad, defiendan al oprimido del opresor, puede acontecer que omitan administrar diligentemente la justicia entre otras causas por una mala entendida virtud de la “prudencia”, para  evitar que haya escándalos en el seno de la Iglesia, o para que en la investigación de los hechos no pueda padecer la buena fama de un clérigo (cf. CIC can 1717, 2).

Esta conducta es la que han observado entre otros el episcopado y la autoridad civil irlandesa, como denunciaba el mismo Papa Benedicto XVI en la carta que dirigió a los fieles irlandeses «una tendencia en la sociedad a privilegiar el clero y otras figuras de autoridad, una preocupación desmedida por el buen nombre de la Iglesia y para evitar escándalos han llevado a la falta de aplicación, cuando era necesario, de las penas canónicas existentes».[4] Los motivos de esta conducta como señaló el mismo Arzobispo de Dublín a Benedicto XVI se podían deber a que en la década de los sesenta se dejó de aplicar el derecho penal eclesial, ya que «imperaba la consciencia de que la Iglesia no debía ser más Iglesia del derecho, sino Iglesia del amor, que no debía castigar. Así, se perdió la consciencia de que el castigo puede ser un acto de amor. En ese entonces se dio también entre gente muy buena una peculiar ofuscación del pensamiento».[5]

 En la carta a los fieles irlandeses Benedicto XVI instaba que «sólo examinando cuidadosamente los numerosos elementos que dieron origen a la crisis es posible identificar con precisión sus causas y encontrar los remedios eficaces». Por ello nos podemos preguntar ¿cuál ha sido el contexto eclesial que ha permitido que, durante decenios, se cometieran estos abusos, aconsejando o incluso imponiendo el silencio a las víctimas sobre lo ocurrido, para salvaguardar la dignidad de un sacerdote u Obispo? Ello ha sido posible, entre otras causas, al no tener en cuenta «el contenido y la unidad de toda la Sagrada Escritura» (DV 12), y descontextualizar un texto, como por ejemplo éste: «Es mejor soportar pacientemente la injusticia» (1 Cor 6, 7)[6]; o este otro: «Bella cosa es aguantar vejaciones injustas por el amor de Dios. Por algo habéis sido llamados a seguir las huellas de Cristo, que padeciendo por vosotros, os dejó un modelo a imitar. Cuando le injuriaban, no respondía con injurias, sino que aguantaba el sufrimiento sin amenazas de venganza y se ponía en manos de Dios, que juzga con justicia» (1 Pe. 2, 19-23), recomendando a los afectados por los abusos de un clérigo, o a su familia, que sean buenos cristianos lo perdonen y oren por él (cf. Mt 5,44), recordándoles cómo el Señor perdonó a los que provocaron su muerte (cf. Lc 23,34). O por parte de la jerarquía  la acusación de un niño o de un laico contra un sacerdote no debía de ser tenida en cuenta.

La Sagrada Escritura nos muestra una visión diversa de esta praxis eclesial. Esta nos revela un Dios que se complace en el derecho y la justicia (cf. Jr 9, 24). Porque El es justo no deja impune ninguna injusticia de los hombres (cf. Ex 34,7), ya que «quien oprime al débil o al inocente, ultraja al Creador» (Pr 14,31). Dios no es parcial en el juicio porque «no hace acepción de personas ni admite soborno» (Dt 10,17). Escucha las súplicas del oprimido, de modo que «la oración del pobre va de su boca a los oídos de Dios y el juicio divino no se hace esperar» (Ecl. 21, 5). Dios, como justo juez, «hace justicia, […] como guerrero no reposará hasta quebrantar los lomos del tirano y tomar venganza de los soberbios, hasta arrancar el cetro de los arrogantes y romper la vara de los malvados» (Ecl 35,21s)

Dios, en su providencia, se ha podido valer de diversos medios para que se hiciera con mayor diligencia justicia a las víctimas de abusos sexuales cometidos por clérigos; los medios de comunicación, los tribunales civiles o las reclamaciones multimillonarias, presionando a la Iglesia públicamente, le han hecho reaccionar para que ponga las bases para erradicar este uso perverso del sacerdocio. De modo que el Papa Benedicto XVI tuvo que recordar  repetidamente la particular gravedad de este pecado cometido por sacerdotes; ha reconocido las responsabilidades de la Iglesia y ha invitado a todos a «acoger esta humillación como una exhortación a la verdad y una llamada a la renovación. Solo la verdad salva. Debemos interrogarnos sobre lo que podemos hacer para reparar lo más posible la injusticia cometida. […] Debemos esforzarnos en hacer todo lo posible, en la preparación al sacerdocio, para que tal cosa no pueda suceder».[7]

El sacerdote que abusa de su dignidad sacerdotal para cometer hechos execrables, sea por enfermedad mental, sea porqué el vicio sexual gobierna su voluntad, o  bien para destruir desde dentro a la Iglesia, debe ser diligentemente  sancionado, poner medios para su sanación interior y si es preciso debe ser expulsado del estado clerical. Por ello se hace necesario que los tribunales de la Iglesia actúen con diligencia para erradicar el mal (1 Cor 5,13), para que el Señor contemplando a la Iglesia no pueda decir «Esperaba de ellos justicia, y hay iniquidad» (Is 5,7), y por ello no se haga acreedora de la acción purificadora del Señor.

Nos recordará Benedicto XVI: «El perdón no sustituye la justicia»[8].  El amor verdadero se encuentra ante todo en la verdad. «Y de la verdad forma parte también el tener que castigar a aquel que ha pecado contra el verdadero amor».[9] Ello es algo que como dirá Benedicto XVI: «tenemos que aprender de nuevo que el amor al pecador y al damnificado están en su recto equilibrio mediante un castigo al pecador aplicado de forma posible y adecuada».[10] Ya que la finalidad de las sanciones canónicas es primordialmente la recuperación de la persona para la salvación.

Estas reflexiones fueron escritas en enero de 2011, en la que como vemos el Papa Benedicto XVI pone las bases de la acción que llevará a cabo el Papa Francisco, y lo podrá llevar a término porque es un hombre sinceramente orante, que no deja de pedir constantemente la oración a los fieles para tener el coraje de purificar a la Iglesia de tantos malos pastores y praxis eclesiales que contradicen de lleno la Palabra de Dios.

Para mejor comprender el actuar del Papa Francisco, debemos reflexionar sobre la acción del Espíritu Santo en él, pues el que ora de verdad y es humilde, el Espíritu Santo obra en él un proceso de cristificación cada vez más profundo. El que deja cristificarse por el Espíritu Santo, participa de la parresía de Cristo para denunciar el pecado donde lo hubiera. Participa de esta parresía el Papa Francisco, fortalecido por la oración personal, de la Iglesia además de acompañarle la oración cualificada del Papa Benedicto, que desde su retiro no deja de orar por la Iglesia y la santidad de los ministros ordenados[11]. El Papa Francisco no ha dejado de luchar con valentía y decisión contra el abuso  del clero a los menores e indefensos y ello lo ha realizado desde el inicio de su pontificado[12]

El Papa Francisco no solo ha llevado a juicio a los clérigos pederastas, sino que ha quitado el cardenalato a Cardenales en los que había pruebas de haber abusado de menores, ha destituido de sus cargos a obispos e incluso los ha expulsado del estado clerical, lo mismo que a diversos presbíteros. Además  ha puesto en la Iglesia la conciencia de tolerancia cero contra el abuso sexual a los menores y ha  promulgado  normas muy severas para impedirlas en el presente y en el futuro. De hecho los abusos a los menores han descendido drásticamente. Pide además perdón por el pasado, intentando ayudar en lo que puede a las víctimas, es un don que ha pedido directamente a Dios, como lo refleja esta petición: "Y por favor, recen por mí para que los ojos de mi corazón siempre vean claramente el camino del amor misericordioso, y que Dios me conceda la valentía de seguir ese camino por el bien de los menores". Y ha cumplido lo que prometió a las víctimas de los abusos el 7 de julio de 2014: "No hay lugar en el ministerio de la Iglesia para aquellos que cometen estos abusos, y me comprometo a no tolerar el daño infligido a un menor por parte de nadie,  independientemente de su estado clerical. Todos los obispos deben ejercer su servicio de pastores con sumo cuidado para salvaguardar la protección de menores y rendirán cuentas de esta responsabilidad". Ha realizado un llamamiento a la Iglesia a la oración y a la penitencia a través de la  carta que ha dirigido al Pueblo de Dios por el tema de los abusos[13]. En ella dice: "Es imprescindible que como Iglesia podamos reconocer y condenar con dolor y vergüenza las atrocidades cometidas por personas consagradas, clérigos e incluso por todos aquellos que tenían la misión de velar y cuidar a los más vulnerables. Pidamos perdón por los pecados propios y ajenos. La conciencia de pecado nos ayuda a reconocer los errores, los delitos y las heridas generadas en el pasado y nos permite abrirnos y comprometernos más con el presente en un camino de renovada conversión. (...) Que el Espíritu Santo nos dé la gracia de la conversión y la unción interior para poder expresar, ante estos crímenes de abuso, nuestra compunción y nuestra decisión de luchar con valentía"

El Papa Francisco es la persona que más se ha implicado en erradicar de forma drástica el abuso a los menores por parte de los clérigos a todos los niveles, y ahora acusándolo falsamente quieren que dimita. Esto es obra del espíritu del mal, que siembra confusión y división. Ante ello, nuestra opción como católicos es apoyar al Santo Padre con toda decisión.

En síntesis podríamos decir, la Eucaristía al ser la fuente principal donde la Iglesia recibe la gracia para alcanzar la santificación de los hombres en Cristo (cf. SC 10), Dios nos concede lo que le pedimos, al no pedirle nunca el ser consagrados en la verdad, puede ser la causa de por qué episcopados enteros, en vez de afrontar desde el inicio con firmeza la pederastia, son cómplices en su encubrimiento, provocando con ello la ruina espiritual y material de la Iglesia…. Por ello, además de todo lo que se hace para afrontar el tema de la pederastia, se podría pedir al Papa Francisco que en la oración Eucarística se hiciera referencia a la súplica que Jesús hizo al Padre, “conságralos en la verdad” (Jn 17, 17-18).   

 

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 Siglas

 CIC, Código de Derecho Canónico.

DV, Dei Verbum, del Vaticano II.

SC, Sacrosanctum Concilium, del Vaticano II

 

Notas

 [1] Joan Pablo II, murió en 2005, pero la mayor parte de su pontificado transcurrió en el siglo XX.

[2] http://www.infocatolica.com/blog/reforma.php/1404271038-268-2-los-papas-santos-de-la

[3] Por ejemplo la aplicación errada de 1 Cor 6, 7-10, ha podido favorecer no solo la inacción de la jerarquía eclesial sino también que, en algunos casos, se obligara a guardar silencio a los afectados de abusos sexuales, sin poner remedio a ellos.

[4] Cf. Resumen de la carta pastoral del Papa Benedicto XVI a los fieles irlandeses, www. vatican.va.

[5] Benedicto XVI, Luz del mundo, El Papa, la Iglesia y los signos de los tiempos. Una conversación con Peter Seewald, Barcelona: Ed. Herder 2010, 39.

[6] San Pablo era intolerante con las deshonestidades que pudieran cometer miembros de las comunidades por él fundadas, ejemplo de ello es 1 Cor  5, 1-13. 

[7] Benedicto XVI en su discurso a la Curia Romana, diciembre 2010.

[8] Palabras de Benedicto XVI a los periodistas durante el vuelo hacia Portugal, martes 11 de mayo de 2010. (www. vatican.va)

[9] Benedicto XVI, Luz del mundo., 39.

[10] Ibid., 39.

[11] De ello tengo una experiencia personal. Desde hace años rezo por los sacerdotes, pero experimentando su ineficacia, me encontraba en la Basílica de Montserrat el 10 de febrero de 2013 rezando vísperas, cuando surge en mi interior la idea de recoger los testimonios que nos ofrecen las santas  sobre el modo de interceder eficazmente por la santidad de los sacerdotes y divulgarlo. Al día siguiente el Papa Benedicto dio la noticia de su renuncia al pontificado. Ello me hizo reflexionar cuan intensa fue su oración por la santidad de los sacerdotes antes de comunicar su renuncia al Pontificado, y cuan intensa debe seguir siendo su oración por la Iglesia y de un modo particular por los que han recibido el sacramento del Orden.

[12] Es significativa la meditación del Evangelio en Domus Santa Marta, 7 del julio de 2014, en la que estaban presentes algunas víctimas de abusos sexuales por parte del clero. http://w2.vatican.va/content/francesco/es/cotidie/2014/documents/papa-francesco-cotidie_20140707_vittime-abusi.html

[13] http://w2.vatican.va/content/francesco/es/letters/2018/documents/papa-francesco_20180820_lettera-popolo-didio.html