El sol cae y se esconde tras las murallas de Jerusalén. Stephanos, se encuentra en el centro del círculo, rodeado por sus acusadores y verdugos dispuestos a cumplir la condena dictada sobre él.

Morir lapidado.

Todos portan una buena piedra en la mano con caras llenas de odio y asco, deseosos de comenzar, aunque hoy es más difícil ser el primero. Siempre ha sido un privilegio, pero desde que el nazareno defendió a aquella pecadora, existe un cierto reparo a tirar la primera piedra. Todos esperan que alguno de los más destacados miembros del grupo haga los honores con un lanzamiento decidido y certero.

Mientras, el condenado mira al cielo como ausente y arrebatado, ajeno a su situación. Sin miedo. Con un rostro como hipnotizado y sereno. Como si estuviera viendo más allá…

Dos fueron los momentos clave de su vida. El primero fue cuando conoció al Cristo. Su mirada de fe cambió. De la religión judaica de un Dios todopoderoso, inefable e innombrable pasó a comprender y conocer a un Dios Padre, cercano y comprensivo. De amar a Dios, pasó a dejarse amar por Dios. De cumplir la ley pasó a la ley del amor. El segundo momento fue cuando le eligieron junto a seis compañeros como servidores de la iglesia apostólica. El momento de la imposición de manos sobre su cabeza para ejercer la diokonia en la comunidad de creyentes, supuso otra ruptura de nivel en su vida. Pasó de buscarse a sí mismo a buscar el bien de los demás. Pasó de mirar por lo suyo a mirar por los demás. Pasó de servir esperando éxitos y recompensas a servir sin esperar nada a cambio. Comprendió que el amor hacia el prójimo es independiente de como sea éste y en cambio, depende totalmente de la intimidad con Dios. Nunca se trató del amor entre él y el prójimo, sino entre él y su Dios. Aprendió a servir a todos. A los mayores y a los menores, a los jóvenes y a los ancianos, a los apóstoles y a los más alejados de la comunidad…

Está agradecido.

Agradecido por su vida, por el don de la fe, por haber conocido al Señor. Agradecido a pesar de su final. Este final que supo que era inevitable en el momento en el que aparecieron los falsos testigos en el juicio. El sanedrín en pleno festejó el testimonio de aquellos que habían aleccionado para poder inculpar definitivamente a aquel agitador blasfemo que no paraba de decir y hacer cosas excepcionales, sin duda, bajo el influjo de satanás, al igual que aquel pretencioso nazareno al que seguía y querían resucitar. Stephanos se sintió no solo agradecido sino privilegiado de compartir el mismo destino que su Dios. Comprendió que se debió sentir igual que él al ser juzgado de aquella forma, pero al contrario que Jesús que no abrió la boca, él sí les dijo algunas cosas a aquellos maestros de la ley, duros de cerviz e incircuncisos de corazón que siempre resisten al espíritu Santo

Una piedra vuela, por fin, directa a la cabeza del condenado. Alguien se ha decido finalmente a ejecutar la sentencia. El proyectil alcanza su objetivo y abre la primera de muchas brechas en la cabeza del cristiano. En pocos segundos una lluvia de piedras cae sobre su espíritu. Stephanos trastabilla y aterriza unos metros hacia un lado del círculo asesino. Las piedras cesan de llover momentáneamente. Las gotas de sangre del condenado manchan los pies de un integrante del grupo, que los aparta rápidamente. Stephanos, con evidente esfuerzo logra ponerse de rodillas y alcanza a ver el rostro de aquel que se yergue ante él. Le reconoce. Se llama Saulo. Es un joven animoso y agresivo, perseguidor de la comunidad. Le ha visto en acción en alguna ocasión apresando a algunos hermanos. Es ciertamente el rostro del odio. Pero en el alma de Stephanos no cabe el odio, sino el perdón. Y reza al padre por el alma de su enemigo. Quizás su muerte valga como intercambio por aquel hombre…

Pero Saulo, con el asco dibujado en el rostro, aprovecha la pose de rodillas del condenado para apoyar el pie sobre su hombro y empujar con todas sus fuerzas el cuerpo de aquel blasfemo, de nuevo, hacia el centro del círculo. El grupo se queda en silencio como esperando la próxima escena y el cristiano, después de rodar violentamente, intenta incorporarse y de nuevo, logra ponerse de rodillas.

—Señor, no les tomes en cuenta éste pecado —exclama con la fuerza de su último aliento.

El grupo reanuda su lanzamiento de piedras con más rabia y violencia que antes y el diácono entrega el espíritu, convirtiéndose en el primer mártir de la era cristiana.

 

“Así se cumple en ellos lo que Dios había dicho por medio del profeta Isaías:
“Esta gente,
por más que escuche,
nunca entenderá;
y por más que mire,
nunca verá.
Pues no aprende ni piensa,
sino que cierra los ojos para no ver,
y se tapa los oídos para no oír.
Si hiciera lo contrario,
entendería mi mensaje,
cambiaría su manera de vivir,
¡y yo la salvaría!”
Pero a ustedes, mis discípulos, Dios los ha bendecido, porque ven y escuchan mi mensaje.” (Mt 13, 14-16)

 

Juan Miguel Carrasquilla es autor de este blog