Desde el surgimiento de las redes sociales, diversos perfiles y personas -influencers- han encontrado un eco mediático importante en la creación de contenidos, lo que no tiene nada de malo o extraño pues vivimos en un mundo interconectado. Entre los «influencers» actuales hay varios miembros de la vida religiosa que buscan acercar la fe a contextos relacionados con los jóvenes y la red en general. De hecho, yo soy de los que los sigue y valora su aporte; sin embargo, también sucede que, cuando alguno de ellos, por “x” o “y”, decide dejar la vida religiosa surge una escalada de comentarios de todo tipo lo que nos lleva a reflexionar sobre el tema, no en cuanto a su presencia en el campo mediático (eso puede quedar para un artículo posterior) sino con respecto al hecho de “colgar los hábitos” como se le conoce de manera coloquial. En concreto a la actitud que nos toca como católicos frente a una persona de votos perpetuos (o después de haber hecho la profesión solemne que es el término propio de algunos institutos) que decide salir.

Frente a las bajas de la vida religiosa, suelen darse tres posturas. La primera, ciertamente tóxica e impropia de alguien que sigue a Jesús, es la de condenarlos. La segunda, reaccionar, felicitándolos, dando la impresión de que la entrega total a Dios fuera algo negativo de lo que hay que liberarse. Como es lógico, no estoy de acuerdo ni con la primera ni con la segunda, sino que tengo una tercera y es la de respetar (pues no conocemos el contexto y tampoco se pide que estén a la fuerza) pero sin celebrarlo porque, si nos vamos al aplauso, terminamos por relativizar el valor de la fidelidad. Quizá los que festejan, en el fondo, no valoran el aporte de la vida religiosa o su fe todavía no echa raíces, porque lo que toca es respetar, acompañando con la oración y, si se trata de alguien cercano, con la presencia, pero sin tampoco caer en el extremo de festejar la salida pues no deja de ser difícil luego de años de formación.

Por lo tanto, respetar es la clave y, al mismo tiempo, mencionar que, cuando Dios nos da una vocación, no se desdice. Cierto, puede ser que no se haya tenido o, en algunos casos, descuidado, pero definitivamente ni un supuesto ni en el otro se debe a que Dios juegue con las personas. Es un tema de discernimiento y de mejora en los procesos de formación. En resumen, respetemos, evitando condenar, porque desde luego que no todas las salidas son iguales, ya que pudo deberse a un tema de la comunidad o del propio involucrado en lo que lo más sano era salir, sin que confundamos respeto con negar que se puede llegar, con la ayuda de Dios y un buen acompañamiento, a la meta en la vocación asumida.

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