Desde hace unos meses, creo que el Señor me está llevando a reflexionar acerca del tiempo presente que nos está tocando vivir y la manera en que estamos tratando de encajar toda esta nueva realidad como Iglesia.

Al igual que otros, tengo la sensación de que la gran mayoría de creyentes anhela que volvamos a la misma normalidad que teníamos antes de la Covid-19, como si no hubiera sucedido nada. Pero creo que esto no sería interpretar adecuadamente los signos de los tiempos.

“Que todos los miembros de la Iglesia sepamos discernir los signos de los tiempos y crezcamos en la fidelidad al Evangelio; que nos preocupemos de compartir en la caridad las angustias y las tristezas, las alegrías y las esperanzas de los hombres, y así les mostremos el camino de la salvación.”

Esto formaba parte de la antigua plegaria eucarística de la anterior versión del Misal Romano, antes de ser oficialmente sustituido por el actual. Discernir los signos de los tiempos siempre lleva consigo crecer en la fidelidad al Evangelio. Cuando no somos capaces de discernir los signos de los tiempos y solo deseamos volver a lo mismo que teníamos antes, no podemos ser fieles al Evangelio de Jesucristo.

No ser fieles al Evangelio implica que dejamos de preocuparnos por las angustias y las tristezas, las alegrías y las esperanzas de los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Estamos más preocupados por volver a la “normalidad” de antes; es decir, a la vieja normalidad, en vez de abrirnos a la eterna novedad que el Espíritu Santo nos presenta como una gran oportunidad para hacer las cosas de otra manera.

Cuando nuestro foco no está puesto en tratar de discernir los signos de los tiempos y ver lo que el Espíritu Santo le está diciendo hoy a la Iglesia, no somos capaces de mostrarle al mundo el camino de la salvación. No somos una Iglesia en salida sino una Iglesia en retiro más preocupada de otras cosas que de la salvación del mundo.

A medida que voy escuchando a muchos de nuestros pastores, me doy cuenta de que parece que están más preocupados de la sana doctrina y la correcta moral que de anunciar la locura del amor de Dios por esta humanidad. Cuando escucho al papa Francisco y leo sus comentarios en las redes sociales, descubro que su mensaje es un anuncio en su gran mayoría; sin embargo, cuando escucho a algunos de nuestros obispos y sacerdotes, descubro que su mensaje es una denuncia en su gran mayoría.

Por supuesto que nuestra vocación bautismal implica la dimensión profética, pero si tu discurso no es mayoritariamente un anuncio y una buena noticia que es capaz de cambiar la vida de las personas, ¿no será que tú mismo aún no has sido testigo de que el encuentro con Cristo te cambia la vida por completo?

Con razón, al hablar con muchos jóvenes y no tan jóvenes de hoy en día manifiestan un interés muy bajo o nulo por la Iglesia debido a que saben muy bien lo que denuncia, pero no tienen claro si hay algo que anuncia. Ya lo decía el papa Francisco en su magnífica Evangelii gaudium (94-95) que podemos ser plenamente ortodoxos y defender la sana doctrina, pero no ser fieles al Evangelio de Jesucristo.

Todavía nos sentimos más cómodos denunciando el aborto, la homosexualidad y criticando las decisiones erróneas del gobierno. Yo no digo que esto no haya que hacerlo en alguna medida como tampoco digo que la verdad y la ortodoxia no sean importantes, pero el anuncio viene antes y lo anterior solo tiene sentido desde el encuentro con el amor de Dios manifestado en Cristo.

La misión de una Iglesia en retiro es catequizar, dogmatizar, moralizar y sacramentalizar. La misión de una Iglesia en salida es llevar el primer anuncio y ser hospital de campaña que vive desde la compasión por la gente rota de este mundo. Creo que esta es la Iglesia que surge de un permanente y nuevo Pentecostés, creo que este es el estilo de quien entregó su vida para que todos tengamos vida en plenitud.

Estoy cansado de una Iglesia de banderas en la que parece que debes tomar posición por uno de los dos bandos; o bien eres conservador o bien eres progresista. O bien optas por una Iglesia como refugio para la seguridad en un mundo que se encuentra en un movimiento cada vez más acelerado que a veces parece haberse descarrilado, o bien optas por una Iglesia liberal que confunde la novedad perenne del Evangelio con la innovación, una Iglesia renovada con una Iglesia nueva y progresista.

Pero la disyuntiva no es esa, ya que lo realmente importante es ser fiel a Jesucristo y a su misión. Creo que ninguna de las dos posiciones anteriores responde a una Iglesia en salida que se resiste a juzgar a cualquiera que aún no conoce a Dios. Una Iglesia en salida perderá menos tiempo en denunciar y dedicará sus esfuerzos en anunciar al mundo lo que tiene derecho a escuchar de quienes han recibido semejante don y tamaña responsabilidad.

A veces tengo la sensación de encontrarme en la Iglesia en tierra de nadie; es decir, entre aquellos que parece que siguen en planteamientos preconciliares y aquellos que siguen planteamientos postconciliares tergiversados. Es desde aquí que puedo llegar a comprender, con dolor de creyente que ama a Dios y a su Iglesia, el escándalo de la sutil indiferencia o desprecio hacia la Evangelii gaudium del papa Francisco e incluso hacia su pontificado.

Deseo de corazón que esta pandemia que estamos viviendo nos ayude a discernir los signos de los tiempos para crecer en la fidelidad al Evangelio y preocuparnos de verdad por llevar la salvación de Cristo a nuestros contemporáneos. Recordemos el signo que hizo el mismo Jesús en el templo de Jerusalén, volcando mesas y echando a los que compraban y vendían. Este signo fue motivado por el hecho de ver a un pueblo que había olvidado su identidad y su misión, conformándose con tener la salvación para ellos mismos.

Ojalá que este momento histórico sea una oportunidad para descubrir nuestra identidad y ser fieles a nuestra misión. Que la Iglesia de Jesucristo reciba hoy estas palabras como si el profeta Isaías nos estuviera hablando a cada uno de nosotros de parte de Dios:

“Es poco que seas mi siervo para restablecer las tribus de Jacob y traer de vuelta a los supervivientes de Israel. Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra.” (Is 49,6)

Si es poco que seas arquitecto para construir únicamente tres casas, considero que aún es menos que seamos Iglesia únicamente para denunciar el mal que hay en el mundo y preocuparnos por guardar la tradición, o bien que seamos una Iglesia para moverse con el mundo en vez de ser una Iglesia que mueva al mundo.

Ahora más que nunca, el Espíritu Santo nos está regalando un tiempo de gracia y un kairós para alumbrar al mundo sin deslumbrar y ser luz de las naciones. Recuperemos nuestra verdadera identidad para ser una Iglesia en salida, de manera que la salvación de Dios pueda llegar a todas las personas como hospital de campaña que sale a rescatar y a curar a tantos heridos que hoy encontramos en los caminos de la vida.

 

Onofre Sousa