Escribe el padre Lagrange en su Vida de Jesucristo según el Evangelio[1] que el pasaje de la tentación de Jesús no forma parte de su ministerio público: la escena se verificó sin testigos, entre Jesús y Satanás [sobre estas líneas la escena pintada por Ary Scheffer]. Ninguna influencia ejerció en la opinión que el pueblo pudo formarse de la personalidad, del carácter y de la misión del predicador del reino de Dios. Los tres primeros evangelistas, especialmente San Mateo y San Lucas, pensaron, sin embargo, que proyectaba cierta luz sobre todo su ministerio, y sin duda por esto lo reveló Jesús a sus discípulos. Debemos, pues, meditar este episodio para mejor comprender cómo los apóstoles y los primeros discípulos concibieron la empresa de establecer el reino de Dios. 

Es un pensamiento piadoso tan útil como verdadero ver en la tentación rechazada por Jesús la prueba de su condescendencia, la realidad de su naturaleza tan semejante a la nuestra, y un ejemplo y un esfuerzo en su lucha. Todo esto se halla en lo que dice la Carta a los Hebreos: Porque en cuanto Él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los tentados..., porque no tenemos un Pontífice que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas; para asemejarse a nosotros experimentó todas las pruebas excepto el pecado (Hb 2,18; 4,15). 

En el primer libro de la Sagrada Escritura, el pedagógico texto del Génesis, se nos narra la seducción del tentador a Eva y Adán. Desde este primer triunfo, Satanás no ha cesado de trabajar por ir alejando a los hombres de Dios y arrastrarlos al mal: sus triunfos han sido la medida de su dominación. Dondequiera que los hombres adoran a dioses que no son el único y verdadero Dios, Satanás reina y es el verdadero señor. No intentaron, ciertamente, los evangelistas poner en ridículo al demonio, pues nadie es poderoso contra Dios. Aunque sus tentaciones son espantosas, no tiene poder bastante para forzar la voluntad. Procura seducirnos y arrastrarnos hacia la pendiente por la que el hombre resbala antes de caer. Podemos decir que sin la complicidad de nuestro corazón, saldría siempre desarmado. 

Fue esta una lucha larga y tenaz, pero no conocemos más que los últimos ataques. Jesús había ayunado, como animoso atleta; después de cuarenta días, tuvo hambre. San Lucas ha cambiado el orden con que las tentaciones aparecen en San Mateo, de modo que la última de ellas sucede en Jerusalén. En Jerusalén  y ya en la cruz, Jesús volverá a ser tentado y vencerá de nuevo derrotando al mal con su fidelidad (Lc 23,35-39). El relato de las tentaciones, que sigue a la genealogía de Jesús, muestra que Él es la nueva humanidad que vence el poder del mal por la fuerza del Espíritu; donde fracasó Adán, que sucumbió al tentador, y donde fracasó el pueblo de Israel, probado por Dios en el desierto durante cuarenta años (evocados por los cuarenta días de Jesús en el desierto), Jesús, Hijo y Siervo de Dios, ha triunfado con su actitud obediente, abrazando con fidelidad la misión encomendada por el Padre: será Mesías en el sufrimiento y en la humillación[2]. 

Añade San Lucas que se alejó de Él por algún tiempo, es decir, hasta el día en que le será permitido atentar contra la vida de su vencedor insurreccionando contra Él todos los poderes del país. Hasta ese día Jesús tendrá campo libre para predicar el reino de Dios. Para mostrar claro que la victoria conseguida es de un orden sobrehumano, los ángeles, a quienes no veremos prestar a Jesús ningún servicio durante su ministerio, se acercaron a Él y le sirvieron. 

Hoy el mundo lucha por hacer desaparecer la figura de Satanás, el demonio. Y esta es su principal victoria: hacer creer que no existe, hacernos creer que el mal tampoco es tan grave, hacernos entender que el cambio de moralidad que poco a poco se ha ido produciendo en la sociedad viene marcado por un cambio en las formas, por algo exterior. Hoy la gente ya no lucha contra Dios; el ateísmo está pasado de moda. Hoy se trata de no tener a Dios en cuenta, de vivir como si Dios no existiese. Este es el triunfo de Satanás. 

A cada uno de nosotros se nos pide que sepamos encontrar cuáles son nuestras tentaciones, dónde está nuestra debilidad. Con Cristo no tenemos que tener miedo de nada. Así de sencillo es: reconocer nuestros pecados, aprovechar, como en otras ocasiones a lo largo del año, este tiempo de la Cuaresma para revisar nuestra vida, pedirle perdón a Dios, acercarnos al sacramento de la reconciliación y transformarnos interiormente. Transformarnos con la gracia, buscando en el Señor la fortaleza suficiente para vencer a Satanás, el príncipe del mal, el que obra en las tinieblas para derrumbarnos. Esta es su principal victoria: hacernos creer que no existe, apartar a Dios de la historia del hombre, haciéndole buscar solo su placer marcado por el egoísmo.

Hace años el cardenal Marcelo González Martín escribía la siguiente reflexión, que puede ayudarnos ahora que comenzamos este tiempo cuaresmal: 

Quizá en España se ha extendido más que en otros países el miedo y la cobardía a proclamarse sencillamente cristianos, católicos, discípulos del Señor. Como a Pedro en la noche de la Pasión, alguien podría decir a muchos: “-Tú también eras de los que estaban con Él”. Y muchos contestarían: “-Qué dices, mujer. No era así”. Y seguirán diciendo lo mismo hasta que algún día, cambiadas las cosas, salgan fuera a llorar amargamente. Estas frases que se oyen con frecuencia: “Yo creo, pero no practico...”, “Cristo sí, la Iglesia no”, “Yo obro según mi conciencia”, etcétera, no son más que evasivas cómodas para procurarse una falsa tranquilidad. La redención no es una leyenda ni una fantasía producto de imaginaciones calenturientas y excitadas, efusión del Espíritu en Pentecostés. Pedro, hasta entonces acobardado y huidizo, habla a unos y a otros con intrépida decisión: “Arrepentíos y bautizaos en el nombre de Jesucristo para remisión de vuestros pecados... Disteis muerte al príncipe de la vida, a quien Dios resucitó de entre los muertos, de lo cual nosotros somos testigos... Arrepentíos y convertíos para que sean borrados vuestros pecados... Nosotros no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído. Jesús es la piedra rechazada por vosotros. En ningún otro hay salvación, pues ningún otro nombre nos ha sido dado bajo el cielo, entre los hombres, por el cual podamos ser salvos”. El que habla así es Pedro. Y a mucha distancia, en una isla perdida del océano o en una ciudad populosa, en los tiempos antiguos, en la Edad Media, o en nuestros días, discípulos de Pedro, en soledad o en compañía, repiten las mismas palabras serenamente, humildemente, sin gritar, quizás esperando ellos mismos la muerte martirial y contribuyendo a que corra, junto con su sangre, el agua limpia y viva a que se refirió Jesús, según se nos dice en el evangelio de San Juan. Nada de histeria colectiva ni encendida autosugestión. Es el cumplimiento silencioso y heroico de otra palabra de Jesús: “Seréis mis testigos3. 

Esto es lo que nosotros en este día reflexionamos otra vez más desde la Palabra de Dios. Comienza este tiempo que no podemos desaprovechar. Según esta instrucción que acabamos de escuchar, cuando Pedro con la luz de Pentecostés, con la fuerza del Espíritu Santo se transforma, desaparece el miedo por el que negó a Jesús gracias a la luz de Cristo; es por la gracia. 

El mundo, que se ríe de Satanás, porque piensa que no existe, que es una historia infantil y oscurantista, nos espera. Nos espera para que nosotros proclamemos con valentía que este Cristo que va a morir por nosotros va a resucitar de entre los muertos. Y Jesús en cada Eucaristía nos dice: Sois, seréis mis testigos. Id por todo el mundo y predicad el Evangelio. 

El Papa catequiza a los niños de una parroquia

El pasado domingo, 3 de marzo de 2019, el Papa Francisco se encontraba con los niños y jóvenes de la parroquia romana de San Crispín de Viterbo, en Labaro, durante una visita pastoral. El diablo, dijo el Pontífice a los niños, «existe, sí, es verdad, y es nuestro mayor enemigo. Es el que trata de hacernos resbalar en la vida. Es el que pone malos deseos en nuestros corazones, malos pensamientos y nos lleva a hacer cosas malas, las muchas cosas malas que hay en la vida, para terminar en guerras». El Santo Padre advirtió a los pequeños de que el diablo «es muy inteligente, más inteligente que los teólogos», pero su principal característica es que «es un mentiroso».

Hoy nos alargamos, pero vale la pena.

Papa Francisco:

Gracias por las preguntas.

Son preguntas fáciles, de vida. Todas las preguntas proceden de la vida, de la experiencia de la vida. Son las cosas que sabéis y experimentáis cada día.

La primera, por ejemplo: ¿cómo defendernos de las voces, de las malas inspiraciones, de las que provienen del espíritu del mundo? Pero cuando hablo del espíritu del mundo, ¿quién es el amo del espíritu pagano, alejado de Dios, qué se llama el espíritu del mundo? ¿Quién es el jefe de allí? ¿Lo sabéis? ... No oigo... ¿Quién es el jefe de la maldad?

[Responden]

¡El diablo!

Papa Francisco:

¡El diablo! Pero el diablo es una fantasía, no existe, ¿no?

Niño:

¡No!

Papa Francisco:

¿Cómo no? ¿Existe el diablo?

[Responden]

¡Sí!

Papa Francisco:

Pero ¿estáis seguros?

[Responden]

Sí... no...

Papa Francisco:

¿No es un cuento de viejas?

[Responden]

No... Sí...

Papa Francisco:

Ah, ¿dudáis de ello? Eh, ¡la catequesis no va bien! ¡No dejéis mal a las catequistas! ¿Existe el diablo o no existe?

[Responden]

Sí... no...

Papa Francisco:

¿Quién dice no? [ríe] ¿Existe el diablo o no existe?

[Responden]

¡Sí!

Papa Francisco:

Ya. Existe, sí, es verdad, y es nuestro mayor enemigo. Es el que trata de que resbalemos en la vida. Es el que pone malos deseos en nuestros corazones, malos pensamientos y nos lleva a hacer cosas malas, las muchas cosas malas que hay en la vida, para terminar en guerras. El diablo... quiero una respuesta: Al diablo, ¿le gusta la paz?

[Responden]

¡No! ¡La odia!

Papa Francisco:

¡No! Porque vive haciéndonos la guerra. Dime...

Niño:

¡El diablo es malo!

Papa Francisco:

Es malo, el diablo, es así. El diablo, ¿puede ser nuestro amigo?

[Responden]

¡No!

Papa Francisco:

¿Por qué? ¿Qué hará si le digo: “Ven, que quiero ser tu amigo”, qué nos hará?

[Responden]

Daño.

Papa Francisco:

Daño. Nos llevará por el camino del mal, también a nosotros para hacer el mal. Retomo la primera pregunta: ¿Cómo podemos comportarnos para defendernos de estos bastonazos que nos da el diablo, que es el amo del mundo? ¿Cómo podemos? En primer lugar, con la oración. ¿Vosotros rezáis?

[Responden]

¡Sí!

Papa Francisco:

¿Seguro?

[Responden]

¡Sí!

Papa Francisco:

La oración ¿Quién nos defiende del diablo es? ... ¿Quién es?

Niño:

Jesús.

Papa Francisco:

Jesús... Muy bien, tú vas muy bien. ¿Quién nos defiende del diablo?

[Responden]

Jesús.

Papa Francisco:

No oigo...

[Responden gritando]

¡Jesús!

Papa Francisco:

Eso es. Jesús es el Señor, manda. ¿Y qué hacía Jesús, cuando estaba en la tierra, con el diablo? “Vete”, le decía. Y el otro, que es un cobarde, se iba. Lo ahuyentaba. ¿Tiene Jesús poder sobre el diablo?

[Responden]

¡Sí!

Papa Francisco:

No oigo...

[Responden más alto]

¡Sí!

Papa Francisco:

Sí, tiene poder. Por lo tanto, rezar a Jesús para que aleje de nosotros al diablo, para que no le deje que se acerque. ¿Sabéis cuál es la mayor cualidad del diablo? Porque tiene cualidades: ¡es muy inteligente, más inteligente que los teólogos! Es muy inteligente, y esta es una cualidad. Pero la cualidad, la forma de ser más grande que tiene el diablo, ¿quién me lo dice?

Niño:

Ser malo.

Papa Francisco:

Ser malo. La maldad es una. Pero hay otra que usa con nosotros. ¿Cómo consigue meterse en nuestra vida? ¿Qué camino usa?... No oigo... Lo diré yo: El diablo es un mentiroso. Es un mentiroso. Porque te dice: mira lo bonito que es esto... Y hace lo mismo que hace la serpiente con el pajarito: Lo mira, lo adormece y luego se lo come. El diablo con nosotros, te hace ver las cosas y te dice: “Esto es bonito, te sentará bien, no obedezcas a tu padre ni a tu madre, no hagas esto, ve por este camino, te hará bien”, y luego te deja solo, y serás derrotado. ¿Cuál es la mayor cualidad del diablo? Es un...

[Responden]

Mentiroso.

Papa Francisco:

Más fuerte.

[contestan gritando]

¡Mentiroso!

Papa Francisco:

En el evangelio se le llama el padre de la mentira. Dios es el Padre de la bondad. Este no puede ser el padre de la bondad, porque es malo, como dijiste: ¡es malo, malo! Pero para hacerse pasar por bueno, dice mentiras. ¿Lo habéis entendido?

[Responden]

Sí.

Papa Francisco:

Por lo tanto, el diablo es un...

[Responden]

¡Mentiroso!

Papa Francisco:

Mentiroso. “¡Vete, mentiroso!”. Así tenemos que decirle.

Y luego ¿cómo defenderse? Con la oración. Porque viene el ataque. Ve a Jesús, que nunca dijo una mentira. Jesús no puede decir mentiras. Jesús siempre nos dice la verdad. A veces no nos gusta, porque hay algunas verdades dolorosas, pero Él las dice. Jesús... ¿es un mentiroso, Jesús?

[Responden]

¡No!

Papa Francisco:

¿Cómo es, Jesús? Bueno, veraz: siempre dice la verdad. El diablo es bueno, ¿es veraz?

[Responden]

¡No!

Papa Francisco:

¿Cómo es, el diablo?

[Responden]

Es malo, es un mentiroso.

Papa Francisco:

Es un mentiroso Entonces, para defendernos, siempre vamos con la oración a Jesús. Pero... no solo a Él. Jesús, ¿cómo apareció en el mundo? ¿Ha caído de las estrellas? Vosotros cantáis: “Tu scendi dalle stelle”… Parece que ha caído de las estrellas, ¿o no? Dime...

Chico:

El diablo hace lo contrario de lo que dicen los mandamientos.

Papa Francisco:

Eso es: el diablo hace lo contrario de lo que dicen los mandamientos

Termina explicándoles que también es necesario dirigirse a María: "la Madre de Dios. Ella es la que nos trajo a Jesús y nos defendió del mentiroso, el diablo, id también a Nuestra Señora, a María y decidle:" Madre, ayúdame como Tú has ayudado a tu Hijo, Jesús. La oración. Y luego hablen con los catequistas, hablen en su casa". 

[1] Joseph Mª LAGRANGE, Vida de Jesucristo según el Evangelio, páginas 71ss (Madrid, 1999).

[2] Tomás OTERO LÁZARO, Liturgia Dominical, nº 1218.

3 MARCELO GONZÁLEZ MARTÍN, Publicado en ABC, 30 de marzo de 1994.