Artículo publicado hoy en el Diario Ideal, edición de Jaén, página 27

En la voz popular española existe aquel dicho sobre el director del manicomio echando la llave al edificio y piensa que hay más locos fuera que dentro del recinto. Una vez más nuestra lengua universal acierta en el análisis: los locos sueltos son mayoría absoluta, mientras que los tratados en salud mental son una minoría insignificante.
La locura tiene tantas caras y manifestaciones, como las que condensan en su interior la historia del gran teatro del mundo, donde cada personaje con su careta y su disfraz, puede representar a varios personajes diversos a la vez y en la misma tabla.
Terminamos una semana de locura en España, mirando a cualquier punto de la rosa de los vientos encontraremos al tonto de baba cobarde ante el filo del precipicio, al revestido de sebo capaz de empujarle al fondo del tajo, al montado sobre la ola aborregada de unas gentes alocadas fanatizadas desde la infancia con un cuento de soles imperiales y tierras de encanto, donde nunca nadie podía mojarles la oreja, porque les leyes extranjeras nunca más podrían imponerles caprichosos preceptos gestados en el centro de península.
Lo más doloroso es que en esa oruga loca del ferial y del parque de atracciones se han montado jerarcas de la Iglesia, buscando poner sensatez como ese par de tontos que van a robar y no pueden saltar la tapia del corral. Solamente llevan una pequeña linterna. Uno le dice al otro: Mira, súbete por la luz hasta lo alto. El otro responde: Tú estás tonto, y si apagas la luz me caigo al suelo. ¡Cuántos diáconos, curas y obispos han dicho y hecho tonterías en todo el proceso¡.
Cierto día, en Granada, estaba Juan Ciudad, un portugués de origen vendedor de libros, oyendo predicar al maestro Juan de Ávila, en plena calle, sintió la llamada de Dios y comenzó a pegar voces y gritos. Los oyentes llamaron a los guardias del corregidor, quienes llevaron en volandas al loco hasta el Hospital Real, donde lo apilaron como uno más entre los pobres acogidos en aquel  inmenso recinto.
Juan Ciudad toma conciencia propia del trato que reciben los enfermos en aquel lugar, cuando en mitad de un fuego, los alaridos de la  muerte eran atronadores, tomó a los encerrados y los fue sacando a la calle. Aquel loco decidió dedicar su vida a dar un trato humano y cristiano a los enfermos, así nació la Orden los Hospitalarios creada por San Juan de Dios, el loco callejero.
Concluido el proceso del supremacismo catalán, ahora los tontos útiles colaboradores a semejante aventura imposible, deberían darse cuenta que pueden hacer muchas obras de misericordia y caridad. Aquellos curas que prestaron sus iglesias y salones parroquiales como nidos de transmisión del odio a España, podrían abrir matriculas de cursos sobre caridad cristiana capaces de poner paz en tantos espíritus dislocados por el racismo. Los obispos que han escrito,  hablado y votado en un siniestro día para soltar unas papeletas dentro de unas escupideras  llenas de fango falsamente democrático, deberían ahora desfacer sus entuertos haciendo penitencia vestidos de sayal echándose ceniza sobre sus cabezas, como hacían los profetas del Antiguo Testamento invitados por Dios a que se arrepientan de sus desvaríos.
Los demás, un servidor el primero, ofrecemos el perdón total a tantos alocados, al sinnúmero de extraviados, invitando a que recuperen algo que debemos tener todos los cristianos: el sentido común, que en todos los tiempos es el más común de los sentidos.

Tomás de la Torre Lendínez

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