Entre esas noticias curiosas que uno lee cada día y que no son sino la estela del mundo desnortado, incoherente y sin principios que vivimos, una ha llamado poderosamente mi atención: aquélla según la cual, unos desconocidos, movidos por esa ideología que se da en llamar “animalismo”, en represalia por haber sido el autor de la muerte del último toro de La Vega y para vengarse de él… ojo al dato… ¡¡¡le matan a sus cinco perros!!!
 
            Por un momento me han venido a la cabeza las escenas de esos autodenominados “pacifistas” que para defender sus “pacíficas ideas”… ¡la emprenden a pedradas y cócteles molotov contra todo lo que se mueve a su alrededor, con el odio dibujado en lo poco que los pasamontañas permiten ver de sus rostros y los ojos encendidos de sangre! ¿Se puede creer? Unos animalistas que para vengarse de una persona… ¡¡¡matan a sus animales!!! No salgo de mi asombro. Fíjense lo que voy a decirles, y por favor no saquen mis palabras de contexto, que es uno de los ejercicios periodísticos preferidos del momento: conceptualmente hablando, sólo conceptualmente hablando, ¡habría entendido mejor que incluso le hubieran quemado la casa o le hubieran dado una paliza! Ahora bien, animalistas que para vengarse de un “antianimalista”… ¡¡¡matan a sus animales!!! No me cabe en la cabeza.
 
            O sí. A lo mejor sí me cabe. Si lo pienso un momento, claro que me cabe. Porque detrás de muchas personas, de demasiadas, que profesan, o más bien dicen profesar, algunas ideologías que se prestan muy bien a ello, lo único que hay en realidad es Odio… Odio así, con mayúsculas, Odio perfecto, Odio mayúsculo, Odio en su estado puro, sin saber en realidad ni a quién, ni menos aún por qué. Un odio que tiene más que ver con el propio fracaso personal, con la propia incapacidad de relacionarse con los demás sino a través del odio, que con la ideología elegida para poder ejercer de una manera justificada ese odio.
 
            Las personas que han envenenado a los perros del que mató al toro de la Vega, habían olvidado en realidad, la razón por la que le odiaban, y al final ya sólo sabían que lo odiaban. No lo conocían, no sabían si aparte de matar al toro de La Vega era una persona buena o mala, divertida o aburrida, sabia o inculta, amigable o no… Sólo sabían que lo odiaban. Como podían haber odiado a su vecino del quinto, a las personas de ojos azules, a los que trabajan de bomberos, a los estudiantes canadienses de segundo de farmacia, o simplemente al que haga el número diez de los que se encuentren un día por la calle. Y por eso le atacaron en donde estimaron más le dolería: matándole los perros. Un recurso por otro lado, barato, de fácil ejecución y difícil rastreo. ¿Que se trataba de unos animales y ellos eran animalistas? ¿Quién necesita razones cuando todo queda reducido al odio?
 
            Lo peor del caso es que al día de hoy son demasiadas las ideologías que no sólo no reniegan de las personas que odian, sino que lejos de ello, las buscan y hasta fomentan en ellas ese odio, para convertirlas así en rottweilers que ya no precisan pensar, y sólo matan. ¡Qué mejor mercenario que el que odia, al que ni siquiera hay que pagar!
 
            Quizás por eso me ha venido a la cabeza aquella entrevista que a cara pixelada le hacían en la televisión italiana al tiffoso de una squadra determinada, que importa cuál, a quien el entrevistador preguntaba: “Bueno, y Vds. ¿qué es lo que hacen?”. “Nosotros le damos palizas a los comunistas”, contestaba. “¿Y eso por qué lo hacen Vds.?”. “¡Ah! ¡Eso no lo he sabido nunca!”.

            "Eso, pregúntenselo Vds. a mi jefe. Yo simplemente los odio", le faltó añadir.
 
            En fin, amigos, esto es lo que hay. Que hagan Vds. mucho bien y que no reciban menos.
 
 
 
            ©L.A.
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