Conociendo los terribles atentados a la libertad religiosa que se producen en diversos países del mundo, sobre todo entre los cristianos en regiones de mayoría musulmana (Pakistán, Siria, Irak, Egipto, Nigeria...) o con regímenes oficialmente ateos (Corea del Norte, China...), hablar de persecución religiosa en España resulta ciertamente exagerado. Estamos muy lejos de sufrir lo que hermanos nuestros de esos países sufren cotidianamente, y no nos queda más que admirar su valentía y entereza la fe, su fidelidad a sus propias convicciones en medio de un ambiente hostil.
 
Hecha esta salvedad, los episodios de acoso religioso en nuestro país se están multiplicando preocupantemente, por lo que -sin histerismos, pero con firmeza- debemos replantearnos si estamos defendiendo adecuadamente nuestros derecho básico a la libertad religiosa. Resulta preocupante que se financie con dinero publico una exposición "artística" sacrílega o que se considere de poca relevancia la profanación de una capilla universitaria o que se empeñen algunos gobernantes en prescindir de símbolos religiosos en el espacio público, incluso en las fiestas religiosas. Lo curioso del caso es que esto además ocurra en un país de mayoría católica. Que las minorías sean perseguidas en cualquier país resulta ciertamente preocupante; que lo sean las mayorías resulta chocante y que además se haga en nombre de un supuesto respeto a las minorías resulta ya estrambótico.
Esta semana hemos tenido dos episodios judiciales que no ayudan mucho a respetar la libertad religiosa. No se presentó la demanda como una venganza, obviamente, los cristianos perdonamos y queremos a quienes nos están ofendiendo; simplemente queremos que se delimite claramente qué derechos se están violentando.
Si un grupo de personas entra en una sinagoga o en una mezquita y se ponen a insultar a los presentes, seguramente serán condenados por faltar al respeto a unas personas que practican libremente sus creencias; si en una manifestación de un determinado movimiento social unos participantes se disfrazan de rabinos o monjes budistas para pitorrearse de estas autoridades religiosas, seguramente serían reprendidos por menospreciar a esas confesiones religiosas. Ahora bien si ambas cosas ocurren en un evento católico o se dirige a autoridades católicas, simplemente se considera una manifestación de la libertad de expresión. En fin, doble rasero para juzgar a las minorías y a las mayorías, que sólo ocurre en países de mayoría cristiana. En los de mayoría musulmana, hinduista o atea, son las minorias las que sufren la falta de libertad religiosa. En ambos casos, somos cristianos.