“Rezar es como hablar con un amigo imaginario”.
 
Seguro que muchos hemos oído esta expresión, proveniente de algún conocido ateo o al menos agnóstico. Y seguro que ante esa objeción hemos tratado de responder de alguna manera. Pero seguro que también nos hemos sentido interpelados por esa acusación. Más de una vez me ha llegado gente diciéndome que siente que Dios no le escucha, que le parece que rezar es como hablar con una pared… A no pocos la oración se les convierte en un monólogo en el que Dios parece no responder. Hay quien se culpa, pensando que algo hace mal; hay quien se enfada pensando que Dios le ignora; hay quien se resigna y decide asumir que la vida espiritual no es otra cosa que una serie de prácticas religiosas, y que, si tienes suerte, puedes “sentir algo” de vez en cuando. Podemos tener incluso un cierto rencor hacia Dios por quedarse tan callado a pesar de nuestros esfuerzos… Por supuesto, hemos oído que es necesario orar sin desfallecer, aunque Dios no responda; que hay tiempos de sequedad y de desolación espiritual… No falta el cura que compara nuestra situación espiritual con la oscuridad espiritual de santa Teresa de Jesús, o de la Madre Teresa de Calcuta… No digo que esto no sea adecuado, ni que esté mal; de hecho, yo mismo lo he hecho varias veces…
 
Una vida en parcelas
 
Sin embargo, cuando nuestro trato con Dios parece un monólogo sin respuesta, nuestra vida espiritual se acaba convirtiendo en una rutina: mientras nuestra vida espiritual sigue un curso monótono sin avanzar, nuestra vida ‘real’ continúa su curso, por su cuenta. Se da un divorcio entre la fe y la vida real, y acabo viviendo con parcelas: la parcela de Dios, la parcela de mi trabajo o estudio, la parcela de mi novio o mi esposa… Parcelas que en cierto punto se tocan, pero que permanecen en cierta medida aisladas. Al final mi relación con Dios me parece lo menos real de mi vida, y la acabo relegando al último lugar, o ya la vivo como una rutina y sin ilusión. Pero a pesar de todo, sé que la fe debería afectar a toda mi vida, que mi relación con Dios debería ser cotidiana y llenar mi día a día, intuyo que mi vida espiritual podría unificar toda mi vida… y sin embargo, ¿cómo puede suceder esto si no “siento” a Dios, si no me responde, si no parece haber una relación real… ¿No habrá algo más que no estamos teniendo en cuenta…?
 
El centro del alma es Dios
 
La vida espiritual es el trato personal de amistad con Dios, esa relación personal con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, que se da en nuestro día a día, a través de los sacramentos, de la oración y de la búsqueda cotidiana de su voluntad. No hay verdadera fe sin esta relación personal con el Señor; de hecho, el destino de nuestra vida no es otra cosa que la plenitud total en esa relación. ¿En qué se basa la posibilidad de nuestra vida espiritual? En que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo habitan en nosotros. Por el bautismo hemos recibido el Espíritu Santo, que permanece siempre con nosotros; en la Eucaristía recibimos el Cuerpo de Cristo, que permanece con nosotros; y donde están el Hijo y el Espíritu Santo, ahí está el Padre, como dice Jesús: “Al que me ama, mi Padre lo amará, y vendremos a él, y haremos morada en él” (Jn 14, 23). Esta presencia de Dios en nosotros, esta “inhabitación de la Santísima Trinidad”, llevó a decir a san Agustín: “Tú estabas dentro de mí, más íntimo que lo más íntimo mío” (Confesiones III, 6, 11). Lo mismo que al audaz san Juan de la Cruz, a quien oímos decir que “el centro del alma es Dios” (Llama de Amor Viva, B, 1, 12). La vida espiritual, por tanto, la oración, supone entrar dentro de uno, a lo más íntimo, donde uno encuentra a Dios como en un Paraíso, y se deleita en Él, y conversa con Él, gozando de su presencia.
 
El hombre desintegrado
 
Sin embargo, una de las cosas que descubre la psicología actual es que muchas veces el hombre está fracturado o disgregado. Los seres humanos estamos tan fuera de nosotros mismos que nos desconectamos, y vivimos desintegrados. Es el pecado de Adán y Eva, que, deslumbrados por el árbol del Conocimiento, salen de su contemplación de Dios y, tras pecar, se disgregan, y huyen del paraíso. También nosotros, cuando nos volcamos fuera de nosotros mismos, huimos del paraíso interior, e interrumpimos nuestra comunión con Dios. ¿No será que en ocasiones no “sentimos” a Dios porque estamos fuera de nosotros mismos? ¿No será que por estar desconectados de nuestra propia intimidad, del centro de nuestra alma, no percibimos la presencia de Dios, no oímos sus palabras, no gozamos de su presencia? La primera conversión es la vuelta a uno mismo, como lo expresa la parábola del hijo pródigo. Éste muchacho estaba fuera de sí, primero llevado por los placeres, y luego por la necesidad; pero finalmente nos dice la Sagrada Escritura que “entró en sí mismo” (‘eis heautón élzon’, Lc 15, 17), y es entonces cuando se pone en marcha para experimentar finalmente el abrazo del Padre. También san Agustín, antes de su encuentro con Dios, nos dice: “Tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo. Me retenían lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no existirían” (Confesiones VII, 27, 38). Por lo tanto, para poder experimentar una verdadera vida espiritual, es necesario que primero nos “conectemos” con nosotros mismos, que superemos la disgregación que hay en nuestro interior. Es necesario que entremos en nosotros mismos, con paz, con sosiego, para experimentar a Dios en lo más íntimo de nuestra intimidad.
 
Una maraña de obstáculos
 
Se trata por tanto de serenarse, entrar dentro de uno mismo, y vivir unificado o integrado, y no fuera de sí, disgregado. Es el sentido de las palabras de Jesús ante el ajetreo de Marta: “Marta, Marta, andas inquieta y nerviosa con tantas cosas… ¡sólo una es necesaria! María ha escogido la parte mejor, y no se la quitarán” (Lc 10, 41 – 42). Para ello, es necesario hacer silencio, aceptar el presente, conectar conmigo mismo, y sumergirme en el hondón del alma. Y para ello es importante… ¡respirar! La respiración sosegada, el sentir el propio cuerpo, el dejar marchar los pensamientos intrusivos… todo ello es un camino previo, hoy más que nunca necesario, para poder entrar dentro del Paraíso que el Espíritu Santo ha puesto en nuestro interior. Si huimos de nosotros mismos, huimos de Dios, porque Dios habita en nosotros. Pero entrar dentro de nosotros a veces no es fácil… En el mundo en el que nos movemos, vivimos acelerados, y a veces nos cuesta parar y entrar dentro de nosotros, porque tememos lo que podemos encontrar en nuestro interior. Allí hay heridas del pasado que nos pesan, exigencias interiores que nos ponemos, expectativas nuestras o heredadas que no nos dejan ser del todo libres… Nos asusta el silencio, porque tememos sentirnos solos. Nos asusta pararnos, porque tememos el sinsentido de la vida. Nuestros propios fantasmas a veces nos acosan, y no nos dejan encontrar la paz. ¿No será más bien por eso que nuestra vida espiritual parece estancada? ¿No será más bien por eso que no oímos a Dios? ¿No será que con tanto ruido interior no somos capaces de distinguir su voz?
 
Del más allá al más acá
 
¿Qué hemos de hacer, pues? Superar la maraña de nuestros miedos, para ir más profundo, más hondo, más a lo íntimo de nosotros mismos. Venir más acá, al centro del alma, al centro del corazón. Hacer silencio, tolerar la ansiedad del no sentir nada, aprender que la vida espiritual no se fuerza. Es sobre todo una obra del Espíritu Santo en nosotros, para la cual nosotros hemos de serenarnos, acallar el corazón, aceptar nuestra creaturalidad, ser… ser lo que somos. Pararnos, conectarnos, aceptarnos. No hemos de ir a la oración con ninguna expectativa; en realidad el fruto de la oración es la oración misma. Ella me capacita para entrar dentro de mí y estar con el Señor, que vive en mí; la oración, el silencio, me capacita para ver cómo Dios está obrando en mí, incluso cuando no me doy cuenta. Me capacita para darme cuenta de que Él está allí, siempre, y de que cuando no estoy fuera de mí, puedo estar con Él. Cuando venimos más acá de nuestra actividad, de nuestras voces interiores, y las dejamos atrás, empezamos a percibir el lenguaje de Dios, que habla en la serenidad del corazón. De un modo bellísimo lo expresa san Ignacio de Antioquía: “Mi amor está crucificado y ya no queda en mí el fuego de los deseos terrenos; únicamente siento en mi interior la voz de una agua viva que me habla y me dice: “Ven al Padre” (Carta a los Romanos, 5 – 6).
 
Entra en lo secreto
 
Conste que no hablo de sustituir la vida espiritual con la meditación de tipo oriental. El Cardenal Ratzinger, en el documento ‘Orationis Formas’, de la Congregación para la Doctrina de la Fe, explica cómo los métodos psico-físicos para alcanzar serenidad pueden ser una preparación para la oración, pero no pueden sustituirla. A veces entramos en la oración bruscamente, inquietos, sin pararnos… y entonces no conseguimos serenarnos, unificarnos, entrar en lo hondo del alma para estar con quien vive allí constantemente. Otras veces nos quedamos sólo en el relax y la serenidad pero sin pasar al encuentro con el Señor. Es necesario hacer ambas cosas. Como dice el Señor a la ajetreada Marta, es necesario pararse y escuchar; esa es la mejor parte. Como nos enseña el hijo pródigo, antes de experimentar el abrazo del Padre, es necesario entrar dentro de sí y volver a casa. La sanación de las heridas de nuestra infancia hará que nuestro interior fracturado se vaya unificando; y esa sanación muy difícilmente la haremos sin ayuda. Así que “cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará” (Mt 6, 6). ¿Se refiere al Señor a que recemos en nuestra habitación, o a que oremos en el aposento secreto de nuestro propio corazón?

¿Centrado en Dios o ensimismado?

Sin embargo, es necesario aquí hacer una puntualización. No es lo mismo entrar en uno mismo que centrarse en uno mismo; no es lo mismo tratar de vivir unificado que vivir ensimismado. Veo también gente que se confunde aquí... Si entro en mí mismo no es para centrarme en mi mismo, sino en el Señor que vive en mí; si entro en lo más íntimo de mi intimidad no es para ensimismarme, sino para encontrarme con el Señor, que siempre me invitará a salir de mi y darme por amor. Se puede decir que entre vivir fuera de sí y vivir conectado hay un insano punto intermedio: vivir ensimismado. Es necesario superar también este obstáculo. Dios no nos llama a centrarnos en nosotros mismos, sino a vivir en comunión con Él, para darnos por amor a los demás. Quien se encuentra con Dios en lo hondo de su alma, no vive ensimismado, sino que el amor que encuentra en más íntimo de su ser le mueve a salir de sí y darse a los demás, ya no desde la desconexión interior, sino desde la comunión con el Señor. A veces el actual modo de entender la espiritualidad o incluso la psicología, puede llevarnos al ensimismamiento. Si eso sucede, es que aún no hemos salido de la maraña de deseos propios, expectativas o autocomplacencia que nos impiden llegar al más acá, donde encontramos al Señor. Si ves que esto te sucede, es necesario que trasciendas aún más, y que pases de centrarte en ti a centrarte en Él. 
 
No esperar nada para recibir todo
 
Ve a la oración sin expectativas. Tu fe y tu relación de amor con el Señor están llamadas a llenar tu vida, y a orientarla: tus estudios, tu trabajo, tu vocación, tus relaciones, tu familia… Pero para eso, debes volver a ti, hacer silencio, unificarte en Dios. Desde ti mismo, desde tu raíz en Dios, puedes hacer todo y vivir tu vida, pero no desconectado de ti mismo, sino unido a ti mismo y al Señor. Desde esta perspectiva, la oración se convierte en el tiempo que tienes para estar contigo mismo, y con el Señor, para disfrutar de su presencia y vivir tu vida desde Él; se convierte en el tiempo privilegiado de descanso con el Señor, para aprender a buscar sólo su voluntad. Si le encuentro dentro, sabré descubrirle fuera. Eso es algo que se consigue con el tiempo, con la práctica, y no de un día para otro. Sólo la ascética conduce a la mística. La voz de Dios en nuestro corazón es constante, como el rumor de un agua viva. Sólo es necesario entrar en lo más íntimo de uno mismo para sumergirse en ese río de agua viva. Sin palabras. Porque esa relación de amor con Jesús ha de ser el único motor de tu vida, la única cosa necesaria, la mejor parte. Dejo el final de este artículo a la pluma de san Juan de la Cruz, que experimentó hondamente el misterio del que hablamos:
 
En la interior bodega
de mi Amado bebí, y, cuando salía
por toda aquesta vega,
ya cosa no sabía,
y el ganado perdí que antes seguía.
 
Allí me dio su pecho,
allí me enseñó ciencia muy sabrosa,
y yo le di de hecho
a mí, sin dejar cosa;
allí le prometí de ser su esposa.
 
Mi alma se ha empleado,
y todo mi caudal, en su servicio;
ya no guardo ganado,
ni ya tengo otro oficio,
que ya sólo en amar es mi ejercicio.

(San Juan de la Cruz, Cántico Espiritual).