Los papeles son necesarios para plasmar algo y que quede definitivamente acordado. Expresan el acuerdo y uno se remite a ellos para saber las directrices concretadas, incluso se firman, comprometiéndose a seguirlos. También en el ámbito de la evangelización, "los papeles" son importantes, es decir, los planes pastorales que marcan rumbos, señalan prioridades y se especifican los medios para lograrlos.
 
 
Los planes pastorales -nacionales, diocesanos u otros- coordinan de manera que se logren acciones comunes y por el esfuerzo aunado de todos, se avance en una misma dirección sin dispersión de fuerzas.
 
Pero los planes pastorales, que son herramientas, no son ni la solución ni la panacea para la evangelización y para la vida pastoral de las parroquias, comunidades y movimientos. Son una guía, una orientación eficaz, pero por sí mismos y en sí mismos, de poco servirán si personas concretas, viviendo una experiencia absoluta de Jesucristo no los ponen en marcha.
 
Además, como herramientas que son, hay que darles su justo valor. La solución no está siempre en cambiar los planes pastorales, con un afán de novedades, sino en centrarse por completo en Jesucristo. Las palabras del papa Juan Pablo II son rotundas:
 
 
"No nos satisface ciertamente la ingenua convicción de que haya una fórmula mágica para los grandes desafíos de nuestro tiempo. No, no será una fórmula lo que nos salve, pero sí una Persona y la certeza que ella nos infunde: ¡Yo estoy con vosotros!
 
No se trata, pues, de inventar un nuevo programa. El programa ya existe. Es el de siempre, recogido por el Evangelio y la Tradición viva. Se centra, en definitiva, en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar e imitar, para vivir en él la vida trinitaria y transformar con él la historia hasta su perfeccionamiento en la Jerusalén celeste. Es un programa que no cambia al variar los tiempos y las culturas, aunque tiene cuenta del tiempo y de la cultura para un verdadero diálogo y una comunicación eficaz. Este programa de siempre es el nuestro para el tercer milenio" (NMI, 29).
 
Los programas pastorales los tenemos. Decimos permanentemente que hemos de entregarnos a una "nueva evangelización", pero no acabamos de echar a andar. La dificultad no se resuelve con reuniones, planes de trabajo, planes y revisiones, sino que el tema capital, el punto crucial, son las personas, los creyentes concretos y su experiencia personal de Jesucristo.
 
La evangelización más que depender de planes pastorales, depende de testigos, es decir, cristianos que han interiorizado el Evangelio y ajustan su vida a Cristo; han vivido el amor de Dios y han ido respondiendo, creciendo en la Iglesia, sintiéndose hijos de la Iglesia. Testigos y creyentes, por tanto, que han dejado la mentalidad del mundo, y sin divisiones internas, han adquirido una mentalidad cristiana y un estilo cristiano de vivir.
 
"Habrá evangelización en la medida en que haya cristianos (laicos, religiosos y sacerdotes) que se abran al Espíritu de Dios y decidan poner su vida de manera efectiva al servicio de las necesidades del Reino en esta primera línea de la evangelización" (SEBASTIÁN, F., Evangelizar, Encuentro, Madrid 2010, p. 179).
 
Para evangelizar, más que planes pastorales o libros didácticos de catequesis, lo necesario es contar con personas que han realizado una experiencia creyente muy profunda y asimilada en el seno de la Iglesia. La primera tarea real y concreta para nuestras parroquias y comunidades es formar un laicado, incluso aunque no sea muy numeroso, compacto, con doctrina clara y sólida, intensa vida espiritual y estilo de vida cristiana. Se impone el binomio "formación - oración" en el interior de la misma Iglesia para luego salir y evangelizar eficaz y realmente. Los evangelizadores serán los que viviendo en la Iglesia, han tenido la oportunidad de un encuentro real con Cristo que los ha cambiado; entonces con un horizonte nuevo de vida, serán evangelizadores:
 
"Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva" (Benedicto XVI, Deus caritas est, n. 1).
 
La creación de un laicado así, fruto del encuentro con Cristo, es la premisa fundamental para la nueva evangelización antes que la preocupación de libros, materiales didácticos y planes. Esto cambiaría, desde luego, el rostro de nuestras parroquias y asociaciones estableciendo estas nuevas prioridades, poniendo el acento en las realidades formativas y en la vida espiritual, revisando las muchas acciones pastorales que se mantienen aunque tengan poco sentido o poca utilidad.

 
Los evangelizadores, más que los libros y programaciones pastorales, son los que lograrán evangelizar, porque sólo quienes tengan un verdadero anhelo de santidad podrán evangelizar proque el verdadero misionero, el auténtico evangelizador, es el santo:
 
"El renovado impulso hacia la misión ad gentes exige misioneros santos. No basta renovar los métodos pastorales, ni organizar y coordinar mejor las fuerzas eclesiales, ni explorar con mayor agudeza los fundamentos bíblicos y teológicos de la fe: es necesario suscitar un nuevo « anhelo de santidad » entre los misioneros y en toda la comunidad cristiana, particularmente entre aquellos que son los colaboradores más íntimos de los misioneros" (Juan Pablo II, Redemptoris missio, 90).