Como decíamos ayer, El Castellano del 20 de marzo de 1928 da noticia de los actos que el sábado y el domingo (17 y 18 de marzo) han tenido lugar, con motivo de la Cuaresma de ese año. La celebración ha congregado, en la Catedral de Toledo, a “cinco mil hombres y dos mil niños que glorifican a Jesús Sacramentado”. Uno de los temas tratados fue el de la Misericordia Divina. Con motivo de este Año Jubilar, convocado por el Papa Francisco, me ha parecido bien ofrecer esta conferencia. Esta es la segunda parte.
 
LA MISERICORDIA DIVINA
 
¿Sabéis que él mismo quiere declarar hasta dónde llega esa misericordia infinita de Dios con la que se compadece de nuestras miserias?
 
Pues oídle: La misericordia de Dios se ha hecho carne y ha vivido entre nosotros y vive entre nosotros. Y esa misericordia de Dios, hecha carne, es Jesucristo. ¡Ah, Señor, si yo pudiera penetrar en esta noche en los abismos de ese corazón, abierto, ese corazón que es el signo de la misericordia de Dios! ¡Si yo pudiera haceros penetrar, hijos míos, dentro de ese corazón, todo misericordia y bueno para todos!
 
Vayamos y llamemos a la puerta de ese pecho y veréis, veréis, cómo de ahí salen voces que resuenan por todo el mundo pregonando la misericordia infinita de Dios. Vedle, es Dios inmenso, infinito, y es un niño pequeño que llora, un jovencito que vive en el taller, un maestro que enseña. ¿A quién? A los necesitados, a los abandonados, a los despreciados de todos. Vedle rodeado de niños, vedle rodeado de pecadores, ahí está en el templo, a su lado una mujer. La han acusado los hombres, las maledicencias y las envidias, y Él, el Dios justo, el Dios santo, saldrá en defensa de aquella pobre mujer y se levantará para decir: “Nadie te ha condenado, pues vete en paz, yo tampoco te condeno, vete en paz y no peques”. Ese es Jesús, que comienza siendo misericordioso.
 
¡Qué bien aprende la divina lección de la misericordia aquel discípulo querido de Jesucristo, el apóstol de la caridad, el evangelista del amor! Se refiere en su biografía que un día notó la falta de uno de sus discípulos. Le dijeron que se había convertido en salteador y se había ido con unos ladrones. Abandonó la ciudad, y por senderos va el discípulo amado del corazón misericordioso en busca de aquel pobrecito y lo encuentra en la selva, y va a sus pies y le abraza y le vuelve al seno del alma de Jesucristo. Esta es la misericordia de Jesucristo.
 
Él ha querido que reine siempre en su Iglesia. No tenemos más que oír sus palabras dulcísimas, consoladoras para todos aquellos que se ven sumidos en el abismo de la miseria. Venid a mí, venid a mí, dice Jesucristo. ¿Quiénes, Señor? Los que estáis trabajados, los que estáis tristes, los que estáis apesadumbrados, que yo os consolaré. Va a publicar su programa por la tierra que espera con ansia oírlo.
 
Sus palabras son para los pobres: bienaventurados los pobres;
sus palabras son para los que lloran: bienaventurados los que lloren;
sus palabras son para los delincuentes: bienaventurados los que padecen persecución por la justicia.
 
¿Se puede pedir más? Más todavía. Allí está puesto, en un patíbulo y muestra su misericordia sobre todos. “Perdónalos que no saben lo que hacen”. ¡Qué bien se cumplen las profecías de Isaías! Aunque vuestra alma esté manchada yo la tomaré blanca como la nieve.
 
Decidme, Jesús. Ahí te veo con los brazos extendidos para abrazar al mundo, con el corazón abierto para servir de asilo a todas las miserias de la vida. Has querido dejarnos un retrato para que te conozcan a través de los siglos y ese retrato le has trazado tú mismo con tu sabiduría.
 
Y termino con estas palabras de Jesús. Es su retrato auténtico le refleja tal cual es. Quedará impreso en las catacumbas, aparecerá más tarde en las basílicas siempre lo mismo: el retrato de Jesús por Él trazado. Miradle con una oveja sobre sus hombros estrechándola amorosamente contra su pecho, y Él ha dicho: “Yo quiero mi vida para mis ovejas”. Miradle, es el Padre amoroso y está esperando a aquel hijo que se le fue, que se marchó de la casa de su padre. Y le abandona el hijo ingrato y marcha a lejanas tierras, y el padre cariñosísimo le espera en su casa, y le ve venir afligido, perdido, y le tiende los brazos, y cuando el hijo cae a sus pies, le dice: “He pecado contra el cielo y contra ti”. Le levanta el padre y le estrecha contra su corazón y le dice: “Hijo mío, te había perdido y te he encontrado”.
 
¡Jesús, dulcísimo Jesús, que has sido testigo durante estos días del amor de este pueblo de Toledo, que ha venido a rendirte el homenaje de su fe de su cariño!
 
¡Jesús, estás esperando a todos con los brazos abiertos! Recíbelos, hazlos siempre tuyos; sea esta tu bendición, la que selle nuestros santos propósitos de estos días. ¡Nos arrojamos en los brazos de tu misericordia, tu misericordia nos ampare en la vida y nos espere a todos, hijos muy amados, en las puertas de la eternidad!
 
PALABRAS FINALES
 
Después de la reserva del Santísimo, pronunció estas palabras de despedida:
 
“Ha venido en estas noches a escuchar mi humilde palabra el pueblo católico de Toledo, a demostrar la que es la segura senda. Yo, que quedo deudor de por vida a esta correspondencia y a esta delicadeza de todos, os pagaré con la única moneda que tengo, y es sacrificándome por vosotros hasta lo último, hasta dar mi vida por vosotros muy gustoso”.
 
Era marzo de 1928… y así lo hará en junio de 1931.


 
La familia del Cardenal Segura ha conservado este precioso Niño Jesús como Buen Pastor (con el que abríamos el artículo) que tanta ternura manifiesta, como el mismo Cardenal expresa en sus palabras. Detrás de la imagen se conserva este sello con su nombre.