Al verla el Señor, le dio lástima y le dijo: – No llores -. Se acercó al ataúd, lo tocó (los que lo llevaban se pararon) y dijo: ¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!” (Lc 7, 1314)

Los milagros son siempre motivo de gran beneficio para el que los recibe -en este caso una madre a la que le han resucitado al hijo y el propio muchacho- y para los que los contemplan, pues a través de ellos pueden comprobar de forma extraordinaria la grandeza del amor de Dios. Pero, además, llevan consigo un profundo contenido espiritual.

En este caso, el Señor acompaña el milagro con unas frases que son una catequesis sobre la conversión. El “no llores” -dicho a la desconsolada madre- y el “¡levántate!” -dicho al cadáver del hijo-, pueden ser dichos a cada uno de nosotros cuando estamos muertos por el pecado. Cuando obramos el mal nos sentimos mal o, al menos, nos sentimos mal cuando las consecuencias de nuestros pecados se nos echan encima. Pero el pasado ya está pasado y no se puede modificar. Lo que Jesús nos enseña es que debemos dejar de lamentarnos por lo ocurrido, pues ya no tiene remedio, para ponernos en pie y caminar hacia Él, pidiéndole perdón con la confesión e intentando remediar el mal que se ha hecho y compensar a las personas ofendidas.

Aprender, pues, a pasar la página volviendo a empezar es la lección de esta semana. El pasado sólo debería servir para aprender lecciones vitales que nos impidan cometer los mismos errores. Por lo demás, la confianza en la misericordia divina -de la que no hay que abusar- es lo que nos hace capaces de mirar hacia adelante con confianza.