Amar. Saber amar y saberse amado
es “Vida”.
A.    Ortega Gaisán
 
El jesuita leonés, Segundo Llorente, se pasó 40 años de misionero en Alaska. Releer sus numerosos libros es palpar el poder milagroso de la alegría, mejor, en su caso, de la Alegría. En su lecho de muerte, su hermano Amando, también jesuita, le animaba a seguir utilizando el milagro de la  alegría:
 
-¿Pero tú crees - musitó el agonizante - que en el cielo voy a mandar yo?
-En el cielo - insistió Amando - mandan los amigos de Dios.
 
Y los ojos de Segundo Llorente se iluminaron por última vez:
 
-¡En eso no quiero que me gane nadie!
 
Según el trato que tenemos con las personas, las clasificamos en tres grupos:
 
·      Conocidos. Los conocemos de vista o trato, pero nada más.
·      Vecinos. Son aquellos que, además de conocerlos, sabemos dónde viven.
·      Amigos. Además de lo anterior, sabemos sus sufrimientos, alegrías, ilusiones, proyectos... Son parte de nuestras vidas.
 
Dios es persona, ¿En qué grupo lo encuadro: conocido, vecino, amigo…?
 
Segundo Llorente, con la familiaridad de amigo que tenía con Dios, rezaba frecuentemente: Señor, te doy gracias porque estoy seguro de que me ayudarás a ser santo. Y el Amigo le concedió la santidad que posibilita crecer indefinidamente en el amor a Dios y a los hombres.
 
Una santidad que se manifiesta, entre otras cosas, por la alegría, cualidad que convierte nuestras vidas en todo lo que se supone que debe ser: un alegre soneto de acción de gracias.
 
Amigo, lector, el P. Llorente nos propone un buen programa para este 2016: que a ser amigos de Dios no quiero que me gane nadie.
 
¿Lo intentamos?