UN ENCUENTRO PERSONAL CON EL PAPA

 

            Esta semana he tenido la alegría de poder estar muy cerca del Papa Francisco. El jueves 21, con motivo de mis Bodas de Oro sacerdotales, se me concedió concelebrar con el Papa en su Misa de Santa Marta. Aunque son momentos muy personales, cuento un poco la historia de este acontecimiento. Aprovechando mi estancia en Roma, con un grupo de peregrinos que fuimos al Encuentro de Santuarios del Mundo y organizadores de peregrinaciones, se me concedió la oportunidad de esta celebración Eucarística tan entrañable con el Santo Padre. Yo, como tantos, he estado en muchas celebraciones presididas por un Papa con motivo de distintos acontecimientos. Pero no soñaba yo que podría celebrar la Misa en la intimidad con el Sumo Pontífice. 

            Estaba citado a las 6,45 en la Residencia de Santa Marta. Cumplimentados los diversos controles de la gendarmería vaticana, llegué al lugar indicado. Iban algunas perdonas más y unos seis sacerdotes. Nos ubicaron en la sacristía para prepararnos, y a las 6,55 nos condujeron al lugar que debíamos ocupar en  la Capilla. Me tocó justo frente al ambón. Entra el Papa Francisco y se inicia la celebración. La emoción iba por dentro. Tras la lectura del evangelio pronunció una bonita homilía con el estilo espontaneo que le caracteriza. El tema fue la envidia y los celos en la iglesia. De ella ofrezco este resumen:

 

            La  Misa fue de la memoria litúrgica de Santa Inés, virgen y mártir. El Papa Francisco invitó a rogar al Señor que nos libre de los pecados de los celos y envidias que matan, también con las palabras, e impiden la felicidad.

            Con la primera lectura (1 Sam 18, 6-9; 19, 1-7), que narra los celos de Saúl, Rey de Israel, hacia David, el Papa señaló que Saúl miró con malos ojos a David, pensando que podía traicionarlo y decide matarlo. Luego, sigue el consejo de su hijo, cambia de idea y después vuelve a tener pensamientos negativos. Los celos – reiteró el Santo Padre – son una ‘enfermedad’ que vuelve y lleva a la envidia:

«¡Qué cosa fea es la envidia! Es una actitud y un pecado feo. En el corazón, los celos o la envidia crecen como mala hierba: crece y no deja crecer la hierba buena. Todo lo que le parece que le hace sombra, le hace mal. ¡Nunca está en paz! ¡Es un corazón atormentado, un corazón feo! Además, el corazón envidioso – como escuchamos aquí – lleva a matar, a la muerte. Y la Escritura lo dice claro: por la envidia del diablo, entró la muerte en el mundo».

            La envidia mata y no tolera que otro tenga algo que yo no tengo. Hace sufrir siempre, porque el corazón del envidioso o del celoso sufre. ¡Es un corazón que sufre!, volvió a reiterar el Sucesor de Pedro, para luego hacer hincapié en que es un sufrimiento que desea «la muerte de los demás». Y cómo «cuántas veces en nuestras comunidades, no hay que ir muy lejos para ver esto – por celos, se mata con la lengua. Uno tiene envidia de ese, del otro, y comienzan los chismes: y los chismes matan»:

            «Y yo, pensando y reflexionando sobre este pasaje de la Escritura, me invito a mí mismo y a todos a buscar si en mi corazón hay algo de celos, algo de envidia, que siempre lleva a la muerte y no me hace feliz. Porque esta enfermedad nos lleva a ver lo bueno que hay en el otro como si estuviera en tu contra. ¡Y éste es un pecado feo! Es el comienzo de tantas, tantas criminalidades. Pidamos al Señor que nos dé la gracia de no abrir el corazón a los celos, de no abrir el corazón a las envidias, porque estas cosas llevan siempre a la muerte».

            También Jesús fue entregado por envidia, como percibió Pilatos, recordó el Papa, evocando el Evangelio de Marcos:

«La envidia – según la interpretación de Pilatos, que era muy inteligente, ¡pero cobarde! -  es la que llevó a la muerte a Jesús. El instrumento, el último instrumento. Se lo habían entregado por envidia. Pidamos también al Señor la gracia de no entregar nunca, por envidia, a un hermano a la muerte, a una hermana de la parroquia, de la comunidad, tampoco a un vecino del barrio: cada uno tiene sus pecados, cada uno tiene sus virtudes. Son propias de cada uno. Ver el bien y no matar con los chismes, por envidia o por celos».

 

            Terminada la Misa, en una sala parte, pudimos saludar personalmente al Papa, y a cada uno nos dijo lo que necesitábamos escuchar: palabras de ánimo, de misericordia, de ilusión apostólica. Y de este modo tan santo comencé a vivir un día más en Roma, que sigue adornada de Navidad hasta el 4 de febrero. El tiempo bueno, y la ciudad ya estaba despierta.

 




Juan García Inza