La pandemia del miedo

         El famoso virus sigue paseándose por nuestras calles y plazas. Son poco los atrevidos que se lanza a la aventura de salir al aire libre a ver que pasa. Algunos no aguantan tanto tiempo en clausura forzosa. Lo comprendo porque no tienen esa vocación. Y nadie sabe lo que va a pasar, y hasta cuando nos tendrá en vilo el enemigo.

         Siento especialmente el caso de los ancianos que mueren y no han podido tener el consuelo de una familiar que les diera un beso en la frente. En esta nuestra página hemos leído los testimonios de varios sacerdotes que han perdido estos días a sus padres. Tuvieron que llorar su ausencia desde lejos. Es terrible.

         Nos cuenta Elisabetta Piqué en “La Nación”:

ROMA.- Se habla de aislamiento, del bloqueo casi total, de las restricciones extremas, de las colas en los supermercados, de la vida que cambió y que nunca será como antes. Del sistema sanitario al borde del colapso , del número de muertos por coronavirus que crece en forma exponencial , hoy trepó a 1441 (175 más que ayer), con un total de 21.157 casos en Italia, y también se habla de la hecatombe económica de la que nadie sabe cómo se levantará Italia .

Pero pocos hablan de los muertos, tan solo números, y del dolor que viven sus familiares. Familiares que de repente vieron desaparecer a su padre, madre, abuelo, tío, hermano en una ambulancia y que nunca más pudieron volver a ver. Y que son conscientes de que sus seres queridos murieron en soledad, sin nadie -una mujer, un hijo, un hermano, un sobrino-, que los tomara de la mano. Sin una caricia, sin una palabra de afecto, ni siquiera una mirada de amor desde el metro de distancia interpersonal obligatorio, porque está prohibido acompañar al hospital a quien resulta positivo o a quien es sospechoso de ser positivo.

"A mi papá, que tenía 80 años pero que estaba en perfecta forma, nunca le pude decir 'te quiero’. Lo vi salir de mi casa el viernes 28 de febrero en una camilla... Entonces para tranquilizarlo le dije que no fuera miedoso. Lo volví a ver en un cajón cerrado en el cementerio. Ni siquiera pudo tener un funeral", contó al diario La Stampa Orietta S., que reflejó el desconsuelo que viven hoy muchísimas personas.

 

         Pues esta es la realidad. Y en España todavía no hemos tocado techo. Pero no hay que perder la calma. Leemos en San Juan 16 este pasaje: “Viene la hora —de hecho, ha llegado ya— en que serán dispersados. Cada uno se irá a su propia casa y me dejarán solo”. Aun así, les asegura: “Les he dicho estas cosas para que tengan paz por medio de mí. En el mundo van a tener sufrimientos. Pero ¡sean valientes!, que yo he vencido al mundo” (Juan 16:30-33). Así es, Jesús de ninguna manera los va a abandonar. Y está seguro de que ellos también podrán salir vencedores, igual que él, cumpliendo fielmente con la voluntad de Dios a pesar de los intentos de Satanás y su mundo por quebrantar su lealtad.

         Seguimos luchando, y le decimos al Señor muchas veces con las paabras del Padrenuestro: Líbranos del mal.

 

Juan García Inza

Juan.garciainza@gmail.com