Según el propósito de Dios para nuestra vida, hemos sido creados para vivir por siempre. Es decir, esta vida no lo es todo. Vamos a estar mucho más tiempo al otro lado de la muerte, en la eternidad, que aquí. Esta vida es algo así como el preámbulo de la venidera.

En esta vida es probable que pasemos unos cien años, como máximo, pero en la eternidad viviremos para siempre. Fuimos creados para vivir por siempre.

“Corro hacia la meta, hacia el premio, al cual me llama Dios desde arriba en Cristo Jesús.” (Filipenses 3,14)

Todos tenemos un instinto nato que anhela la inmortalidad, ya que fuimos creados a imagen de Dios para vivir eternamente. Aunque sabemos que todos hemos de morir, la muerte siempre nos parece injusta e ilógica. De alguna forma pensamos que deberíamos vivir para siempre por la sencilla razón de que Dios mismo ha implantado eso en nuestro interior.

Nuestro corazón dejará de latir en algún momento y eso determinará el fin de nuestro cuerpo mortal y de nuestros días en la tierra, pero no será el fin de nuestro ser. Cuando comprendemos que la vida es más que vivir el aquí y el ahora, que es como una preparación para la eternidad, entonces comenzamos a vivir de una manera diferente. Cuando vivimos a la luz de la eternidad, nuestros valores cambian y eso mismo nos da las pautas de cómo manejar todo lo demás; es decir, se reordenan nuestras prioridades.

Todo lo que hacemos y vivimos en nuestras vidas toca alguna cuerda que vibrará en la eternidad. El aspecto más dañino de la vida contemporánea es la mentalidad a corto plazo. Para aprovechar nuestra vida al máximo debemos mantener en mente la visión de la eternidad y el valor de la misma en nuestro corazón. ¡La vida es mucho más que vivir solo el momento!

“Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman.” (1 Corintios 2,9)

Dios tiene un propósito para nuestra vida en la tierra, pero no termina aquí. Su plan comprende mucho más que unas cuantas décadas que pasaremos en este planeta. La única ocasión en que las personas piensan en la eternidad suele ser en los funerales, aunque quizás de manera superficial y con ideas sentimentales. No es insano ni pernicioso pensar en la muerte; sin embargo, resulta contraproducente vivir negándola y no considerar lo que es inevitable. No es muy sensato andar por la vida sin prepararse para lo que todos sabemos que va a ocurrir.

“Enséñanos a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato.” (Salmos 90,12)

El término eternidad se popularizó gracias a un hombre llamado Arthur Stace que falleció en 1967, cuya biografía ha quedado plasmada en un libro, una ópera y una película. Arthur se crio en una familia en la que imperaban el alcoholismo y los malos tratos. Los primeros 45 años de su vida cometió delitos de poca monta. Según su biógrafo, era «un borracho, un marginado que no servía para nada».

Todo eso cambió el día que escuchó un sermón sobre Isaías 57,15: “Porque esto dice el Alto y Excelso, que vive para siempre y cuyo nombre es «Santo»: Habito en un lugar alto y sagrado, pero estoy con los de ánimo humilde y quebrantado”. Más adelante Arthur explicó: «De golpe me eché a llorar y sentí un fuerte impulso de escribir la palabra Eternidad». Se metió las manos en los bolsillos y encontró un trozo de tiza. Pese a que era analfabeto y apenas sabía escribir su nombre, contó que la primera vez que escribió la palabra Eternidad le salió «con facilidad y con una caligrafía hermosa. No lo entendía. Al día de hoy todavía no lo entiendo».

Durante los siguientes 28 años, varias veces a la semana salía de su casa a las 5 de la mañana para escribir esa palabra en lugares públicos, con el objeto de recordarles a quienes la vieran lo que realmente tiene importancia en la vida. Al menos 50 veces al día escribía Eternidad con tiza. Terminó escribiendo medio millón de veces por toda la ciudad esa palabra.

La historia de Arthur nos puede motivar a aprovechar lo que tenemos, por poco que parezca ser —quizá solo un trozo de tiza— para influir positivamente en el mundo. La Biblia dice que nuestra vida es como la hierba, las flores o el humo. Estamos aquí por breve tiempo y perecemos. Cuando somos jóvenes, vemos la vida como una larga carretera que no se sabe dónde terminará. Con el paso de los años, vamos comprendiendo mejor cómo es.

En una conferencia, un predicador ilustró la eternidad con una larga cuerda que llevó al escenario. «Imagínense —dijo— que esta cuerda es interminable. Ilustra la eternidad». Luego señaló unos pocos centímetros en un extremo, pintados de rojo: «Esta fracción representa nuestro tiempo en la tierra». Algunas personas no viven sino para la parte terrenal de su existencia y hacen caso omiso de lo demás, de su vida eterna. El eco de lo que hagamos aquí se escuchará en el más allá. Eso es lo realmente trascendente que nunca debemos olvidar.

“Para mí la vida es Cristo y el morir una ganancia. Pero, si el vivir esta vida mortal me supone trabajo fructífero, no sé qué escoger. Me encuentro en esta alternativa: por un lado, deseo partir para estar con Cristo, que es con mucho lo mejor; pero, por otro, quedarme en esta vida veo que es más necesario para vosotros.” (Filipenses 1,21-24)

 

Fuente: kairosblog.evangelizacion.es