Isaías. 35, 4-7; Santiago. 2, 1-5; Marcos 7, 31-37

«Levantando los ojos al cielo, dio un gemido, y le dijo: - ¡Effetá!, que quiere decir: - ¡Ábrete!»

«Es necesario aprender a acercarnos a las personas sin prejuicios. Escuchar lo que hay en su alma. Asombrarnos con su misterio. Caminar a su lado. Alegrarnos con la belleza de su vida»

Cuando recorro como peregrino el camino de Santiago siempre me vuelvo a sorprender de una verdad de nuestra vida. Soy simplemente un hombre que camina hacia un mismo lugar junto a otros muchos peregrinos. En este camino importa poco mi procedencia, mi historia, mi condición, mis logros. En ese momento somos, aparentemente, todos iguales. Somos simplemente peregrinos con un destino final común. Nos conocemos en la desnudez de una vida en presente. En un instante, en una etapa. Nos preocupan las cosas del camino. Tenemos miedos similares. Estamos más libres de prejuicios. Más ligeros de equipaje. Tratamos a todos igual. Nos tratan igual. Uno más en medio del camino. En la vida vamos cargados de títulos, de pasado, de logros, de fracasos. Tenemos máscaras y prejuicios. Un pasado y un presente. Y corremos a veces el riesgo de encasillar sin conocer a los que encontramos. Imaginamos su historia a partir de pocos datos. Y esos datos nos alejan o nos acercan. Ojalá pudiera siempre acercarme a cada uno con respeto, como en el camino. Sin prejuicios, sin tener que saber mucho más sobre su vida. Sin querer indagar y saber qué hace, qué ama, qué sueña. Y esperar sólo si él quiere revelármelo, abrir su vida. Es verdad que para amar a alguien tenemos que saber más. Cuando queremos profundizar y conocer a más a una persona nos interesa entonces su historia, su procedencia, a qué dedica su vida, su familia, sus gustos. Buscamos su origen. Su pasado. Y tal vez, torpemente, interpretamos sus acciones y decisiones y queremos llegar a la verdad más honda. Pero muchas veces no llegamos muy lejos y nos quedamos sólo en la apariencia. La apariencia de unos hechos que parecen descarnados y fríos. Detrás de un mismo gesto se pueden esconder demasiadas motivaciones como para conocer de verdad a alguien. Conocer a una persona de verdad tiene mucho que ver con amarla. Sólo conocemos de verdad aquello que amamos. Y sólo amamos cuando conocemos en profundidad. Pero ha de ser un conocer con la entrañas, con el corazón. Un conocer en lo más hondo. Cuando conocemos a una persona a la que admiramos y queremos no nos basta con saber su nombre y apariencia. Queremos conocer toda su verdad. A veces creemos que conocer a alguien supone saber todo sobre él, descubrir todos sus secretos. Saber quién es, lo que tiene, lo que esconde. Su mundo interior, su misterio, lo que anhela. Pero conocer es mucho más que saber muchos datos y hechos. Amar no significa saberlo todo. Conocer cuando amamos significa mucho más que conocer su historia, sus gustos, sus decisiones. En la vida son pocas las personas a las que logramos conocer de verdad, en lo más profundo. Por lo general conocemos sólo una parte de algunos. Y es normal que sólo pocas personas lleguen a saber cómo somos en lo más hondo. Sólo ante ciertas personas podremos revelarnos en toda nuestra verdad sin temer el rechazo. Sólo algunos pocos conocerán nuestro verdadero yo. A veces nos quedamos en la superficie en nuestro amor, en nuestras relaciones. Amamos por fuera y por eso nos cuesta crear vínculos hondos y duraderos. No hacemos daño, no nos hacen daño. Pero nuestros vínculos no tienen raíces hondas. Los lazos profundos sueñan con ser eternos y verdaderos. Aunque a veces nos duelan, quieren ser para siempre. Por eso es tan necesario aprender a acercarnos a las personas sin prejuicios, sin imágenes preconcebidas. Escuchar lo que hay en su alma. Respetar la vida de la persona a la que queremos. Asombrarnos con su misterio. Aprender a caminar a su lado. Respetar sus cambios, sorprendernos con la belleza de su vida. Alegrarnos de cómo es sin querer poseerla. Acoger su verdad con asombro. No siempre lo hacemos con respeto, de rodillas.

A veces nos acercamos con prejuicios a las personas. No sé por qué al corazón le gusta encasillar. Tal vez porque las casillas nos dan seguridad y algo de paz. Porque al encasillar creemos controlar mejor la vida pensando que sabemos de lo que hablamos. Hoy escuchamos: «Hermanos míos, no entre la acepción de personas en la fe que tenéis en nuestro Señor. Supongamos que entre vuestra asamblea un hombre con un anillo de oro y un vestido espléndido; y entra también un pobre con un vestido sucio; y que dirigís vuestra mirada al que lleva el vestido espléndido y le decís: -Tú, siéntate aquí, en un buen lugar; y en cambio al pobre le decís: - Tú, quédate ahí de pie, o Siéntate a mis pies. ¿No sería esto hacer distinciones entre vosotros y ser jueces con criterios malos?». Santiago 2, 1-5. Nosotros no hacemos caso y juzgamos por la apariencia. Hacemos acepción de personas. Tratamos a unos de una forma y a otros de otra por su aspecto externo. Tal vez es ese afán a veces obsesivo por conocer los hechos, lo que nos limita tanto. Queremos saber lo que realmente pasó. La verdad de la historia completa. Queremos saber si hay mentiras en su vida. Si hay errores denunciables. No aceptamos que haya nada oculto y nos creemos con derecho a saberlo todo. ¿Por qué me empeño tanto en saber toda la verdad de las cosas? La verdad es mucho más que datos tomados de forma objetiva como en un laboratorio. De nuevo corremos el peligro de quedarnos en la superficie, de no ahondar. Esta persona es así, hizo tal cosa, vivió tal otra. Juzgamos por la apariencia de los hechos y nos quedamos tranquilos. Sin conocer sus intenciones, sin comprender su corazón. Al mismo tiempo a veces tenemos una gran necesidad de contarlo todo. Crece entonces el afán por contarles a todos todo lo que hago, lo que soy, lo que pienso. Así nada sorprende. Así no oculto nada. Pero nuestra verdad, lo que de verdad somos, no se puede contar en hechos, en palabras, en imágenes. Nuestra verdad se pierde en datos que sólo reflejan una parte de lo que somos. Una parte muy pequeña. Porque somos mucho más de lo que hacemos, más de lo que decidimos. Valemos mucho más. Me gustaría comprender que aquellas personas a la que amo son mucho más que un montón de hechos y experiencias, de aciertos y errores. Mucho más que su pasado y su presente. Conocer la verdad de alguien me permite saber quién es y amar a alguien a quien empiezo a comprender sólo torpemente. No puedo eludir su misterio. Tengo que aceptarlo con alegría. No tengo derecho a saberlo todo sobre su vida.

Cuando encasillamos determinamos los rasgos fundamentales de una persona, le ponemos nombre y la reducimos a un límite. En una obra de ciencia ficción escrita por Verónica Roth, Divergentes, se refleja un experimento de sociedad dividido en cinco facciones. Cada facción acentúa un rasgo de la personalidad. Verdad, abnegación, osadía, erudición y cordialidad. Fue creada intentando lograr una sociedad ideal en la que reinara la paz. Cada facción educaba a los suyos acentuando en ellos sobre todo el rasgo más propio. Así, en la convivencia pacífica, cada uno acentuaba el rasgo más propio y complementaba a los otros. El problema era que al acentuar sólo un rasgo, se limitaba a las personas y ese rasgo, sin la complementación de los otros, podía desviarse. Por eso los de verdad eran veraces siempre. Decían todo lo que pensaban y sentían. Habían aprendido a hacerlo desde niños. Siempre decir toda la verdad y a todos. Desentrañar ante todos las propias miserias. Y saber todo de todos. Contar los pecados y las caídas. Mostrar los peores miedos en público. Así no tenían nada más que defender a partir de ese momento. Eran vistos en su verdad. No había nada que ocultar. Es cierto que mostrarme débil ante los demás me hace más libre. Pero muchas veces ese afán por dar a conocer la verdad, por mostrar toda la verdad, no siempre me hace más libre. En ocasiones me puede llevar a la crueldad. La verdad sin amor, sin misericordia, sin respeto, puede ser hiriente. Además siempre hay personas que lo quieren saber siempre todo de todos. Y creen que tienen la misión de decirles a todos su verdad, para que la conozcan, para que puedan cambiar. Como decía una persona de esa facción en el libro: «Ser sincero no significa decir lo que quieras siempre que quieras. Significa que lo que elijas decir tiene que ser cierto»[1]. No se trata de ir por la vida sonsacando verdades, descubriendo misterios y revelándoles a todos sus defectos, lo que tienen que mejorar, lo que todavía no logran. Minimizando el valor de sus logros y destacando la pobreza de sus errores. Creer en la verdad y buscar la verdad no me convierte en detective, en buscador de fraudes, en revelador de mentiras. No me hace desconfiado de las personas. Porque cuando sólo buscamos saberlo todo de todos nos volvemos desconfiados. Siempre pensamos que hay algo oculto bajo la apariencia perfecta. Segundas intenciones. Nos quedamos en los escándalos. Nos divierte encontrar mentiras ocultas. Y así desconfiamos de todo y de todos.

La verdad tiene que ver con lo que somos y vivimos. Con la autenticidad de nuestra vida. Es importante saber nuestra propia verdad y vivir en la verdad. Es lo más valioso, ser sinceros con nosotros mismos. Queremos que nuestra vida sea verdadera. Pero eso va mucho más allá de nuestras decisiones, de las elecciones que hacemos, de la forma como nos comportamos. Va más allá de nuestros errores y caídas. La verdad tiene que ver con mi vida, con lo que Dios ha pensado para mí, con el sueño de Dios para mí. Tiene que ver con lo que amo, con aquello por lo que sufro, con todo lo que sueño. Tiene que ver con mis heridas y mis dolores, con mi historia personal. En la película «Come, reza, ama» comenta la protagonista: «El equilibrio es no dejar que nadie te quiera menos de lo que te quieres tú. Si tienes el valor de dejar atrás todo lo que te proteja y te consuele. Y embarcarte en un viaje en búsqueda de la verdad. Si estás dispuesto a perdonar algunas de las realidades muy duras de ti mismo. Entonces la verdad no te será negada». Tenemos heridas que perdonar y amar. Actos y debilidades que aceptar. La verdad sobre nuestra vida sólo la conoce Dios y se alegra con ella. Sabe cómo somos y se conmueve al observar nuestra pequeñez. Sabe que le necesitamos porque no somos perfectos. Acercarnos a nuestra verdad nos hace más humildes. Porque en ella descubrimos nuestra pobreza. Y al mismo tiempo comprendemos que nos estamos haciendo. Que estamos en camino. Somos historia pasada e historia por hacer. Somos pasado, presente y futuro. En medio del camino encontramos algo de nuestra verdad. Sólo algo. ¡Cuánta misericordia hace falta para acercarnos al misterio de una vida! ¡Cuánta misericordia necesito para mirarme con amor, con alegría, con paz en mi verdad más escondida! Dios ama mi verdad, me ama como soy, no como debería ser, y por eso me hace capaz de amarme en mi debilidad. Somos esa mezcla confusa de decisiones, pasiones, pensamientos, opciones. Errores y aciertos. Éxitos y fracasos. Logros y caídas. Somos mucho más de lo que parecemos. Y lo que parecemos no siempre es interpretado correctamente por el que nos observa desde su propia verdad, desde su forma original de percibir la vida. Somos mucho más de lo que soñamos. Nuestra verdad le alegra siempre a Dios. Y tiene que alegrarnos a nosotros mismos. ¡Cuántas personas no se aceptan como son, no aman su verdad! El otro día leía algo sobre la diferencia entre atención y reconocimiento: «Mi autoestima estaba afectada por la opinión que tenían los demás sobre mí. La autoestima ha de estar precedida por el respeto a uno mismo. La atención de los otros viene y va. Normalmente con rapidez. El reconocimiento dura mucho más»[2]. Todos necesitamos reconocimiento. Por eso mendigamos aceptación y buscamos reconocimiento de los hombres y sufrimos. Quisiera comprender que Dios siempre me reconoce. Siempre me ama. Cuando caigo y me levanto. Cuando triunfo y cuando pierdo. Reconoce ese valor que yo mismo tantas veces no sé ver.

Por eso me conmueve siempre cuando una persona herida se acerca a Jesús. Hay un cierto temor y un cierto respeto. Como alguien pequeño que se acerca a una persona todopoderosa. Teme el rechazo, anhela la aceptación, el reconocimiento en su pobreza. Se avergüenza de su herida, busca la sanación. Hoy un hombre herido en su enfermedad, en su sordera, se acerca a Jesús, es llevado a su presencia: «Le presentan un sordo que, además, hablaba con dificultad, y le ruegan imponga la mano sobre él». No viene él solo. Alguien lo trae, lo acerca, le ayuda a llegar hasta Jesús. ¡Cuánto miedo habría en su corazón herido! ¿Creería en el milagro? A veces pensamos que nuestra enfermedad es la peor de todas. Que nuestro pecado es el más vil de todos los pecados. Pensamos que nadie hay tan pequeño como nosotros y nos avergüenza acercarnos a Dios. «No se va a conmover. Se va a indignar con nuestra vida», pensamos. Pero no es así. Decía el Santo cura de Ars: «No digáis que no sois dignos de recibir a Jesús. No lo sois. Pero lo necesitáis. Él no rechaza nada. Nuestras faltas son como granos de arena al lado de su misericordia». Y como leía el otro día: «Los perfectos no se sienten pecadores ni tampoco perdonados. No necesitan de la misericordia de Dios. El mensaje de Jesús los deja indiferentes»[3]. El reconocimiento de mi debilidad, de mi pequeñez es lo que me salva. Y al llegar a sus pies, compruebo que para Él mi pecado no es nada, mi herida es pequeña, mi carencia es mínima. Él no se asombra, no se avergüenza de mí, no se aleja escandalizado como muchos hacen al conocer mi miseria. No me juzga. No, no es como nosotros. Jesús no se aleja de este hombre sordo. Y el sordo tampoco se esconde de Dios. Tal vez necesitó ayuda para llegar hasta Él. Pero ahora permanece delante, vence el miedo, no huye. ¡Cuántas veces nos avergonzamos de nuestra miseria! La escondemos, la disimulamos. Preferimos contar nuestros aciertos. Tapamos nuestras caídas. Vivimos obsesionados por mostrarle al mundo cuánto valemos. No nos basta el reconocimiento de Dios. Queremos siempre más. Nos importa mucho más lo que el mundo piensa de nosotros. Lo que dicen y comentan. Decía el P. Kentenich: «Supongamos que Dios hubiese perdido el libro de la vida. Pero no tengo temor puesto que no he depositado en Él mi confianza diciéndome que todo está bien consignado en el libro de la vida. ¿En qué deposito mi confianza? ¡En la misericordia! Muchas veces no avanzamos en nuestra vida espiritual porque estamos demasiado llenos de nosotros, esperamos demasiado de nosotros mismos. Dios tiene una debilidad del todo particular: no puede resistirse a la debilidad conocida y reconocida de sus hijos»[4]. Me gusta pensar en la poca memoria de Dios que olvida el libro de mi vida. No lleva cuenta de mis aciertos, tampoco de mis errores. Se conmueve cuando me reconozco pequeño. No lo tiene todo consignado. Simplemente se arrodilla ante mi debilidad. Tengo que hacer como el sordo. Debo detenerme ante Él. Arrepentido. Cubierto de vergüenza. Pero convencido de que su misericordia es más poderosa que mis miedos, más fuerte que mis errores, más grande que mis torpezas.

Desconfío de las personas que me dicen que algo es verdad porque ellos lo han vivido o visto muchas veces o porque muchas personas se lo han dicho. Desconfío de esa verdad que se decide por el número de apoyos que tiene. La verdad no es cuestión de números, de cifras frías, de experiencias acumuladas. Me incomodan las personas que sacan teorías irrefutables a partir de su corta experiencia. Como queriendo asegurar la verdad por encima de todo. Para no vivir en la mentira. Aquellas que encasillan a los demás y quieren que tú te quedes en esa imagen que ellos te muestran. ¡Qué difícil es saber cuál es la verdad de las cosas! Torpemente nos acercamos a la vida. La juzgamos desde nuestra corta experiencia. Y sacamos conclusiones y teorías a veces de forma demasiado rápida. Sentamos cátedra, elaboramos teorías. Descalificamos otras opiniones porque no se parecen a la nuestra. Toda la verdad no cabe en una foto, ni en un hecho del pasado, ni en una decisión, ni en un error. Todo eso refleja sólo parte de nuestra verdad. De lo que somos. ¡Cuántas veces condenamos por un hecho del pasado! A nosotros mismos. A otros. A veces nos da miedo bucear en nuestra historia. Nos asusta lo que no conocemos. Nos da miedo la verdad que se esconde. Hay personas por su oficio acostumbradas a buscar la verdad de las personas. Pretenden saber más de lo que se ve. E interpretan los hechos a partir de una fría estadística. Sus conclusiones no siempre son acertadas. Nos encasillan en un lugar y nos limitan en una verdad. Tienen una imagen sobre nosotros. ¿Y si somos más que la facción en la que quieren retenernos? ¿Y si nuestra verdad nos hace más ricos y profundos? Somos más que un rasgo o un montón de rasgos de personalidad. Somos más que nuestra apariencia física. Más que nuestra historia y logros. Más que nuestros errores y éxitos. Eso nos tranquiliza y, a la vez, nos impone acercarnos así a los demás. Con un infinito respeto. Sin sacar rápidas conclusiones. Sin encasillar. Sin prejuzgar. Sin buscar teorías que nos dejen tranquilos.

Me gusta acercarme a las personas con respeto, descalzo, de rodillas. Pero creo que no siempre lo hago. A veces soy brusco y no respeto. Quiero saber más, imagino cosas. Encasillo a algunos en lo que son, en lo que hacen, en lo que muestran o dicen. Me alejo o me acerco al mirar su apariencia. Me quedo con su forma de mirar la vida y la juzgo. Me detengo sólo en sus decisiones correctas o incorrectas. Interpreto miradas y palabras. Me gusta más cómo Jesús se acerca al hombre. Me gusta su mirada sobre este hombre sordo. No se acerca desde el prejuicio por el puesto que ocupa. No condena al caído por su pecado. Tampoco por su carencia. A veces es como si la ausencia de una virtud nos definiera. Pero no es cierto. Nuestra herida, nuestro pecado, tal vez refleja algo que no tenemos. Pero no necesariamente nos define en lo que somos. No saber absolutamente todo de alguien no me impide acercarme a su verdad. Pretender saberlo todo tal vezme limita. Porque mis prejuicios son demasiado fuertes. Acercarme a alguien sin la barrera del nombre, del título, del puesto de trabajo, de su condición social, me abre al misterio que nunca lograré desentrañar del todo por muchos datos que conozca. Interpretar cómo es alguien buscando en su pasado, sólo me revelará parte de lo que es, pero nunca el todo. Siempre habrá algo nuevo que conocer de alguien. Siempre podré sorprenderme de nuevo. Aunque sepa todo su pasado y su presente. Aunque sepa interpretar sus gestos, y comprender sus decisiones. Siempre quedará un lugar oculto al que sólo Dios mira. Somos mucho más de lo que parecemos. Somos una historia todavía no escrita llena de decisiones y de sueños. Jesús se acerca y mira el corazón. Descubre mi sordera, mi ceguera, mi límite. Y ve más allá de mi carencia. Mira el corazón y se conmueve. Mira entre un amasijo de prejuicios sociales la verdad más bella. Supera la barrera de la enfermedad o de la condición social. Va a lo verdaderamente importante de cada uno. Allí donde todos somos iguales y totalmente distintos. Jesús no condena desde lejos, sin mirar, sin tocar. Ni tampoco admira en la distancia. Ama a cada uno, sin tener en cuenta su grupo, ni su pasado, ni sus caídas. Ama en persona, a la cara, en lo más hondo. Ama de forma única a cada uno, de forma distinta. Me gustaría mirar y amar así. Siempre. Una madre le decía a su hijo: «El Amor está en el centro de nuestra vida, nacemos de un acto de amor, vivimos para amar y ser amados, y morimos para conocer el verdadero amor de Dios. El objetivo de nuestra vida es amar y estar siempre dispuestos a aprender a amar a Dios y a los demás como sólo Dios puede enseñarnos. El amor te desgasta, pero es bonito morir gastados como una vela que se apaga cuando ha cumplido su misión. Cualquier cosa que hagas sólo tendrá sentido si la miras cara a la eternidad. Si amas de verdad, te darás cuenta de que nada te pertenece porque todo es un don. Lo que tienes es un regalo que Dios te hace para que tú puedas hacerlo fructificar. No te desanimes nunca, hijo mío, Dios nunca te quita nada, si toma algo, es solo porque quiere darte más». Me gustaría amar siempre así, desgastándome como una vela. Dejándome el alma a jirones por el camino. No quisiera detenerme en el juicio que me he formado sobre las personas. En esa foto que refleja sólo un momento, único y pasado. Quisiera llegar a lo más verdadero, a lo más hondo. No hacerme un juicio falso de la realidad fiándome de la apariencia. Amar al otro nos hace ir más allá de su carencia, de su miedo, de su torpeza. Es un milagro amar y mirar así, como ama Jesús. Con una mirada limpia que nos es dada por Dios. De otra forma es imposible. Amar con un amor que se me dé desde lo alto.

Jesús toca al sordo, lo ama y lo saca de su sordera: «Él, apartándole de la gente, a solas, le metió sus dedos en los oídos y con su saliva le tocó la lengua. Y, levantando los ojos al cielo, dio un gemido, y le dijo: -¡Effetá!, que quiere decir: - ¡Ábrete! Se abrieron sus oídos y, al instante, se soltó la atadura de su lengua y hablaba correctamente». Jesús nos saca de nuestros límites. Hace realidad lo que hoy hemos escuchado: «Decid a los de corazón intranquilo: - ¡Ánimo, no temáis! Él vendrá y os salvará. Entonces se despegarán los ojos de los ciegos, y las orejas de los sordos se abrirán. Entonces saltará el cojo como ciervo, y la lengua del mudo lanzará gritos de júbilo». Isaías. 35, 4-7. Nos libera. No tememos. Libera a los que tienen el corazón intranquilo y nos pide que tengamos ánimo. La sordera es ese mal que nos aísla. Nos hace incapaces de entrar en diálogo con los hombres y con Dios. La sordera a veces puede cambiar nuestro carácter. Nos puede hacer más agrios, más irascibles, menos sociables. Nos incapacita para el diálogo. Oír es fundamental para poder hablar. Escuchar al que nos habla para poder entrar en diálogo. La sordera es una enfermedad dura. Endurece el corazón. Muchas veces oímos bien, pero no sabemos escuchar. Entendemos lo que queremos. Nos quedamos en nuestra comprensión de la vida, de los hombres. La sordera es más profunda y difícil cuando no somos capaces de escuchar el corazón de los hombres. No escuchamos su verdad, nos quedamos en la apariencia. Hemos perdido ese oído que nos permite acercarnos a lo más verdadero del otro. Esa sordera también a veces no nos deja acercarnos a nuestra propia verdad. ¡Cuánta gente hay que no se ve como realmente son! No son capaces de apreciar su belleza. No escuchan. No entienden. En otras ocasiones no logran entender sus errores. Ven la culpa en los otros. Ellos nunca son responsables. Es curioso, cuando uno es sordo no ve la vida como es. Se queda detenido en sus miedos y en sus deseos, en sus heridas y en su historia personal. Me gustaría pedirle a Dios que me enseñara a escuchar bien. ¿Escucho bien? No lo sé. A veces pienso que oigo lo que quiero oír y me cierro a lo que no me gusta. ¡Qué difícil escuchar lo que los demás quieren decirnos, sin prejuicios, sin pretender tener ya la solución! Dios nos escucha así. No interviene. No actúa. No interpreta. Simplemente nos escucha aunque sepa lo equivocados que podemos estar. Nos respeta con un amor infinito.

Ese aprender a escuchar es un milagro, una curación. Sobre todo nos cuesta tanto escuchar a Dios. Escuchar su voluntad, descubrir lo que quiere de mí. Una persona comentaba: «Antes pensaba que Dios no necesitaba escucharte, porque, como sabe lo que necesitas, y te cuida y te guía, pues tampoco le aportas nada. Después pensé que era bueno explicarle las cosas pero que eso era bueno más por uno mismo que por Él, y que en ese sentido escuchaba de forma fría, o sin el interés del que descubre algo. Después descubrí también, que lo de menos era el contenido de lo que le contabas, que Él disfrutaba sólo con tu compañía, y que lo bueno era sentirse escuchado y amado en la oración. Rezar para no perder el compartir una rutina con Él, haciéndole partícipe de tu vida. Me siento en dialogo con el Señor cuando me descubre Él alguna cosa de mi vida que yo no he visto y hace que me conozca más. Ahora, a veces, ya no le cuento nada y estoy descubriendo el silencio que habla y entiende». Escuchar sin hablar. Que Jesús me escuche sin necesidad de contarle tantas cosas. El milagro de ese escuchar de corazón a corazón. ¿No es cierto que hay personas a las que no tengo que contarles nada para que sepan lo que me pasa? Sí, es así. Lo mismo con Dios. Pero también es bueno contar lo que hay en mi alma cuando sé que el otro me escucha con respeto, con admiración, con sorpresa, con cariño. Cuando sé que nada de lo que le cuente, por terrible que sea, va a cambiar su imagen sobre mí. No voy a lograr que se aleje de mi corazón por más pecados que le cuente. Así es Dios, así son algunas personas, sí, aquellas que me quieren de verdad, que me conocen en lo más profundo y se arrodillan admiradas cada día ante mi verdad. Aunque yo me sienta miserable, ellas ven una luz que yo no veo. Aunque me encuentre torpe, ellas saben hacerme reír con mis torpezas. Aunque yo no vea méritos en mí, ellas saben hacerme ver que el mundo que me rodea es mejor por la luz que sale de mi alma. Yo no lo veo. Ellas lo ven. Así es Dios. Siempre le agradeceré por esas personas que ha puesto en mi camino que saben amar de esa forma y me muestran pálidamente cuánto me ama Él. Me gustaría amar así, escuchar así, respetar así. Amar y escuchar están muy unidos. El que ama sabe escuchar. Uno escucha mejor cuando ama. Quiero aprender a escuchar mejor. Quiero aprender a amar más, con más profundidad, con todo el alma.

Hoy acabamos alegrándonos con los que vieron el milagro: «Y se maravillaban sobremanera y decían: - Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos». Marcos 7, 31-37. Sí, Dios lo hace siempre todo bien. Aunque no le comprenda tantas veces. Hace milagros que yo no veo. Me sana sin que yo comprenda. Mi vida es mucho mejor de lo que yo creo. Aunque no entienda sus planes, son los mejores. Aunque muchas cosas las hubiera hecho de otra manera, creo en el poder de su amor que todo lo transforma y veo que hace todas las cosas bien. Pero para eso tengo que tener los oídos abiertos para percibir su voz. El P. Kentenich repetía una máxima: «El oído en el corazón de Dios y la mano en el pulso del tiempo». ¡Cuántas veces tengo cerrado el oído! Cerrado el corazón. Cerradas las entrañas para aceptar lo que no me gusta. Cerrada el alma que no quiere nada nuevo. Cerrado en lo más profundo, incapacitado para escuchar su voz. Para saber lo que me pide. Para entender sus caminos. Decía el P. Kentenich que el fin de mi vida es «conformar mi propia voluntad de acuerdo a la voluntad de Dios»[5]. Y para eso tengo que estar muy abierto, tengo que tener muy buen oído. ¿Escucho a Dios? El ruido interior y el ruido exterior son fuertes. Hoy Jesús grita: ¡Effeta!, ¡Ábrete! Y mis oídos luchan por abrirse. Siempre que pronuncio estas palabras al bautizar a un niño pequeño, le digo a Dios que un día le abra los oídos para escuchar su palabra y hacerla vida. Es el mismo milagro que le pido para mi propia vida. Estoy cerrado tantas veces. Soy tan sordo. Quiero que me abra los oídos y el corazón para que sepa escuchar su voz, descubrir su voluntad oculta entre las sombras y proclamar su gloria. Es el sentido último de mi vida. Anunciar su misericordia. Recordarles a los hombres que Dios nos mira con ojos llenos de misericordia. Que se compadece de nosotros. Que lo hace todo bien aunque a veces nos parezca que tiene que mejorar. Que las cosas no son como nosotros quisiéramos. Le pido a Dios que abra mi alma para recibir la fuente de agua que brota de su amor. Quiero escuchar mejor. No quiero cerrarme en mi carne a sus deseos. Que se abra mi alma a su presencia. Que me haga más capaz de recibir toda su misericordia.



[1] Verónica Roth, Leal (Trilogía)

[2] Louis Zamperini, David Rensin, Don´t give up, don´t give in.

[3] José Antonio Pagola, Jesús, aproximación histórica

[4] J. Kentenich, Las fuentes de la alegría

[5] J. Kentenich, Hacia la cima