Deuteronomio 4, 32-34. 39-40; Romanos 8, 14-17; Mateo 28, 16-20

«Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo»

«María nos enseña a ser niños, para que quepamos en el corazón de Dios Trino. Aprendemos a mirar la vida con sus ojos. A alegrarnos de nuestra pequeñez. Dios se fija en los pequeños»

El otro día vi un video de una pareja que se va a casar. Los maquillan para que puedan imaginar su aspecto con cincuenta, con setenta y con ochenta años. Al mirarse y pensar en sus vidas a esas edades, la emoción los embarga. Se ven ya mayores y reconocen que se quieren como son, sin importarles la edad. Les conforta pensar el camino que habrán recorrido juntos. Están dispuestos a caminar juntos en la juventud y en la vejez. ¡Cuántas historias y cuánta fecundidad les esperan! El amor siempre es fecundo. Esperan decirse al final de sus días que se siguen amando y que el uno sin el otro no hubieran llegado a ser lo que son. A veces hoy nos importa demasiado el aspecto externo. Seguimos creyendo en la eterna juventud. No queremos perder capacidades ni envejecer. Queremos ser siempre jóvenes y eso no es real. Hay momentos en el camino de la vida en los que nos preguntaremos si esa es la vida que queremos seguir llevando hasta el final de nuestros días. Tal vez serán momentos de dudas en los que nos cuestionemos cómo hemos vivido y nos reafirmemos en nuestro camino. El Papa Francisco les decía a unos sacerdotes: «A los cuarenta es la edad en la que el sacerdote se pregunta si le bastan sus hijos espirituales o quiere tener hijos propios». ¡Cuántas personas se plantean hoy la pregunta sobre el sentido de su vida! Miran hacia atrás y hacia delante. Hacia atrás con nostalgia, alegría o tristeza. Contentos o tristes por el camino recorrido. Y hacia delante, con el temor de lo que viene. Con miedo o esperanza. El amor verdadero no se detiene en esos momentos. Sigue adelante. Es la fidelidad del que sabe que el amor es para siempre y ha de madurar en las pruebas del camino. El amor que no ha madurado tiembla, se tambalea, se detiene. Estamos llamados a amar la belleza del alma, la belleza de la vida. El amor madura con los años. Queremos mirar más allá de la apariencia en la verdad escondida en el alma. Esa verdad que no se arruga ni pierde fuerza, aunque sí madure y sufra con el tiempo. ¡Cuántas veces no amamos nuestra vida como es! ¡Cuántas veces no estamos tan contentos con nuestra historia! Y de esos sentimientos se derivan consecuencias. Baja autoestima, frustración, dificultad para profundizar nuestras relaciones, miedos infundados a vivir. Sí, la falta de aceptación de lo que tenemos nos encadena. Y todo porque a veces nos quedamos en la belleza externa de las cosas y las personas. En otro video mostraban esta tendencia que tenemos. Si nos ponemos frente al espejo, muchos de nosotros dejamos que nuestros defectos, acentuados por el cerebro, hagan desaparecer todo aquello bueno que tenemos. Un paciente le respondía a su sicólogo: « ¿Qué cosas no le gustan de su imagen corporal? Ninguna. Especialmente odio mis pies»[1]. Nos pasa lo mismo con las personas a las que queremos. Con el desgaste de la vida en común podemos ver más sus defectos y no apreciamos sus virtudes. En el video varias personas opinan sobre su aspecto exterior. Uno decía: «No soy feliz, tengo un cuerpo que no me gusta». El exterior nos condiciona tanto que podemos quedarnos en la imagen. En lo más caduco de nuestra vida. Mirar al fondo del hombre, mirar al fondo de nuestra alma, lo cambia todo. Crecer cavando hondo. Sin miedo a tocar la fragilidad y la debilidad con la que convivimos. Somos caducos. Pero lo verdadero en nosotros es eterno.

La semana pasada imploramos la llegada del Espíritu Santo a nuestras vidas. Es el Espíritu que nos cambia el corazón y la forma de mirar. El Espíritu Santo nos hace más flexibles. Ensancha el alma para capacitarnos para el amor. Felipe Neri cuenta esa experiencia profunda de Dios en su vida. En Pentecostés de 1544 vio venir del cielo un globo de fuego que penetró en su boca y se dilató en su pecho. El santo se sintió poseído por un amor de Dios enorme. Cuando recuperó plenamente la conciencia, descubrió que su pecho estaba hinchado. A partir de entonces, Felipe experimentaba tales accesos de amor de Dios, que todo su cuerpo se estremecía. Especialmente cuando celebraba misa, confesaba o predicaba. Tras su muerte se descubrió que tenía dos costillas rotas que se habían arqueado para dejar más sitio al corazón. El Espíritu cambió su alma, su corazón, su vida. Le enseñó a amar a Dios y a los hombres. Quisiéramos nosotros que el Espíritu viniera de una forma semejante. No pedimos que nos rompa las costillas para que nos quepa un corazón más grande. Pero sí queremos aprender a amar de verdad. Decía el P. Kentenich: «Existen millones de hombres que no han aprendido amar de corazón a otra persona. Dicen, amamos a Dios, pero no es cierto. ¿A quién han amado? A una idea. Esto es una tragedia. Tenemos que aprender a amar a los hombres. No amo a una persona concreta, sino que, en esa persona amo a Dios»[2]. Amar a los hombres en Dios. Amar a Dios en los hombres. Amarlos con el amor que Dios me regala. Se lo pedimos al Espíritu Santo. Que penetre nuestra vida y nos cambie la forma de amar, de entregarnos. Un corazón capaz de vincularse de verdad, desde las mismas entrañas. ¿Cómo amo yo? ¿Cómo es la calidez de mi amor a los hombres y a Dios? Me gustaría tener un corazón grande, misericordioso. Una persona rezaba: «Soy un niño torpe y egoísta. Pero es verdad que tiemblo a tu lado, Jesús. ¡Cuídame! Cuida mi vida para que sea fecunda en tus manos. Sabes que sueño cosas grandes. Gracias por tu Espíritu que me invade. Que me enamora. Quiero tocar las estrellas torpemente. Gracias por quererme tanto. Yo no soy héroe. Estoy tan lejos. Sueño con mi vida en tus manos. Con mi vida que es tan pequeña. Quiero tocar el infinito. Acariciar tu rostro. Amanecer mil días. Descifrar lo oculto entre las sombras. Anochecer despacio. Sonreír en la tormenta. Levantar los brazos orando. Sentir el frío en mi alma. Y convertir en calor la nieve. Vestirme cuando voy desnudo. Sentir todo lo que siento. Apasionarme y sufrir. Alegrarme con gritos de júbilo. Tocar y mirar. Llorar con dolor y de alegría. Conmovido por la vida que me vive. Anunciar el fuego que enciende el alma. Mantenerlo encendido. Aprender a hablar con pocas palabras. Sonreír a cada rato. Velar con el que sufre. Reír con el que ríe. Lograr metas. Aceptar fracasos. Vivir cada día como el último. Adorarte Jesús en cada hora. Hundirme en el pozo de mi alma. Sacar agua. Tocar la hondura. Reír y llorar. Saber que no todo importa. Que sólo importa lo que de verdad importa. Temblar y dudar. No tenerlo todo claro. Tampoco todas las respuestas. Sólo algunas. Esconderme en tu herida. Aprender a caminar de nuevo. Guardar silencio cada día. Hablar de cosas bonitas. Saber sufrir y compartir la vida. Hollar caminos ya hollados. Caminar por sendas nuevas. Confiar. Aún cuando nadie confíe. Alegrarme con la vida que Dios me da. Saber tirar del alma de los hombres. Lentamente. Con prudencia». Me gusta esa oración. Esa súplica del alma. Así queremos vivir en la fuerza del Espíritu. Con su fuego puede cambiar nuestra mirada y nuestra forma de amar. Puede enamorarnos más de la vida y puede hacernos soñar más alto.

¡Cuánto egoísmo hay hoy en nuestro mundo! El yo se convierte en la única referencia en el camino. Todo tiene que girar en torno a mí. Conjugamos todo en primera persona. «Yo, mí, me, conmigo». El egoísmo no me deja mirar a Dios. No pienso en los que amo, sólo pienso en mí, en lo que yo quiero, en lo que yo necesito para ser feliz. No me doy al otro, porque sólo espero recibir. O quiero que me dejen tranquilo, para hacer mi vida y que no me molesten. Y pienso que los demás son los egoístas cuando quieren que yo haga lo que no quiero hacer. Que los demás no respetan mi libertad y me atan. No entiendo que eso que quieren que haga es aquello a lo que un día me comprometí por amor. Sí. Me sorprende la inmadurez en personas que por su edad ya tenían que ser maduras, pero que no son capaces de ver la vida con la mirada del otro. Miran desde su egoísmo y orgullo. Desde su insatisfacción, muchas veces desde su rencor con la vida que han tenido hasta ahora. Desean vivir la vida no vivida. Decía el P. Kentenich: «El amor verdadero gira siempre en torno al tú, está interesado en el bien del tú. No gira primaria y continuamente en torno al propio yo. No busca la autosatisfacción. Busca el beneficio, el desarrollo del tú a quien se entrega, trátese de Dios o del prójimo»[3]. Ese amor verdadero es el que necesitamos para vivir de verdad. Cuando no amamos así es porque no hemos madurado en el camino de la vida. El corazón no se ha hecho más grande para amar con el paso de los años. Puede que el pelo se haya encanecido, pero el alma permanece como la de un adolescente. No vivimos entonces descentrados sino centrados en nosotros mismos. En nuestros proyectos y deseos. Decía el Papa Francisco: «Detrás de la tentación del cansancio de salir a la misión, se esconde el egoísmo. Y se esconde, en última instancia, el espíritu mundano, volver a la comodidad, al estar bien, a pasarlo bien». El egoísmo de la comodidad. ¿Cómo organizo mi vida? ¿Qué cosas gratuitas hago por los demás? ¿Me doy con sencillez o busco hacer siempre lo que yo quiero? ¿Me adapto a los planes de aquellos a los que quiero o antepongo siempre mis deseos? Hoy Jesús nos invita a salir de nosotros mismos, a descentrarnos, a ponernos en camino. Nos pide que no miremos tanto nuestro interés. Nos llama a buscar lo que los otros necesitan. La misión nos espera: «Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado». El egoísmo y la comodidad nos limitan, nos atan y nos hacen inútiles para la misión. Nos impiden dejar todo lo que nos ata y salir. Necesitamos una Iglesia en salida. Una Iglesia que no se acomode esperando a que vengan a ella sino que salga a anunciar el Evangelio. La misión es salir. El Espíritu Santo nos invita a ponernos en camino. A dejar mi amor egoísta y transformarlo en un amor que se entrega sin límites, como el de Jesús. Vivir así es vivir en misión. Y la misión más importante que tenemos es aprender a amar bien. Por el amor nos conocerán. Ni siquiera por nuestras grandes obras, ni por nuestras palabras que el viento se lleva. Lo que quedará al final de nuestra vida es el amor. Es lo que no pasa, lo que no muere. El cómo hemos vivido, más que lo que hemos vivido. Podemos vivir idénticas circunstancias de vida, pero lo que marca la diferencia es cómo las vivimos. Amando de verdad, con todo el alma o encerrándonos en nuestro egoísmo. Parece sencillo y no lo es en el fondo. Amar de verdad, con todo nuestro ser, renunciando, es un camino para toda la vida. ¿A qué somos capaces de renunciar por amor? ¿Qué posponemos en nuestras prioridades para que se haga realidad lo que otros desean? ¿Cómo dejo de lado mi orgullo para aceptar al otro en sus planes, en sus deseos? La renuncia por amor siempre es fecunda. Esa renuncia por la cual Jesús me promete el ciento por uno ya aquí en la tierra.

Miramos hoy a María en esta última semana de su mes. María nos lleva al corazón de Dios. María nos enseña a amar a Dios. Nos enseña a amar de verdad. María es la gran educadora del corazón. ¡Cuánta falta nos hace educar bien el corazón! Ella nos ama con un corazón puro. Decía el P. Kentenich: «El amor de María es desinteresado y puro y no se deja turbar por la ingratitud. Esperamos que Ella nos transforme en Cristo. Y así nos utilice como instrumentos»[4]. Un amor que nos educa, nos cambia, y nos une profundamente a Dios. Nos enseña amar con madurez, sin egoísmo. Decía el P. Kentenich: «Ella es el constante, el personificado movimiento hacia Cristo. Llamamos a María algunas veces en este sentido el remolino de Cristo, una catarata de Cristo. Quien llega hasta María es arrastrado por Ella como por un remolino que impulsa hacia Cristo y hacia la Santísima Trinidad. No puede escaparse de ese remolino. Si yo caigo en un remolino soy arrastrado con fuerza por este»[5]. Sellar una alianza de amor con María nos hace dóciles instrumentos en las manos de Dios. Más aún, nos conduce al corazón del Cristo, al corazón del Padre. Es el remolino que nos lleva al corazón de la Trinidad. María es hija del Dios Trino, vive en el Dios Trino y nos lleva continuamente allí. Amar a María es aprender a amar a Dios. A veces algunas personas ven un obstáculo en María para amar a Dios. No es tal obstáculo. Amar cálidamente a María es amar a Dios. Es el camino directo al corazón de Dios. Amar a la Trinidad lo conseguimos en el corazón de María. En ese corazón en el que el Verbo se hizo carne. Allí María aprendió a amar como hija, como niña dócil. Allí Ella aprendió a nadar en la misericordia de Dios. Aprendió a vivir en Dios cada día de su vida. Al sumergirnos en el amor de María, nos adentramos en el corazón de Dios. Aprendemos a mirar la vida con los ojos de María. Aprendemos a alegrarnos de nuestra pequeñez, porque Dios se fija en la pequeñez de su hijo. María nos enseña a ser niños, para que quepamos en el corazón de Dios Trino. Con su ternura nos cambia, y nos enseña a mirar con ternura a otros. Decía el Papa Francisco: «Que no nos roben la mirada de María, que es mirada de ternura y mirada que nos fortalece desde dentro. Que esa mirada me ayude a mirar mejor a los demás, a encontrarme con Jesús, a trabajar para ser más hermano, más solidario»[6]. María con su ternura nos enseña a amar desde el corazón de Dios. Nos ayuda a mirar mejor, como Ella, como Dios nos mira. Renovamos nuestro sí a María. Nuestro sí al querer de Dios en nuestra vida. El amor se renueva cada día, cada mañana, cada noche. El amor se renueva en la prueba, en los momentos de dolor. María nos enseña a amar con un corazón más grande, más libre, más puro. Le pedimos a Ella en el último día de su mes, que nos enseñe a dejarnos hacer de nuevo en sus manos de Madre. Que sea nuestro remolino que nos adentre en lo más hondo de Dios.

Le hemos pedido al Espíritu Santo también en estos días que nos haga más libres, menos rígidos, más abiertos a la vida. Y todo porque la vida es flexible. No es rígida, es abierta. Pero a veces nos gustan mucho más los cauces y las estructuras. Porque nos dan seguridad y nos permiten saber a qué atenernos en cada paso. Nos gusta formular y establecer, sacar teorías, poner límites. Dejar por escrito los sueños, para que no se mueran, para que no pierdan la fuerza que tienen. Lo justificamos así todo. Queremos tenerlo todo controlado, atado y bien atado. Aunque luego la estructura puede matar la vida. O puede evitar que crezca. Esa iglesia de Pentecostés, esa Iglesia en salida de la que nos habla el Papa Francisco, tenía poca estructura y mucha vida. A veces nos puede asustar que haya pocas normas, pocos papeles claros, pocas certezas claramente determinadas. Los cauces ponen límites y nos permiten saber a qué atenernos en cada caso. Nos permiten juzgar la realidad y adaptarla al plan trazado. Pero luego no todo es tan fácil. Pasa como en las familias. La vida en familia suele tener mucha vida y pocas formas. Y si tiene muchas normas, demasiadas, pierde el aroma del hogar. En el que la magnanimidad, el alma grande y su generosidad, son la norma fundamental. El P. Kentenich utilizaba una expresión que guardamos como un tesoro: «Vínculos obligatorios, sólo los necesarios. Libertad, toda la que sea posible y un máximo cultivo del espíritu». Normas sí, pero mínimas, sólo las necesarias. Pero hay que tener algunas fundamentales que nos centren. Aquellas que nos hacen falta para que no se muera la vida, para que no se pierda, para que no se desparrame. ¿Cuántas? ¿En qué casos? A veces las personas ven la religión como un conjunto de normas, no como una vida, como un encuentro personal con Dios. ¡Qué difícil vivir así la vida! Por eso no podemos tener demasiadas normas y límites, porque existe el riesgo de que la vida muera al sentirse ahogada por tanta estructura. Luego dice el P. Kentenich: Libertad la máxima posible. Esa libertad que es compromiso, que es opción. Y acaba invitándonos a algo central: Máximo cultivo del espíritu. Dios es el que despierta la vida y la mantiene despierta. Nos hace falta más oración y menos palabras. Más libertad y respeto. Menos miedo y deseo de controlarlo todo. Más alegría y menos seriedad. Más silencio y menos palabras. Más apertura a lo nuevo, a lo de los otros y menos obsesión por defender lo propio. Nos hace falta la flexibilidad del Espíritu. Hay que conocer lo que los otros necesitan. Antes de proponerles lo que tenemos. Más humildad para aceptar las contrariedades, los fracasos. Menos orgullo, para saber ceder cuando sea necesario. Más libertad para poder optar siempre de nuevo. Libertad, toda la que sea posible. ¿Cuánta libertad es posible para que la vida funcione? Buscamos límites. Olvidamos el amor que nos hace más hondos. Y la verdad que nos lleva a darnos más, desde lo que somos.

En realidad todo parece consistir en escuchar la voz de Dios. En descubrir su paso firme por nuestra vida. Nos lo recuerda hoy Moisés: « ¿Hay algún pueblo que haya oído, como tú has oído, la voz del Dios vivo, hablando desde el fuego, y haya sobrevivido? Reconoce hoy y medita en tu corazón, que el Señor es el único Dios. Guarda los preceptos y mandamientos que yo te prescribo hoy, para que seas feliz». Deuteronomio 4, 32-34. 39-40. El Dios de Israel, el Dios de nuestros padres. Dios nos habla. ¿Por qué tememos tanto el futuro? Nos da mucho miedo no saber, no comprender, no escuchar. Queremos tener certezas y claridad. Queremos el amor de Dios y no sabemos amar con su amor. Somos inconstantes. Nos angustian los cambios de gobiernos, la inseguridad de esta vida tan frágil, los cambios climatológicos, las enfermedades descontroladas, la violencia, el mal en el mundo. Nos pone nerviosos perder lo que nos da seguridad en la vida. El otro día escuché una descripción de un estado del alma en el que algunas personas caen en nuestros días: «El estado de ánimo está disminuido, con apatía, dificultad para disfrutar, falta de energía, cansancio, sentimientos de vacío, negativos, de culpa y de incapacidad, desesperanza, falta de motivación, pérdida de sentido, muy sensible a la valoración externa y con ganas de morirse»[7]. Tal vez nos parezca excesiva la descripción. Pero, ¿no es cierto que hay personas a nuestro alrededor que viven en este estado? O al menos con algunos de los rasgos descritos. Vacío, cansancio, pérdida de sentido, dependientes de la valoración externa. ¡Cuánta inmadurez a la hora de enfrentar los problemas y dificultades! El P. Kentenich decía: «En lugar de la ansiada plenitud del alma, cada vez se muestra y crece más y más la conciencia y el sentimiento de vacío interior. Ambos conducen con fuerza elemental hacia la fuga de sí mismo en el remolino de la vida, del trabajo y del placer»[8]. No logramos la plenitud. Y huimos de nosotros mismos experimentando el vacío interior. Nos olvidamos del Dios que nos ama. Somos poco constantes. «Observamos cumbres y valles, ¡qué lejos estamos de amar con constancia y estabilidad!»[9]. No tenemos estabilidad. Somos irregulares, imprevisibles. Es necesario que nos dejemos hacer por el Espíritu. Dios quiere que nos dejemos transformar. El otro día leía: «Dios impulsa a los hombres a que se vuelvan al fondo de su alma, a que reconozcan su impotencia y debilidades y se abandonen completamente en el Espíritu Santo. Cuando se abandona todo lo que puede ser impedimento de la acción de Dios entonces puede Él nacer en el fondo del alma»[10]. Vacíos de nosotros para llenarnos del Dios Trino. Es la experiencia del pobre de Dios. De aquel que se ha vaciado de su orgullo y pretensiones y se ha llenado de la presencia de Dios.

Hoy el Señor nos invita a salir y a confiar. Él estará con nosotros todos los días de nuestra vida: «Y sabed que Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo». Mateo 28, 16-20. Me invita a ponerme en camino, a seguir sus pasos, a ir de su mano. Y yo, ¿me detengo para preguntarle qué quiere de mí? ¿Cuento con Él en mi vida para hacer sus planes? A veces a Dios le dejamos fuera de nuestras decisiones, del camino que recorremos. Yo quiero que en las encrucijadas de mi vida esté Él. Porque sé que su voz es la voz de mi vida. Quiero que me acompañe. Quiero seguir sus pasos adonde vaya. Hoy los apóstoles ven a Jesús: «Al verlo, ellos se postraron, pero algunos vacilaban». Yo a veces lo veo, reconozco su voz, y su mano, en medio de mi vida, y me postro, me entrego. Pero otras veces vacilo y dudo. Me quedo en pie. No sé si es Él o me lo invento. No sé si es Él y qué es lo que quiere. No lo veo aunque me ha prometido que estará conmigo. Y sigo caminando. Nuestra vida es así, caminamos buscando a Dios y encontrándolo. Llamándolo y escuchando sus silencios. A veces no descifro ese silencio. Huyo y vuelvo a Él. Él me espera y sale a mi encuentro. Todos tenemos nuestra historia de amor con Dios. Dios, siempre está cerca, cuando dudo y cuando creo, cuando me cierro y cuando caigo. Cuando arde mi corazón y cuando está seco y duro. Dios es mi pozo, mi fuente, mi río, mi mar. Pero también es mi desierto y mi soledad. Sus caricias son ausencias, y sus abrazos soledades. Él llena mi vacío, ese que nadie puede llenar. Su mirada sana mi corazón roto. Me sostiene, me levanta. Su corazón roto me ayuda a creer en ese amor imposible que sí es posible al final. ¿Quién es para mí Dios? ¿Quién ha sido en mi vida? ¿Dónde está en mi vida de forma especial? Todos tenemos personas en nuestra vida que nos acercan a Dios. A veces algunas nos alejan. A unos Dios les toca el corazón más en los momentos alegres, o en las cruces, en la soledad, en la música, en la naturaleza, en alguien amado, en algún recuerdo, o en alguna imagen. Ojalá descubramos qué lenguaje usa Dios conmigo, ese lenguaje personal que no habla con nadie más. Para eso es necesario detenernos, y mirar nuestra vida en profundidad. En lo más hondo, está Dios. Está el Padre que nos ama con locura, el Hijo que nos da su vida, el Espíritu que nos enciende. Ojalá hoy al rezar el credo, yo pueda decir, unido a la Iglesia, mi propio credo: «Creo en el Padre que me creó y me sostiene. Ese Padre bueno que me llama por mi nombre, que tiene mi destino en sus manos. Creo que me llamó a la vida con infinito amor, que pensó en mí desde la eternidad. En ese Dios que quiere mi felicidad, el ciento por uno en la tierra y mi vida eterna. Ese Dios que me acepta en mis fracasos y límites, en mi pecado que me ensucia. Ese Dios que es misericordia y amor infinito. Creo en ese Padre que sale a buscarme al camino y me viste los mejores trajes. Creo en Jesús que llega cada día para caminar a mi lado, que me enseña a amar como Él me ha amado. En ese Jesús hombre que vivió muriendo y murió dándome su vida. En ese amor humano que hace posible lo imposible. En esa mirada suya que ha cambiado la mía. Creo en su amor tan hondo que me llena de vida y en su abrazo calmado que sosiega mis pasos. Creo que murió por mí y se hizo hombre limitado por mí, hombre impotente, pobre, como yo. Creo en ese Jesús que sale a mi encuentro cada día en cada eucaristía. Creo en el Espíritu que ilumina mis pasos y me da fuerzas en el camino. En ese fuego que me enamora cada día. Que me hace hablar en el lenguaje de los hombres y me hace comprender las palabras calladas de Dios. Ese Espíritu que me hace hijo dócil, abierto, niño. Sí. Creo. Creo en Dios. Creo que soy hombre necesitado de Él. Creo que sin Dios en mi alma no podré caminar un solo paso». ¿Cuál es mi credo? ¿Cuál ese Dios Trino, Dios hecho historia, en el que creo? Dios se hace historia en mi historia. Se desvela en su misterio al recorrer mis pasos. Creo en Él porque lo he tocado al intentar caminar cada día. Creo porque su presencia cambia mi vida. ¿En qué Dios creo? ¿Quién es para mí Dios? ¿Quién ha sido en mi vida? ¿Cómo es mi fe? ¿Dios es una idea o alguien real en mi vida? Es el Dios que ha puesto en mi alma un don único, que nadie tiene, un don que me hace diferente, que me ayuda a creer que puedo ser útil y dar la vida. Él se hace escalón para levantarme cuando me he caído. Se hace hombre para sentir como yo y para susurrarme al oído que conoce mi nostalgia. Que conoce mi miedo y mi inquietud. Que conoce mis sueños de niño. Que le gustan mis amores. Que me comprende. Es mi Dios, que se descalza y se desnuda, y se despoja por mí cada día. Que se hace niño, que se hace pan, que se hace sangre, que se deja crucificar, que se mete hasta el fondo de mi roca herida. Sin Él mi vida no tendría sentido, y con Él todo cambia.

¿Ha cambiado mi vida Dios? ¿Veo en mi vida su mano, sus huellas más fuertes que las mías? Comentaba el P. Kentenich: «Ahora bien, fíjense que en esa constancia del amor, en esa firmeza soberana del amor, el Dios vivo es el imán. Estamos tan magnetizados que somos atraídos continuamente. Por supuesto existen otros objetos que también nos atraerán, pero el Dios vivo nos colmará tanto de su presencia que estaremos junto a Él también cuando nuestra atención esté ocupada en otras cosas»[11]. ¿Es Dios un imán, o un deber ser? Dios quiere adentrarme en su amor misericordioso. En cada desamor de mi vida está Él diciéndome que me quiere. Me ayuda a ver el cielo en la tierra. Me ayuda a atarme a la tierra. Es Él, sólo Él, el que me conoce del todo, y me quiere así, sin condiciones. Le gusto así. Me quiere con locura así. Es verdad, la Trinidad es un misterio. En el cielo lo entenderemos. Poco importa. Porque la verdad es que tampoco comprendo cómo Dios puede amarme tanto alejándome yo tanto. Él sólo da y eso me cuesta entenderlo. Acepta que lo encasille, que lo meta en etiquetas de Dios juez, de Dios que lleva las cuentas. No entiendo que no recuerde mis caídas. No comprendo su paciencia infinita o que aguarde a la puerta de mi alma, llamando, esperando a que le deje pasar para cenar conmigo. Soy hombre, comprendo pocas cosas. Camino sin saber tantas veces qué tengo que hacer. Sin certezas y con dudas. No entiendo los misterios, no los descifro. Pero Él se empeña en atraerme como un imán. No quiere que me aleje. Quiere que vaya a su lado y hable de ese amor que no comprendo, de ese fuego que no sé describir, de esa presencia que no cabe en palabras, de esa cercanía que para tantos es distancia. Quiere que diga que es una roca, cuando no comprendo su presencia inmutable, su compañía eterna. Él se hace horizonte cuando mi vida es pequeña y quiere que hable de ese horizonte que desborda mi mirada. ¡Cuántas veces pretendo comprenderlo todo! Quiero tener todas las respuestas. No admito interrogantes incómodos. Me pongo a mí mismo en el lugar de Dios. Y creo torpemente que lo controlo todo. De nuevo hoy, vuelvo a decirle que soy su hijo, que confío ciegamente en Él. Quiero que lleve hoy mi barca. Eso es creer. Creer es abandonarse en sus manos. Amar. Entregarnos. Creer es querer caminar con Él. Aunque no sepa dónde me lleva, confiando en que será el mejor puerto. Dios siempre me sorprende. Una vez leí que la fe es la certeza temblorosa del amor. Amamos a Dios y sobre todo, nos dejamos amar por Él, alcanzar por Él. El Papa Francisco nos dice que nuestra misión es «vivir de tal manera que otros tengan ganas de vivir como nosotros». Esto sólo es posible amando de verdad. Anunciando a un Dios Trino que se hace historia en mi historia. Anunciando su amor sin comprenderlo y su fidelidad sin entenderla. El misterio de su amor enciende el alma y me permite seguir caminando y acariciando sus huellas en la playa.



[1] Carlos Chiclana, Atrapados por el sexo

[2] J. Kentenich, Análisis de nuestro tiempo

[3] J. Kentenich, Vivir de la fe, Tomo VIII

[4] J. Kentenich, Madre y educadora, 1954

[5] J. Kentenich, 1952

[6] P. Alexandre Awi Melo, Ella es mi madre, Encuentro del Papa Francisco con María, 72

[7] Carlos Chiclana, Atrapados por el sexo

[8] J. Kentenich, Análisis de nuestro tiempo

[9] J. Kentenich, Hacia la cima

[10] Anselm Grün, La mita