“Ya no era suficiente para mí con ir a Misa los domingos... me sentía como vacío con la vida que llevaba…  como si Dios me llamara… y comencé a amar un poco a Dios, pero no por lo que recibía de Él, sino un poco desinteresadamente, pero junto con esto convivía en mí el pensar lo bien que se estaba cuando era un “semicristiano”, con ser buena persona, ir a Misa y ya está…”

Estas palabras reflejan un poco el estado en el que se encuentra una persona que comienza a “estar” en la Segunda Etapa.

Pero no es porque haya tenido una visión o presenciado un milagro por lo que el de la Segunda Etapa comenzará a estar en ella. Es que en una simple conversación, en una lectura espiritual, en una meditación, o por una desgracia, enfermedad…, ha sentido como un timbrazo el llamamiento de Dios. Es lo que Santa Teresa llama “silbos de Dios”, una especie de llamada de Dios en su conciencia.   

En esta etapa uno se debate entre el sí y el no (pero más sí que no) de convertirse de una vez, y se sufre con gran intensidad la llamada “fascinación del mal”. Es esta una estratagema del diablo consistente en embellecer los recuerdos malos, en hacer que el vicio (que tanto le asqueó), las amistades (que tan falsas se le mostraron), la vida (tan necia) que antes llevaba, etc., con el tiempo aparezcan tan favorecidos que de nuevo nos fascinen y nos seduzcan. Entonces se tiene una lucha tremenda porque de una parte la razón le recuerda el engaño y la vaciedad de la vida que llevaba… y de otra su imaginación y sus instintos, ayudados por el diablo, la inclinan al mal y a la tentación de abandonar.

El que está en esta etapa comprende la importancia de no quedarse aquí, ni de abandonar, pero no se determina aún a dejar de hacer esas cosas que le retienen. De ahí la importancia de que vaya dejando las amistades, ambientes, costumbres que le enfrían e irse creando las que le favorezcan.    

Aunque los pecados graves van siendo raros le cuesta horrores dejar las ocasiones peligrosas.

Y como ya tiene en su haber muchos "méritos" (por lo menos él lo cree así) ante Dios, y se halla a gusto con sus oraciones, trato con Dios, obras..., viene la prueba decisiva: Dios se le retira, y lo abandona a la “sequedad”. Entonces comienzan a “pesarle” las prácticas y obligaciones espirituales que se le hacen incluso muy costosas; las lecturas que antes le gustaban ahora le fastidian, y todo comienza a parecerle árido. Se queja y desanima por esta “sequedad” que interpreta como algo que no le debe suceder y como signo de que está mal espiritualmente. Sólo cuando la haya superado (y esta prueba puede durar años) estará listo para pasar a la Tercera Etapa.

Finalmente en esta etapa se ha de tomar la “Decisión”. Es decir, la decisión por antonomasia que lo coloca en, digamos, un proceso irreversible de ser cristiano de verdad (aunque después la incumpla a menudo). Es la decisión de nunca dejar a Dios (el camino de las Etapas), aunque se cometan pecados.

En resumen, en la Segunda Etapa:


Los Tres Mosqueteros

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