‘Si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros’

(Romanos 8:11)

 ¿Qué es resucitar?

La muerte es la separación del alma y el cuerpo; el cuerpo del hombre cae en la corrupción, mientras que su alma va al encuentro con Dios, en espera de reunirse con su cuerpo glorificado. Dios, en su omnipotencia, dará definitivamente a nuestros cuerpos la vida incorruptible uniéndolos a nuestras almas, por la virtud de la Resurrección de Jesús (Catecismo Católico #997).

¿Quién resucitará?

Todos los hombres que han muerto: ‘los que hayan hecho el bien resucitarán para la vida, y los que hayan hecho el mal, para la condenación’ (Juan 5:29 – Catecismo Católico #998).

Es decir, todos resucitaremos, salvados o condenados. Unos para una resurrección de gloria y de felicidad eternas, otros para una resurrección de condenación e infelicidad eternas. Esta diferenciación de resultados la había anunciado ya el profeta Daniel: ‘Muchos de los que duermen en el polvo de la tierra se despertarán, unos para la vida eterna, otros para el oprobio, para el horror eterno’ (Daniel 12:2).

¿Cómo y cuando resucitaremos?

El ‘cómo’, según el numeral 1000 del Catecismo Católico, ‘sobrepasa nuestra imaginación y nuestro entendimiento; no es accesible mas que en la fe’.

Cristo resucitó con su propio cuerpo: ‘Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo’ (Lucas 24:39). Pero Jesús no había vuelto a una vida terrenal. Del mismo modo, en Él resucitaremos todos con nuestro propio cuerpo, el que tenemos ahora, pero este cuerpo será ‘un cuerpo glorioso como el suyo, en virtud del poder que tiene de someter a sí todas las cosas’ (Filipenses 3:21). O sea, resucitaremos en un cuerpo espiritual, ‘pues si hay un cuerpo natural, hay también un cuerpo espiritual’ (1ª. Corintios 15:44 – Catecismo Católico #999).

La resurrección tendrá lugar en un instante: ‘¡Mirad! Os revelo un misterio: no moriremos todos, mas todos seremos transformados. En un instante, en un pestañear de ojos, al toque de la trompeta final, pues sonará la trompeta, los muertos resucitarán incorruptibles y nosotros seremos transformados’ (1ª. Corintios 15:51-52).

Este dogma central de nuestra fe cristiana no sólo nos lo recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica, del cual se han tomado las anteriores citas textuales, sino que la esperanza de nuestra resurrección y futura inmortalidad se encuentran en textos bíblicos, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento.

El ‘cuándo’ será sin duda alguna en el ‘último día’. La alusión de Jesús a la Eucaristía es totalmente clara en este aspecto: ‘El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día’ (Juan 6:54). Además de la relación de la Eucaristía con la resurrección, ésta está también íntimamente ligada a la Parusía o Segunda Venida de Cristo: ‘El Señor mismo, a la orden dada por la voz de un arcángel y por la trompeta de Dios, bajará del cielo, y los que murieron en Cristo, resucitarán en primer lugar. Después nosotros, los que vivamos, los que quedemos, seremos arrebatados en nubes, junto con ellos, al encuentro del Señor en los aires. Y así estaremos siempre con el Señor’ (1ª. Tesalonicenses 4:16-17).

San Pablo nos habla de los que han muerto y han sido salvados, asís como de los que aún vivan en el momento de la Parusía. Pero es San Juan quien completa lo que sucederá con los que no han muerto en Cristo: ‘No os extrañéis de esto: llega la hora en que todos los que estén en los sepulcros oirán Su voz y saldrán los que hayan hecho el bien para una resurrección de vida, y los que hayan hecho el mal, para una resurrección de juicio’ (Juan 5:28-29).

¿Cómo seremos al resucitar?

Al morir, nuestra alma se separa del cuerpo y pasa a la vida eterna: al Purgatorio, para después pasar al Cielo, o al Cielo directamente, o a la condenación eterna en el Infierno. Y el cuerpo, que es material, queda en la tierra, bien descomponiéndose o bien hecho cenizas si ha sido cremado, o bien volatizado, e inclusive puede que haya sido devorado por algún animal.

Pero al resucitar veremos que nuestros cuerpos resucitados serán nuestros mismos cuerpos, pero en un nuevo estado: inmortales y sin defectos. Ya no se corromperán ni se enfermarán; no envejecerán ni sufrirán nunca más. Además recuperaremos todos los miembros que en vida hayamos perdido de nuestro cuerpo, y quedará reunidos todos los elementos dispersos de nuestra naturaleza humana. Si Dios pudo crear todo de la nada, por supuesto que podrá reunir todos los elementos que formaban parte de nuestro cuerpo terrenal para resucitarnos a una nueva vida.

Ahora bien, esa nueva vida de gloria será para los que se hayan salvado, porque los condenados resucitarán también, pero a una vida eterna de tormento en el Infierno, atormentados continuamente por el fuego, pero un fuego distinto al que conocemos en la tierra, pues afectará tanto al cuerpo como al alma, sin destruirlos. Es un fuego que ni extingue ni se extingue, sino que es eterno, sin descanso y sin tregua. Es un fuego sin fin.

Entonces, ¿cómo va a ser nuestro cuerpo resucitado? ¿Cómo es un cuerpo glorioso? ¿Cómo es un cuerpo espiritual? Conocemos solamente dos: el de Jesús resucitado y el de la Santísima Virgen María.

El ‘cuerpo espiritual’ de Jesucristo era tan bello que los Apóstoles no le reconocían. Tampoco le reconoció María Magdalena cuando Jesús se le apareció después de su muerte y resurrección. Y cuando el Señor se transfiguró ante Pedro, Santiago y Juan mostrándoles el fulgor de su Gloria, era tan bella su apariencia y tan agradable lo que sintieron, que Pedro le propuso al Señor construir tres tiendas para quedarse allí mismo a vivir; quería quedarse ante la Gloria del Señor. Así es un cuerpo espiritual, y el Señor nos promete que si obramos el bien hemos de resucitar igual que Él para una resurrección de vida eterna.

Los videntes que han visto a la Santísima Virgen, la han contemplado en su cuerpo espiritual, como es ella después de haber sido elevada al Cielo. Se han quedado extasiados ante semejante visión y no pueden describir lo que sienten, así como tampoco la belleza y la maravilla que ven. Así es un cuerpo espiritual.

Conclusión

Nuestra esperanza está en resucitar a la gloria eterna. No dejemos que esta esperanza cierta se empañe por el mito de la reencarnación que, además de ser irrealizable, no puede pretender siquiera compararse con la maravilla que será nuestra resurrección.

¿Por qué vamos a desear reencarnar y regresar a esta misma vida para volver a enfermar, sufrir, envejecer y morir de nuevo, cuando tenemos la promesa de resucitar en nuestro propio cuerpo, glorificado por la resurrección, para entonces ser inmortales y felices eternamente?

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