‘Hay una paciente que está más cerca de la muerte en este momento que en cualquier otro. He sido llamado al lado de su cama numerosas veces. Esta desafortunada chica está en las últimas etapas de una peritonitis tuberculosa. Toda su familia murió de tuberculosis’

Dr. Alexis Carrel – ‘Un viaje a Lourdes’

 ALEXIS CARREL

Fue biólogo, investigador científico y escritor francés. Nació en Sainte-Foy-lés-Lyon, Francia, el 28 de junio de 1873 y falleció en París el 5 de noviembre de 1944 a la edad de 71 años. Por sus contribuciones a las ciencias médicas fue galardonado con el premio Nobel de Medicina en 1912.

Julius H. Comroe, profesor emérito del Instituto Cardiovascular de la Universidad de California en San Francisco, escribió: ‘Alexis Carrel ganó el premio Nobel de Medicina, no por alguna investigación oscura y esotérica, sino en reconocimiento a su trabajo acerca de sutura cardiovascular y trasplante de vasos sanguíneos y de órganos’.

Entre 1901 y 1910 Alexis Carrel, utilizando animales experimentales, efectuó todas las acciones y desarrolló todas las técnicas conocidas hoy en cirugía cardiovascular. En Francia fue condecorado con la Orden de la Legión de Honor y también fue miembro de la Pontificia Academia de Ciencias.

Carrel había sido educado en la religión católica, pero se había alejado de ella durante su etapa de formación universitaria, transformándose en una persona escéptica que solo aceptaba lo que era explicable por la razón, o sea, en un agnóstico. Pero Dios tiene siempre un momento y un lugar para cada persona para llamarlo a la fe verdadera.

MARIA BAILLY

Nació en 1878 en Lyon, Francia. Tanto su padre, un óptico, como su madre murieron por la tuberculosis. De sus cinco hermanos, cuatro de ellos también murieron por la misma enfermedad. Marie tenía 20 años cuando se evidenciaron por primera vez los síntomas de la tuberculosis pulmonar. Un año más tarde se le diagnosticó meningitis tuberculosa. Poco después ella ya no podía retener los alimentos, y los médicos de Lyon se negaron a operarla por miedo a que muriera en la mesa de operaciones. María Bailly falleció en 1937, a la edad de 58 años.  Si bien su vida se extinguía a sus veinticuatro años, ¿cómo es posible que haya vivido hasta los 58 años?

EL MILAGRO

En el hospital en donde trabajaba Alexis Carrel, y donde estaba hospitalizada Marie Bailly, se organizó una peregrinación a Lourdes con trescientos enfermos. Un colega y excompañero de clase del Dr. Carrel le pidió a éste que tomara su lugar como médico a cargo de los enfermos que eran trasladados por tren a Lourdes el 25 de mayo de 1902.

De entre los enfermos, el Dr. Alexis Carrel fijó su atención en una joven enferma agonizante, Marie Bailly, quien tenía el abdomen hinchado y estaba semi inconsciente. Carrel tenía una visión tan pesimista de la condición de la joven que dijo: ‘Temo que se me muera entre las manos’.

Cuando el tren arribó a Lourdes, la joven Marie Bailly estaba semi inconsciente, pero al llegar ella al Hospital de Lourdes, estaba totalmente consciente. Pero Carrel tenía una visión tan pesimista de la condición de la joven, que prometió ‘convertirse en monje’ si ella llegaba con vida a la gruta, situada apenas a menos de medio kilómetro del hospital.

Marie estaba pálida, su pulso era imperceptible y, según el médico, su cuerpo estaba inerte. En apariencia, toda su fe no había servido para nada. Durante el viaje a Lourdes ella había orado con enorme fervor, sin perder jamás la alegría, siempre en los momentos en que estaba consciente. Marie hasta se había permitido bromear con respecto a la desesperada situación en que se hallaba, diciendo: ‘Si la Santísima Virgen quiere curarme, deberá apresurarse’.

En un rato en que ella estaba consciente, ella misma pidió que la acercaran a la gruta ya que los médicos no eran favorables a que se la trasladase a ninguna parte. Al llegar a los baños contiguos a la gruta no se le permitió la inmersión porque consideraron que, dado su estado, aquello podría ser perjudicial para ella. Marie pidió entonces que se le derramara un poco de agua de los baños sobre su abdomen. Esto le causó un dolor punzante en todo su cuerpo, pero ella no se arredró y pidió que le vertieran más agua. En la segunda ocasión el dolor había disminuido considerablemente, y a la tercera vez pudo sentir una sensación incluso placentera. La respiración volvió a hacerse perceptible y su rostro de palidez extrema empezó a recobrar el color. El pulso se fue normalizando y hasta le sonrió a la enfermera.

En media hora el hipertrofiado bulto de su abdomen había desaparecido. El doctor Carrel no podía creerlo. Unos minutos más tarde la enferma se incorporó en la camilla y miró con atención lo que sucedía a su alrededor. Con rapidez su cuerpo recuperó las funciones normales y a los dos días Marie caminaba con naturalidad. Le volvieron las fuerzas y ganó seis kilos en quince días.

El doctor Alexis Carrel mantuvo su control médico sobre ella otros cuatro meses, examinándola cada semana en busca de síntomas tuberculosos, que nunca más aparecieron. A finales de aquel mismo año Marie fue admitida en un convento de las Hermanas de la Caridad en París, Orden en la que pasaría el resto de sus días, hasta su fallecimiento en 1937, a los 58 años de edad y 35 años después de su experiencia en Lourdes.

LA CONVERSION

A consecuencia de su relato de lo sucedido en Lourdes, Alexis Carrel sufrió el rechazo de muchos de sus compañeros de profesión. Pese a que expuso de modo sencillo los acontecimientos en los que había sido testigo en Lourdes, no escapó a la condena de los profesionales escépticos, de modo que tras retirarse a París durante cuatro años, decidió emigrar a un tiempo a Canadá, donde se convertiría en uno de los profesionales más respetados del mundo.

Carrel no pudo entonces, o no quiso, hacer pública su conversión. Lo que había visto era inexplicable desde un punto de vista científico, pero en su Diario escribió que lo que había sucedido era un ‘esplendoroso milagro’, por lo que le pidió a la Virgen que le guardase y protegiera. Continuó escribiendo que su mayor deseo era el de ‘creer perdidamente, ciegamente, en ese nombre, que es más dulce que el sol de la mañana’.

Durante los treinta y dos años que habían transcurrido desde aquel suceso en Lourdes, Carrel se había entrevistado con muchos sacerdotes. Se reunió con teólogos, e incluso muchos de ellos le buscaron a él con la esperanza de que Carrel les diera una confirmación científica de los milagros. Pero él volvía vivir ya la fe de su infancia y eso le alejaba de cualquier explicación científica. Simplemente, lo ocurrido en Lourdes fue un milagro.

Pero en 1938 Alexis Carrel se topó con un sacerdote, el Rector del Seminario Mayor Saint Yves, en Rennes, Francia, con quien desarrolló rápidamente una gran relación. El Rector le sugirió que fuese a ver a un monje trapense, Alexis Presse, quien había pasado una década restaurando y reabriendo abadías en ruinas en toda Francia, y quien se encontraba a una hora de distancia en aquel momento. Carrel decidió ir a verle con su esposa, y durante el viaje en automóvil no dejaba de pensar que ‘el encuentro con sacerdotes le hace a uno más daño que bien’. Pero cuando llegaron, desde las ruinas de la abadía se les acercó un monje. Era el Padre Alexis Presse, quien al mirar a Carrel, éste sintió ‘algo extraño corriendo a través de él’.

En 1944, a finales de la Segunda Guerra Mundial, los liberadores de Francia acusaron amargamente a Carrel de colaboracionista, relegándolo por completo. Pare entonces Carrel se hallaba ya enfermo, con una grave insuficiencia cardíaca. Quizás esta última decepción aceleró el trance mortal. En los primeros días de noviembre de 1944, Carrel se encontraba al borde de la muerte en París. Un mensaje fue enviado al Padre Alexis Presse, quien entonces se encontraba en la región de Bretaña, al norte de Francia. El moje trapense abordó enseguida un tren militar que transportaba bananos de América a las tropas que seguían combatiendo a los alemanes más allá de París, y llegó justo a tiempo para visitar a Carrel. Éste le pidió que le administrara los Sacramentos antes de morir el 5 de noviembre de 1944, después de admitir felizmente que había recuperado la inocente fe de su infancia.

Ampliamente premiado como profesional a lo largo de su vida, su conocimiento de las personas llevó a concluir a Carrel que la ‘inteligencia es casi inútil a aquel que no tiene más que eso’.

CONCLUSION

Después de la muerte de Alexis Carrel, el caso de Marie Bailly fue discutido en varias ocasiones y en distintos niveles por la Oficina Médica de Lourdes, quien tenía toda la documentación del caso recopilada en el Expediente o Dossier 54. Y finalmente en París, en su nivel más alto. Fue revisado por el Comité Internacional en 1964.

Este Comité tomó la decisión contraria a la naturaleza milagrosa de la curación de Marie Bailly, debido a que los primeros médicos que la tendieron no habían considerado la posibilidad de una nueva pseudociesis, el embarazo psicológico, para lo cual se requería más informes psicológicos y psiquiátricos previos a la curación.

Por ello el Comité Internacional decidió fallar en contra de la recomendación de considerar la curación de Marie Bailly para su posterior aprobación eclesiástica como ‘milagro’. Esta decisión se tomó a pesar de que quien firmó el informe original en representación de la ciencia médica indicando que se trataba de un hecho inexplicable, fuera nada más y nada menos que un Premio Nobel de Fisiología o Medicina.

 

‘Los conversos son esas personas que después de haber vivido al margen de toda fe religiosa, un día inolvidable dieron un viraje tan intenso a la trayectoria de su vida, que cambiaron de rumbo. Y entonces comenzaron, si se me permite al expresión, a ‘tomarse en serio a Dios’. Dios trastocó sus vidas; en cierto sentido se las complicó. Alguien pudo ver en ellos a seres sugestionados, alucinados o alienados. Pero no; ellos no se salieron de este mundo, el suyo y el de todos, el único que tenemos. Tampoco se transformaron en fanáticos de lo religioso. Supieron, simplemente, mostrarse coherentes con su verdad y respetuosos con la verdad de otros’.

                   Eduardo de la Hera

Doctor en Teología por la Universidad Gregoriana de Roma