El instituto de medicina celular de la Universidad de Newcastle ha publicado un estudio que avala la teoría de que la idiotez es masculina por naturaleza.  Así lo acreditan, según los investigadores, las mil maneras estúpidas de morir entre las que escoge el hombre su fatal desenlace.  La endeblez de la base científica del estudio no quita que sea aceptado por la comunidad, no sólo educativa, sino europea. No habrá mujer en el continente en desacuerdo con la conclusión ni hombre que la rebata, pero imaginen lo que pasaría si otro estudio determinara que la histeria es la aportación femenina al psicoanálisis. 
Pues pasaría lo que no va a pasar ahora: que la justificada indignación de las chicas desembocaría en una inmediata comparecencia del rector para, entre disculpas, anunciar la apertura de una investigación, la expulsión del decano de salud mental y la retirada de fondos públicos al equipo que deforma toscamente la realidad al no tener en cuenta la existencia de hombres que residen en el 15-M y de mujeres que viven en el país de la tila. 
Lo que me preocupa del estudio no es únicamente su carácter público ni su falaz conclusión, sino la media sonrisa con la que lo ha acogido la sociedad. Este tipo de informes sólo se pueden financiar en Europa, donde, como la civilización occidental ha entrado en descomposición se da la bienvenida a todo lo que sirva para borrarla del mapa geopolítico. Imagino que a ningún instituto dermatológico del mundo árabe se le ocurriría concluir que dejarse la barba es más idiota que hacerse la cera.