De la evidencia de que los jóvenes no se santiguan colige parte del catolicismo que la Iglesia debe cambiar el hábito franciscano por la falda pantalón de Paco Rabanne para adaptarse a los tiempos, como si los tiempos los marcara en exclusiva el segmento de edad enmarcado entre Mujercitas y Sexo en Nueva York, entre los veinte recién estrenados y los cuarenta bien cumplidos, en lugar del conjunto de la población. Sin contar con que una estola diseñada por Ágata Ruiz de la Prada no aporta más diversión a la misa que el niño de año y medio que se le escapa a la madre en mitad del sermón para irse directo al cura.
Adaptarse a los tiempos tendría efectos perniciosos para la Iglesia porque el panfleto sustituiría a la homilía, la consigna a la parábola y el periodista económico que vaticina la salida del euro al profeta Isaías, sin su talento literario, por supuesto, porque, mucho antes que las estilográficas Parker, Isaías demostró que la escritura es un regalo. Del cielo, en su caso.  Como todo esto lo desconocen los jóvenes, se dejan llevar por la marca blanca de la moda, ora Woodstock, ora Podemos, sin tener en cuenta que el poder de las flores no tiene la carga biológica, la vida eterna, de los lirios del Evangelio y que una sociedad con cien ovejas iguales nunca sabrá lo bien que le sabe el pasto a la que vuelve al redil a hombros del buen pastor.