La opinión pública elogia la firmeza del Liga de Fútbol Profesional tras destituir a Lendoiro como embajador del saque de esquina por asistir al entierro del seguidor del Depor apaleado por aficionados de mi equipo. El presidente de la institución, Javier Tebas, se ha ganado el aplauso general al afear a don César Augusto que acudiera al sepelio de un señor a cuya familia le han negado en los estadios hasta el consuelo temporal del minuto de silencio. Esto es peor de lo que parece, pues, al argüir que no es de recibo honrar a este aficionado por su pertenencia a una peña ultra, la Liga otorga al pésame un carácter subversivo.
Si lo siento mucho equivale a vamos a machacarlos, rezar por la víctima debe de ser apología de la violencia para la Liga, cuya falta de piedad es mucho peor que un gol en contra en el descuento. Tal vez hay quien considera que Jimmy no era el yerno que todas las madres querrían tener, pero era un hijo y un padre. Y aunque hay quien enmarca su muerte en el epígrafe se lo ha buscado, seguro que él tenía otros planes que no acababan en el Manzanares. No sé, pasear con los críos por las rías Baixas. O tomar café con un amigo. O discutir de política con otro. O manifestarse por lo mal que va la cosa. No todos los gallegos fundan Zara ni a todos les cabe el Estado en la cabeza, pero todos ellos, como el resto, son capaces de imaginar un futuro mejor. Incluido Jimmy. Puesto el pasado, a propuesta de San Agustín, en manos de la misericordia de Dios, la Liga olvida que a un hombre hay que juzgarlo por lo que le queda por hacer.