Podemos se propone que el futbolista de élite español haga carrera fuera del campo, no para que dentro de él sepa leer el partido como ningún otro, sino para que los niños, en lugar de sus goles, admiren sus enseñanzas. De modo que exigirá como mínimo estudios de secundaria a los jugadores de las categorías superiores. El que no haya superado cuarto y reválida que se olvide de ser convocado por Del Bosque. Y de calentar durante el descanso quien no tenga un doctorado.
En el fondo de la medida subyace el complejo de superioridad del que considera que un profesor de ciencias políticas está menos capacitado que un líbero para rematar en plancha, pero es más útil a la sociedad. Así que el propósito de la formación no es que la melé en el punto de penalti se convierta en riña de licenciados, donde los jugadores se hablen de usted mientras se patean los isquiotibiales, sino aclarar que el deporte actual necesita sustituir la ignorancia por la pedantería. El cambalache es discutible, pero cabe preguntarse si puede un pedante convertir el minuto 116 en el día de la hispanidad. Posiblemente, no, porque el pedante cree que Johannesburgo es la capital del racismo en vez del lugar donde aconteció la segunda más alta ocasión que vieron los siglos.
El docto disparate actualiza lo peor del despotismo ilustrado: el populismo de élite, en su afán de hacer un pueblo a su imagen y semejanza, pretende, poco más o menos, que se dirima intelectualmente la posesión del balón en la medular y, ya puesto, que Cristiano recite a Pessoa  mientras recula para lanzar el golpe franco, a fin de que cuando choque con Coentrao, del encuentro entre el saber y la fuerza, surja la revolución de los claveles.
Podemos quiere deportistas cultos, pero es posible que la sociedad quiera políticos deportistas. Habría que exigir a Iglesias, como requisito para gobernar el país, que levante 150 kilos en arrancada. Debería de tener en cuenta que pedir a un carrilero que memorice la España invertebrada de Ortega mientras evoluciona por banda derecha, previsiblemente desde posiciones republicanas, es como exigir a Íñigo Errejón que exponga la canilla durante un clásico en Anoeta. O como sugerir a Monedero que, para conseguir que el luso se matricule en protocolo, llegue a las manos con Pepe.