“Quien no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor”     (1ª. Juan 4:8}

PRESENTACION

El objetivo del presente estudio es el de definir principalmente dos aspectos importantes: quien fue el discípulo amado y quien fue el autor de los escritos atribuidos a Juan el Zebedeo. Ambos temas han motivado muchos y diferentes estudios, tanto históricos como teológicos, y el resultado nunca ha podido ser esclarecido y confirmado totalmente, sino que han surgido diversas hipótesis al respecto por parte de historiadores, exégetas y teólogos desde los primeros siglos del cristianismo.

Las diferentes iglesias cristianas, principalmente la católica, han seguido manteniendo vigente la tradición aportada por San Ireneo de Lyon (siglo III), quien indicó lo siguiente: “… y después Juan, el discípulo del Señor que se recostó sobre su pecho, editó el Evangelio cuando habitaba en Éfeso” (Adversus Haereses III, 1.1). Esta afirmación expresa que Juan, el hijo de Zebedeo, no solo fue el autor del Evangelio que lleva su nombre, sino que considera que por el simple hecho de haberse recostado sobre el pecho del Señor durante la Última Cena, se trata ya del discípulo amado.

Igual convicción fue sostenida por San Agustín de Hipona en su obra Comentarios al Evangelio de San Juan (LXI, 4) y por otros, como San Juan Crisóstomo, San Gregorio, Clemente de Alejandría, San Justino, Tertuliano e incluso el propio Canon Muratori. Más tarde Beda el Venerable (672-735) identificó al discípulo amado con Juan, el discípulo del Señor.

Sin embargo no existe ninguna confirmación evidente de tal aseveración hasta nuestros días, por lo que en este estudio analizaremos algunos pasajes del cuarto Evangelio en donde se menciona al discípulo amado, y observaremos que no existen pruebas fehacientes acerca de que dicho personaje sea el Apóstol Juan. Entonces, ¿quien fue realmente el discípulo amado?

CITAS EVANGELICAS

A pesar de que algunos estudiosos del tema consideran que la figura del discípulo amado tiene una dimensión figurada (Raymond Brown, Alv. Kragerud), consideramos que es importante no sólo saber el nombre de dicha figura, sino también conocer la significación que el discípulo amado tuvo, tal como dice el escriturista Luis H. Rivas.

Para ello nos centraremos en los siguientes versículos del cuarto Evangelio:

Juan 13:23-25

“Uno de sus discípulos, el que Jesús amaba, estaba a la mesa al lado de Jesús. Pedro le hace una seña y le dice: pregúntale de quien está hablando. El, recostándose sobre el pecho de Jesús, le dice: Señor, ¿quien es?”.

En primer lugar, el texto por sí solo no nos indica de forma fehaciente que el discípulo a quien Jesús amaba se tratara del apóstol Juan. Independientemente de que las expresiones recostarse sobre el pecho y estar en el seno de se usaban muy a propósito para indicar que se gozaba de la familiaridad de alguien (Luis H. Rivas), es de destacar que según la costumbre judía de aquella época, el dueño de la casa, o en su ausencia, su hijo primogénito, se sentaban a la derecha del invitado, apoyando en determinado momento la cabeza en su pecho (Henri Cazelles, “Estudio sociológico sobre el sacerdocio del Templo”, pagina 480).

De acuerdo a las conclusiones del propio Cazelles, la Última Cena se celebró en la casa de un conocido de Jesús, y quien estaba sentado a su diestra era el propietario de la casa, o bien su hijo primogénito. Todo esto no desdice que el discípulo que apoyó su cabeza sobre el pecho de Jesús fuese Juan el Zebedeo, pero tampoco nos lo confirma.

Más adelante, en este mismo estudio, nos centraremos de una forma más detenida en este punto al analizar otra hipótesis al respecto.

Juan 19:25-27

“Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Clopás, y María Magdalena. Jesús, mirando a su madre y junto a ella el discípulo a quien amaba, dice a su madre: Mujer, ahí tienes a tu hijo. Luego dice al discípulo: Ahí tienes a tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa”

De nuevo aparece el discípulo amado sin que por ello pudiera ser tampoco identificado plenamente. En esta ocasión, según Juan, está al pie de la cruz junto a María, la madre de Jesús, María Magdalena, María la esposa de Clopás y de otra persona nombrada como la hermana de María, la madre de Jesús. De acuerdo a la nota al pie de pagina de la Biblia de Jerusalén, la hermana de su madre podía ser o bien Salomé, madre de los hijos de Zebedeo, o bien se trataría de unir esa designación a la frase que sigue, o sea, la mujer de Clopás.

En cambio Mateo en el capitulo 27, versículo 56 de su Evangelio nos dice que al pie de la cruz se encontraban María Magdalena, María la madre de Santiago y de José, y la madre de los hijos de Zebedeo.

En los dos textos aparece la madre de los hijos de Zebedeo, Salomé. Es muy posible que la hermana de María que cita Juan sea la madre de Santiago y de José que narra Mateo, y que el título de hermana de María sea un referente a que ambas eran Ahim según el texto hebreo, o sea, hermanas en el Señor. Curiosamente Mateo no menciona que al pie de la cruz se encontrara el discípulo amado.

Pero si analizamos este hecho bajo la cronología histórica podemos adivinar cierto paralelismo entre Juan y el discípulo amado acerca del encargo de Jesús de que velara por su madre después de la crucifixión: Juan se trasladó a Éfeso en el 62 d.C., el emperador Domiciano le destierra a Patmos en el 95 d.C., y otro emperador romano, Nerva, le permite regresar a Éfeso en el 98 d.C. Posteriormente Juan fallece en Éfeso a los cien años de edad, aproximadamente entre los años 115 y 117 d.C.

San Ireneo de Lyon nos especifica más concretamente esta fecha con la siguiente mención: “Todos los presbíteros que se han encontrado en Asia con Juan, el discípulo del Señor, dan testimonio de que Juan ha transmitido esto, porque permaneció con ellos hasta los tiempos de Trajano” (Adversus Haereses II, 22.5). Por todo lo anterior es históricamente creíble que María haya ido con Juan a residir en Éfeso, más aun al considerar que el emperador Trajano reinó desde el año 98 hasta el 117 d.C.

Sin embargo no se ha demostrado plenamente que Juan Zebedeo haya sido el autor real del libro del Apocalipsis y, por lo tanto, nunca hubiese sido desterrado a la isla de Patmos. A pesar de los escritos que mencionan que María, la madre de Jesús, residió en Éfeso, tampoco hay pruebas concretas sobre ello, por lo cual la duda acerca de la identidad del discípulo amado seguirá existiendo.

Juan 20:1-2

“El primer día de la semana va María Magdalena de madrugada al sepulcro cuando todavía estaba oscuro, y ve la piedra quitada del sepulcro. Echa a correr y llega a Simón Pedro y al otro discípulo a quien Jesús quería y les dice: Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos donde le han puesto”

De nuevo aquí se menciona al discípulo amado, pero también sin identificación alguna sobre su nombre.

Juan 21:1-2 y Juan 21:7

“Después de esto, se manifestó Jesús otra vez a los discípulos a orillas del mar de Tiberíades. Se manifestó de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, el llamado Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los de Zebedeo y otros dos de sus discípulos” (Juan 21:1-2). El discípulo a quien Jesús amaba dice entonces a Pedro: Es el Señor” (Juan 21:7).

En estos dos textos podemos comprar que de nuevo se menciona al discípulo amado, pero observamos que Juan estaba con su hermano Santiago el Mayor y que, además, había otros dos discípulos de los cuales no se mencionan sus nombres. Por ello tampoco podemos identificar fehacientemente a Juan como el discípulo amado.

Juan 21:20-22

“Pedro se vuelve y ve, siguiéndoles detrás, al discípulo a quien Jesús amaba, que además, durante la Cena se había recostado en su pecho y le había dicho: Señor, ¿quién es el que te va a entregar? Viéndole Pedro, dice a Jesús: Señor, ¿y este qué? Jesús le respondió: Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿qué te importa? Tú, sígueme”

Tampoco aquí se menciona la identidad del discípulo amado, pero hay un detalle muy significativo. El discípulo amado llevó una amistad abierta con Simón Pedro (Juan 13:23 y 20:2-9), que en el libro de los Hechos de los Apóstoles se pone de manifiesto (Hechos 3:1-9, 4:1-13 y 8:14-15). Si observamos los textos bíblicos con detenimiento podremos comprobar que en la mayoría de las ocasiones Pedro y Juan iban casi siempre juntos. Esto dio pie a uno de los miembros más ilustres de la Escuela Bíblica y Arqueológica francesa de Jerusalén, Marie-Emile Boismard a manifestar que Juan Zebedeo fue el discípulo amado, quien junto con Pedro y Santiago estimaban a Jesús de un modo particular.

Como podemos corroborar, Juan Zebedeo tenía un papel muy especial en su relación de amistad con Jesús. Sin embargo ello no nos confirma definitivamente que Juan haya sido el discípulo amado del que habla la Biblia.

¿PESCADOR Y SACERDOTE?

Los estudios del exégeta francés Henri Cazelles han demostrado en un estudio sociológico sobre el sacerdocio en el Templo antes de su destrucción en el año 63 d.C., una teoría muy plausible acerca del punto número uno mencionado en el capitulo Citas Evangélicas del presente estudio (página dos), la cual nos presenta un aspecto curioso desde el punto de vista histórico.

Si nos limitamos a la lectura de Juan 13:25 observaremos que dice: “Él, recostándose sobre el pecho de Jesús, le dice…”. Si recordamos que el hecho de apoyar la cabeza sobre el pecho de alguien era, en aquella época, una muestra de familiaridad y de respeto con la persona invitada, y que ello debía efectuarse durante la cena con la persona que había sido invitada por parte del propietario de la casa o de su hijo en ausencia de dueño de la casa, y si por otro lado suponemos que quien apoyó la cabeza sobre el pecho de Jesús fue Juan, entonces obtendremos que aquella casa era propiedad de Zebedeo y que, en ausencia suya, fue su hijo Juan Zebedeo el encargado de tal postura.

Pero todo ello no nos demuestra que por el hecho de apoyar su cabeza en el pecho del Señor durante la Ultima Cena Juan fuese el discípulo amado, sino que cumplía con la cortesía que ordenaban las costumbres judías de la época.

Si todo ello fuese cierto, ¿por qué Zebedeo o quizás el propio Juan poseían una casa en Jerusalén? ¿Se trataba de una casa de paso o de una residencia permanente? Conociendo que la familia de Zebedeo era de Galilea, debemos suponer que era una casa de paso ocupada durante tiempos limitados y por razones concretas.

Si prestamos atención al texto del Evangelio de Juan (18:15-16) nos daremos cuenta de que cuando Jesús fue a la casa de Anás para ser juzgado, le acompañaban Simón Pedro y otro discípulo, el cual era conocido del sumo sacerdote Anás. Este discípulo entró con Jesús, mientras que Pedro se quedó afuera de la casa. Esto significa que el discípulo en cuestión era conocido de Anás, quizás porque él mismo o su padre efectuaban algún tipo de labor en el Templo de Jerusalén.

Debido a que a Pedro y Juan les unía una gran amistad y en la mayoría de ocasiones se acompañaban mutuamente, podemos suponer que Juan era quien entró con Jesús en la casa de Anás, teoría que se ve reforzada si en realidad Juan Zebedeo era el discípulo amado. Todo ello nos conduce a una pregunta: ¿estaba de algún modo trabajando alguno de los Zebedeos en el Templo? ¿Pudieron haber tenido alguna relación especial o de conocimiento con la familia del sumo sacerdote o quizás con el mismo?

Como dijimos antes, el exégeta Henri Cazelles demostró que una identificación de este tipo es sin duda plausible. Los sacerdotes temporales ejercían su servicio o avodah en el Templo por turnos semanales, dos veces al año. Al finalizar dicho servicio el sacerdote regresaba a su tierra ya que no era inusual que para ganarse la vida debiera ejercer otra profesión. Además se sobreentiende que el Zebedeo no era un simple pescador, sino que daba trabajo a diversos jornaleros, lo cual posibilitaba que pudiera ausentarse temporalmente.

Posiblemente Zebedeo pudo haber sido un sacerdote no permanente, pero al mismo tiempo tener también su oficio en Galilea ya que la pesca en el lago le ayudaba a ganarse la vida. Por ello es que Zebedeo poseía una casa en Jerusalén; por sus asistencias temporales en el Templo. Y el propio Zebedeo cedió el cuarto superior de su propiedad a Jesús y a los Doce para la celebración de la Santa Cena.

LA COMUNIDAD JOANICA

Independientemente de si Juan Zebedeo fue el discípulo amado o no, sí se conoce que a su alrededor se formó una comunidad cristiana que se distinguía de las demás por tener una cristología más elevada. Dicha comunidad estaba establecida en la ciudad de Éfeso, en el Asia Menor, en lo que actualmente es Turquía.

En su obra Historia de la Iglesia, el historiador del siglo IV, Eusebio de Cesárea, nos informa acerca de una obra en cinco volúmenes que escribió el obispo Papías de Hierápolis, quien falleció en el año 120 d.C. En dicha obra Papías menciona que él no había llegado a conocer a los apóstoles de Cristo, pero que había recibido la doctrina de aquellos que habían estado próximos a los apóstoles.

El obispo Papías, en lo que actualmente se conoce como los fragmentos de Papías, habla de otras personas que también habían sido discípulos de Jesús y concretamente cita los nombres de Aristón y de un tal Presbítero Juan, conocido también bajo el nombre de Juan el Anciano. Con ello Papías distingue entre el apóstol Juan por un lado, y el Presbítero Juan por el otro lado. Mientras que al primero no llegó a conocerle personalmente, sí tuvo algún tipo de encuentro personal con el segundo (Eusebio: Historia de la Iglesia, III.39).

Como sabemos, en Éfeso existió una especie de escuela joánica, la llamada Comunidad Joánica, que hace remontar su origen a Juan Zebedeo, el discípulo de Jesús, y en la cual había además un Presbítero Juan, que se convirtió en la autoridad decisiva. Es evidente que él mismo no es el apóstol, pero tuvo que haber estado estrechamente relacionado con él, e incluso quizás llegó a conocer personalmente a Jesús.

A la muerte del apóstol Juan se consideró al Presbítero Juan el depositario de su legado. En cualquier caso podemos atribuir al Presbítero Juan una función esencial en la redacción definitiva del texto evangélico, durante cuya época él se consideró siempre el administrador de la tradición recibida por parte de Juan Zebedeo.

Con todo ello podemos considerar la existencia de dos Juanes con decisiva importancia dentro de dicha Comunidad Joánica: Juan Zebedeo, el apóstol y evangelista, y Juan el Presbítero o el Anciano.

La autoría de los escritos joánicos por parte de un autor o de varios la enfocaremos más adelante en este mismo estudio.

LOS ESCRITOS JOANICOS

Los escritos considerados como joánicos son el Evangelio de Juan, la Primera Carta de Juan, la Segunda Carta de Juan, la Tercera Carta de Juan y el Apocalipsis de Juan. Todos ellos comparten ciertas similitudes en el trasfondo teológico, pero también existen diferencias que siguen originando debates en la actualidad.

Tradicionalmente estos libros del Antiguo Testamento se han atribuido todos a Juan el Apóstol, de quien se asume que es el propio Juan el Evangelista e hijo de Zebedeo. Sin embargo la cuestión sobre la autoría de los escritos joánicos ha sido disputada. El decreto emitido al respecto en el Concilio de Roma en el 382 atribuye el Evangelio, la Primera Carta y el libro del Apocalipsis al apóstol Juan, mientras que la Segunda y la Tercera carta es atribuida a Juan el Presbítero.

A continuación analizaremos cada uno de los mencionados escritos con el objetivo de descifrar al verdadero autor de cada uno de ellos.

Primera Carta o Epístola

No existe duda alguna acerca de que el autor de esta primera Carta fue Juan Zebedeo, el Apóstol y evangelista. La fraseología de esta primera Carta de Juan es muy similar a la del cuarto Evangelio. Hay frases que únicamente se repiten en ambas obras como, por ejemplo, tener pecado y hacer la verdad. Ambos escritos tienen un sabor semítico que tiende a lo griego, y también los dos textos poseen los mismos conceptos básicos: el mundo, el Único elegido, la encarnación, el paso de la muerte a la vida, la verdad y la mentira, etc. Muchos críticos se refieren a la existencia de una escuela joánica, de la cual emanó el texto de esta primera Carta de la mano del Apóstol mismo.

Segunda y Tercera Carta o Epístola

Aunque la tradición normalmente le asigna ambas Epístolas a San Juan, el hecho mismo de que el autor se identifique a sí mismo como el Presbítero (1ª. Juan 1:1 y 2ª. Juan 1:1), deja dudas sobre esta asignación tradicional, incluso en tiempos de la Iglesia primitiva. Sin embargo dado que existen suficientes similitudes literarias y teológicas con la Primera Epístola, se asume que provienen del mismo círculo teológico: la Comunidad Joánica. Por el título de Presbítero que se asigna el autor de la segunda y de la tercera Epístola o Carta, se presupone que estos dos escritos fueron redactados por Juan el Presbítero.

Basándose en los fragmentos del obispo Papías mencionados anteriormente, también San Jerónimo confirmó en su obra De Viris Illustribus que el verdadero autor de las Epístolas segunda y tercera fue Juan el Presbítero.

Libro del Apocalipsis

El autor del Apocalipsis se identifica a sí mismo como Juan, sin ningún título posterior al nombre. Por ello este libro se le ha acreditado tradicionalmente al apóstol San Juan. Se ha encontrado evidencia de esta identificación desde Justino Mártir (103-165) en su obra Dialogo con Trifón. Otros testigos de esta tradición son Ireneo de Lyon (130-202), Clemente de Alejandría (150-213) y Tertuliano (160-220).

Las primeras dudas acerca de la autoría del libro del Apocalipsis empezaron en el siglo III. El obispo Dionisio de Alejandría rechazaba la autoría apostólica, pero aceptaba su canonicidad. Más radicalmente en el siglo IV, la mayoría de la Iglesia Oriental rechazaba su canonicidad. Este punto de vista era compartido por varios Padres de la Iglesia, como Cirilo de Jerusalén, Gregorio de Nacianzo, Juan Crisóstomo y Teodoreto de Ciro. También fue rechazado en Siria.

La cuestión de la canonicidad fue reabierta en occidente por los protestantes de la Reforma en el siglo XV. Por otra parte el Concilio de Trento (1545-1563) de la Iglesia Católica reafirmó su canonicidad. Hoy en día muchas Iglesias cristianas aceptan este libro como parte del Canon.

Hay muchas afinidades entre el libro del Apocalipsis y el cuarto Evangelio de Juan, tales como el uso de alegorías, simbolismos y metáforas similares como el agua viva, el pastor, el cordero y el maná. Sin embargo las diferencias entre ambos libros son mucho más notables que sus afinidades. El libro del Apocalipsis no entra en varios de los temas típicos juaninos, tales como la luz, la oscuridad, la verdad, el amor y el mundo en sentido negativo. La escatología de ambas obras es también muy diferente.

Una identificación precisa del autor es casi imposible debido a la falta de evidencia fehaciente. Sin embargo la obra es por lo general asignada a un círculo de discípulos cercanos al apóstol Juan, muy posiblemente dentro de la Comunidad Joánica de Éfeso y, más concretamente, el texto pudo ser muy influenciado por Juan el Presbítero.

La fecha de composición del libro del Apocalipsis es ampliamente discutida. Tanto Ireneo de Lyon como Eusebio y Jerónimo lo datan hacia el final del reinado de Domiciano, el cual se extendió desde el 81 al 96 d.C. Esta es la opinión más común entre varios críticos modernos, que consideran la obra como escrita de una sola vez. Sin embargo, el obispo Epifanio (310-403) cita la composición en el reinado del emperador Claudio (41 al 54), mientras que Canon de Muratori (1740) sugiere la composición en tiempos de Nerón (54 al 68).

Si volvemos a revisar el contenido del punto número dos del capítulo Citas Evangélicas de este mismo estudio, deberemos dar la razón a los historiadores que avalan la hipótesis de que el libro del Apocalipsis fue escrito de una sola vez a finales del reinado de Domiciano, lo cual nos acerca más a la posibilidad de que realmente fue Juan el Evangelista el autor de esta obra, puesto que si Juan residía en Éfeso desde el año 62, Domiciano le desterró a Patmos en el 95, y su regreso a Éfeso fue por orden del emperador Nerva en el 98, coincide plenamente la fecha estimada de la composición del Apocalipsis a finales del siglo I d.C. Es posible también que Juan hubiese escrito una gran parte del libro durante su destierro en Patmos, o posiblemente la totalidad del mismo.

Sin embargo, algunos exégetas como Toilleux, Gelin y Feuillet distinguen dos fechas: la publicación bajo Domiciano (95 o 96) y la fecha de las Visiones bajo Vespasiano (69-79). De acuerdo con esta teoría el documento habría sido retocado por discípulos de Juan posteriormente a su composición original, dentro de la llamada Comunidad Joánica. Por todo ello es que el fechado de la obra es aún muy debatido en la comunidad de estudiosos.

El cuarto Evangelio

El Evangelio de Juan es un libro del Nuevo Testamento que la tradición atribuye su autoría al apóstol y evangelista Juan Zebedeo, aunque dada la fecha de su supuesta redacción (90 d.C.), algunos expertos cuestionan dicha autoría. Existe la posibilidad de que fuera fruto de la Comunidad Joánica de Éfeso, como también es plausible que miembros de dicha comunidad hayan retocado o influido de alguna forma en la redacción del texto evangélico. Sin embargo algunos papiros hallados en Nag-Mahadi (Egipto), que datan de comienzos del siglo II d.C., demostraron que este Evangelio debió haberse escrito ya en el siglo I d.C., y más concretamente, a finales del mismo.

También se ha confirmado definitivamente que el cuarto Evangelio se basa en un conocimiento extraordinariamente preciso de lugares y tiempos, que solamente pueden proceder de alguien perfectamente familiarizado con la Palestina de la época de Jesús. Además se ha comprobado con total claridad que este Evangelio piensa y argumenta totalmente a partir del Antiguo Testamento, y más concretamente desde la Torá, y que toda su forma de expresión está profundamente enraizada en el judaísmo de la época de Cristo.

De acuerdo al exégeta Hengel, la obra está escrita en un griego koiné no literario, sino sencillo e impregnado del lenguaje de la piedad judía, tal como era hablado en Jerusalén también por las clases medias y altas, pero donde al mismo tiempo también se discutía, se oraba y se leía la Escritura en la lengua sagrada (La cuestión joánica, Martin Hengel).

Desde Ireneo de Lyon en el siglo III, la tradición de la Iglesia reconoce unánimemente a Juan Zebedeo como el discípulo predilecto y el autor del cuarto Evangelio. Esto se ajusta a los indicios de identificación del Evangelio que, en cualquier caso, remiten a un apóstol y compañero de camino de Jesús, desde el bautismo en el río Jordán hasta la Última Cena, la cruz y la resurrección. Pero Martin L. Smith escribe en su libro Respirando junto al pecho de Jesús que el autor del cuarto Evangelio es muy difícil de identificar puesto que él mismo decidió ocultar su verdadera identidad para que los lectores de este Evangelio acepten fácilmente la cercanía afectiva existente entre ese discípulo y Jesús, así como para hacer más creíble aún su testimonio.

No obstante John Chapman en su obra Nombres en el cuarto Evangelio (1928), señaló un aspecto llamativo para la identificación del autor del cuarto Evangelio canónico, y para la descripción del discípulo amado contenida en el mismo. Es el silencio absoluto que guarda este Evangelio sobre el apóstol Juan, sobre su hermano Santiago el Mayor, y aún sobre la misma expresión indirecta de hijos de Zebedeo que aparece en Juan 21:2. Este absoluto silencio es tanto más sugerente cuanto que el apóstol Juan aparece 17 veces en los Evangelios sinópticos, Santiago el Mayor 15 veces, y la expresión hijos de Zebedeo tres veces, sin mencionar directamente sus nombres. Entonces, ¿por qué no se menciona a Juan y a Santiago el Mayor, reconocidos por San Pablo en Gálatas 2:9 como dos columnas de la Iglesia primitiva? Quienes sostienen que el autor del cuarto Evangelio, o al menos la fuente inicial del mismo es Juan el Apóstol y Evangelista, encuentran una explicación del silencio del nombre de Juan y de su hermano en su sencillez y humildad.

A partir del trabajo de Chapman y en concordancia con San Agustín, San Juan Crisóstomo y San Gregorio, el teólogo y exégeta J. de Maldonado afirma en su libro Comentarios al Evangelio de Juan (1954) que el apóstol Juan silenció su propio nombre por humildad a imitación de su Maestro, quien veló su trascendencia divina con el humilde título de Hijo del hombre. Igual postura es seguida por Juan Leal, profesor de la Compañía de Jesús.

Algunos exégetas consideran que el discípulo al que Jesús amaba debió ser distinto del autor del Evangelio según San Juan porque es inaceptable que éste se honrara a sí mismo asignándose este título, y porque no sería un gesto de humildad que para ocultar su propio nombre se cubriese con el honroso título de discípulo amado. Sin embargo, y como se indicó anteriormente en este mismo estudio, es muy probable que las ediciones posteriores del cuarto Evangelio hayan estado en manos de otros miembros escogidos de la Comunidad Joánica, quienes asignaron el título de discípulo amado a Juan Evangelista.

¿EL DISCIPULO AMADO PUDO HABER SIDO OTRO?

Al comprobarse que no se podía identificar fehacientemente al personaje conocido como el discípulo amado, varios autores trataron de localizar otras probabilidades al respecto. Se barajaron diversas identidades además de Juan, tales como la Samaritana o María de Magdala, pero desde hace décadas algunos historiadores y exégetas se han inclinado por una cuarta opción: posiblemente, y según ellos, el discípulo amado pudo haber sido Lázaro de Betania. Dichos autores son F.V. Filson en su obra ¿Quien fue el discípulo amado? (1949), J.N. Sanders con la obra ¿Quien fue el discípulo al que Jesús amó? (1957) y C. Spiq en Ágape en el Nuevo Testamento (1977).

Todos ellos se basan en el texto del Evangelio de Juan que narra la resurrección de Lázaro, especialmente en determinados versículos del capítulo 11, como los siguientes:

Juan 11:3 “Señor, aquel a quien tú quieres, está enfermo”

Juan 11:5 “Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro”

Juan 11:35 “Jesús derramó lágrimas”

Juan 11:36 “Los judíos entonces decían: Mirad como le quería”

Si revisamos algunas de las palabras contenidas en estos versículos en el idioma griego koiné hablado en aquella época, observaremos que el término quieres o amas (11:3) corresponde a phileis, que significa cariño. El término amaba o quería (11:5) era égapa en koiné. Y quería (11:36) es la traducción de ephilei, que identifica un amor muy personal.

En la misma línea, el exégeta Sanders identifica la resurrección de Lázaro con la opinión de que el discípulo amado jamás moriría, tal como manifestaban entonces varios discípulos de Jesús: “Corrió, pues, entre los hermanos la voz de que este discípulo no moriría” (Juan 21:23). Incluso algún estudioso ha dicho que el nombre Juan se le aplicó a Lázaro después de su resurrección, lo cual ya se ha demostrado que es del todo imposible.

En realidad esta hipótesis no es nueva ya que ha sido tratada décadas antes sin recibir aceptación, aunque actualmente existan más adeptos afiliados a esta creencia.

CONCLUSION

Después de leer atentamente todo lo detallado en este estudio, podemos llegar a la siguiente conclusión: es del todo imposible confirmar la identidad del discípulo amado por Jesús, por muchas y variadas hipótesis que se barajen. ¿Fue Juan, el hijo de Zebedeo, como se mantiene tradicionalmente? ¿Quizás fue Lázaro por ser el único por el cual Jesús lloró al enterarse de su fallecimiento? En la intención de las hermanas de Lázaro no había confusión posible: Jesús no tenía mas que un amigo y este era Lázaro. ¿No sería entonces éste el discípulo amado?

Sin embargo la identificación del apóstol Juan con el discípulo amado tiene la garantía de la Tradición. Esto se refiere primariamente al testimonio apostólico que está detrás del Evangelio. Con ello no se excluye la posibilidad de que la obra joánica haya podido ser escrita por un discípulo de Juan, quien la haya puesto bajo la autoridad del apóstol (Biblia de Jerusalén, 1998). Pero tampoco excluye ni confirma la posibilidad de que Juan Zebedeo haya sido en realidad el discípulo amado. Pero también la Tradición ha tenido sus opositores, por lo cual la realidad de la identificación del discípulo amado nunca será plenamente conocida, a menos que el Señor nos la desee revelar un día. Mientras tanto, los estudios, hipótesis y probabilidades continuarán indefinidamente hasta que nos llegue tal revelación.

No obstante no olvidemos nunca que todos y cada uno de nosotros podemos considerarnos como discípulos amados del Señor, siempre y cuando aceptemos y cumplamos las enseñanzas que Él nos dejó.

“Este es el discípulo que da testimonio de estas cosas y que les ha escrito, y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero”   (Juan 21:24)