Ningún ámbito puede estar restringido a la evangelización y a la participación de los católicos. Nuestro lugar no es la sacristía, nuestra acción no se puede limitar a las acciones pastorales dentro el templo, en el ámbito cristiano. Más bien, el lugar de la Iglesia -por tanto, de los católicos- es el mundo, fuera, a la intemperie pero arropados por todos los demás católicos.
 
 
Lugar nuevo, muy a la intemperie, y apenas valorado, es la evangelización del mundo de la cultura, de la razón, del diálogo, del arte, del pensamiento. Parece una "evangelización menor" o muy alejada de nosotros, sobre todo si, con estrechez de miras, limitamos la evangelización a cuatro lugares comunes, acciones pastorales de siempre (primeras comuniones, belén viviente...) a las que vemos que, por diversas razones acuden muchísimos, y pensar que con eso solamente "ya están evangelizados", postergando otras acciones como ilusorias, lejanas o pérdida de tiempo (cultura, arte, Internet...).
 
Sin embargo, la evangelización requiere la presencia y la acción en nuevos campos, y entre ellos destaca todo lo que se podría denominar, globalmente, "cultura".
 
Al Magisterio pontificio nos remitimos:
 
"Desde luego, la cultura es un terreno decisivo para el futuro de la fe y para la orientación global de la vida de una nación. Por eso, os pido que prosigáis el trabajo que habéis emprendido para que la voz de los católicos esté constantemente presente en el debate cultural italiano y, más aún, para que se refuerce la capacidad de elaborar racionalmente, a la luz de la fe, los múltiples interrogantes que se plantean en los diversos ámbitos del saber y en las grandes opciones de vida. Además, hoy la cultura y los modelos de comportamiento están cada vez más condicionados y caracterizados por las representaciones que proponen los medios de comunicación:  por tanto, es meritorio el esfuerzo de vuestra Conferencia para tener, también en este nivel, una adecuada capacidad de expresión a fin de proporcionar a todos una interpretación cristiana de los acontecimientos y de los problemas" (Benedicto XVI, Discurso a la Plenaria de la CEI, 30-mayo-2005).
 
 


Los católicos debemos estar en el debate cultural, creando cultura y fecundándola, ofreciendo alternativas a una cultura en crisis, retomando su raíces. 
 
El logos, la razón, queda iluminado por la fe. La razón necesita la fe para recibir su completa iluminación y la fe, para no convertirse en ideología, debe ser pensada, en armonía con la razón. ¡Van las dos unidas!, pero cada una en su orden propio.
 
Mostrar que la fe no es enemiga de la razón, ni ésta contraria a la fe, lleva a una implicación evangelizadora que muestre las razones y la razón de la fe. Éste es un punto importantísimo, delicado, en el magisterio luminoso de Benedicto XVI. ¿Seremos capaces de asumirlo y dejarnos guiar por él, cambiando en mucho lo "pastoral" reducido, para pasar a algo más grande, más amplio, aunque no lo veamos tan inmediato?
 
"El paso dado por el Concilio hacia la edad moderna, que de un modo muy impreciso se ha presentado como "apertura al mundo", pertenece en último término al problema perenne de la relación entre la fe y la razón, que se vuelve a presentar de formas siempre nuevas.

La situación que el Concilio debía afrontar se puede equiparar, sin duda, a acontecimientos de épocas anteriores. San Pedro, en su primera carta, exhortó a los cristianos a estar siempre dispuestos a dar respuesta (apo-logía) a quien le pidiera el logos (la razón) de su fe (cf. 1 P 3, 15). Esto significaba que la fe bíblica debía entrar en discusión y en relación con la cultura griega y aprender a reconocer mediante la interpretación la línea de distinción, pero también el contacto y la afinidad entre ellos en la única razón dada por Dios.

Cuando, en el siglo XIII, mediante filósofos judíos y árabes, el pensamiento aristotélico entró en contacto con la cristiandad medieval formada en la tradición platónica, y la fe y la razón corrían el peligro de entrar en una contradicción inconciliable, fue sobre todo santo Tomás de Aquino quien medió el nuevo encuentro entre la fe y la filosofía aristotélica, poniendo así la fe en una relación positiva con la forma de razón dominante en su tiempo.

La ardua disputa entre la razón moderna y la fe cristiana que en un primer momento, con el proceso a Galileo, había comenzado de modo negativo, ciertamente atravesó muchas fases, pero con el concilio Vaticano II llegó la hora en que se requería una profunda reflexión. Desde luego, en los textos conciliares su contenido sólo está trazado en grandes líneas, pero así se determinó la dirección esencial, de forma que el diálogo entre la razón y la fe, hoy particularmente importante, ha encontrado su orientación sobre la base del Vaticano II.

Ahora, este diálogo se debe desarrollar con gran apertura mental, pero también con la claridad en el discernimiento de espíritus que el mundo, con razón, espera de nosotros precisamente en este momento. Así hoy podemos volver con gratitud nuestra mirada al concilio Vaticano II:  si lo leemos y acogemos guiados por una hermenéutica correcta, puede ser y llegar a ser cada vez más una gran fuerza para la renovación siempre necesaria de la Iglesia" (Benedicto XVI, Discurso a la Curia romana, 22-diciembre-2005).