Lo que más ha llegado a mi vida de la palabra caridad es que es el amor que Dios me tiene. La frase tal vez sea la siguiente: El amor (caridad) de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que nos ha sido dado. La caridad para mucha gente es algo complicado porque no saben distinguir entre diversas caridades. Para unos es un impulso de solidaridad con los demás, una limosna para los necesitados, una comida o un entierro de caridad. Casi siempre se refiere a una serie de comportamientos gratuitos que hacemos en beneficio de los demás. Uno es muy caritativo cuando es desprendido y mira mucho por los demás sobre todo por los más necesitados.

            A mí esta caridad teñida de obra de misericordia nunca me ha enamorado aunque reconozco su importancia. Actualmente es menos valorada que antes y se considera hija de un paternalismo que infravalora a la gente. Hoy, lo que se necita, nos dicen los predicadores liberadores, es enseñar a la gente a valerse por sí misma, cambiando las estructuras de pobreza, de injusticia y desigualdad que asolan al mundo, sobre todo al capitalista.

            A mí, como me sucedió con la esperanza, me costó años salir de estas encerronas sociopolíticas. Cuando estudiaba la carrera para ser sacerdote, toda ella impregnada de aristotelismos y de viejos conceptos, el tema de los demás apenas se consideraba. En la cultura del siglo XX, sin embargo, sobre todo a partir del fracaso humano que supusieron las dos guerras mundiales, el sentido del hombre y de su vida, despertaban vivo interés. Yo, como otros muchos, nos salíamos del tedio de las asignaturas oficiales y leíamos toda clase de libros que nos conectaban con el mundo del momento. En mi época la literatura predominante era el existencialismo que absorbíamos con toda el alma. Era apasionante estudiar el personalismo y el análisis cristiano, agnóstico y ateo de la condición humana, de la liberta individual, la responsabilidad, las emociones y el sentido de la vida.

            Para mí estas lecturas fueron manjar y me podía haber quedado ahí. La generación siguiente en el convento, apenas diez años más jóvenes que yo, venía ya con otra ideología. No les interesaba el hombre individual como a nosotros sino el hombre actuando en la sociedad. La teología sociopolítica y de liberación era su ilusión. Yo mantenía con ellos largas discusiones. Un verano de finales de los sesenta me encontraba en una casa de campo en un pueblo alemán llamado Gelsenkirchen, pueblo de mineros y que tiene un equipo de futbol muy conocido entre los aficionados españoles, el Schalke 04. En el chalé vecino había una chica de unos veinte años, llamada Gisela, que cuando se enteró de que yo era un existencialista se tomó muy a pecho convertirme al socialismo. Ella era acérrima de la SPD. Cada mañana, con un montón de libros bajo el brazo, venía a por mí. Nos pasábamos los días leyendo y comentando a los grandes autores marxistas heterodoxos, como Marcuse, Adorno etc., ídolos de la juventud que acababa de protagonizar en Paris en el mes de Mayo, la famosa revolución.

            La verdad es que lo consiguió. No imaginaba yo el bien que me estaba haciendo aquella chica. Su visión me facilitó a mí el tránsito a la dimensión del hombre social. Se me abrió el tema del futuro, de la esperanza. Entendí en el alma la noción de pueblo, la lucha por la justicia, el sentido de la muerte de Cristo por el pueblo. Al entrar años después en la Renovación carismática tenía el camino trillado para entender la comunidad como un pueblo que camina hacia el lugar, que siempre será mañana, donde Dios se nos revelaría. Esta visión social que me había dado la filosofía vertebró después toda la predicación que he hecho en la Renovación.

            Por aquella época luché como los mejores por trasformar el mundo, por renovar la sociedad, para dar a luz un mundo nuevo. El análisis marxista de la sociedad  con su lucha de clases, no era ajeno a mis planteamientos. Dando clases en la Universidad en Salamanca revoloteaba por las aulas el Espíritu de Gisela que dejaba al personal maravillado. En quinto de filosofía pura tenía que explicar lo que me explicó ella a mí y, en aquella España de finales del franquismo, los alumnos, bastantes de ellos  mayores que yo en edad, se quedaban extasiados.

            Unos años más tarde di un paso más en mi vida. La Renovación carismática me introdujo en una experiencia nueva, más fascinante que todas las que había tenido hasta ahora: la del Espíritu Santo. Lo sorprendente de la llegada del Espíritu a mi corazón es que me dejó tan existencialista y socialista como era en ese momento. No se metió para nada con mi pasado pero comenzó a hacer su obra que no es destructiva sino creadora de un mundo nuevo. No me acusó de nada, ni me reprochó nada en absoluto de mi vida pasada. No era su tema. Comenzó a hablarme de Jesucristo y de la comunidad.

            La palabra que aglutinó todo lo que me estaba pasando fue la palabra “gratuidad”. En la gratuidad lo primero que aprendí fue lo que es la caridad. En la primera charla del Seminario carismático ya se habla de que la caridad (amor) no consiste en que nosotros amemos a Dios sino en que él nos amó primero. La caridad es el amor que Dios me tiene. No es algo que sale de mí, no es un mandato, ni una imposición, ni una ley o precepto, es un regalo o don divino que se te da porque Dios es así, gratuitamente. Te ama y te salva gratuitamente en Jesucristo.

            Esto suena bien pero nos es muy difícil creérnoslo, porque no somos niños y estamos muy culpabilizados. Nadie nos ha amado así en la vida; al contrario, tienes que justificarte delante de todo el mundo. Poco a poco el Espíritu Santo va haciendo la obra  que consiste en infundirte esta gran verdad mediante las tres virtudes teologales. En la obra del Espíritu va emergiendo la figura de Jesucristo como objeto de fe, de esperanza y de caridad. Se trata de Jesucristo hombre, del hombre Jesús, mediador entre Dios y los hombres. Su personalidad divina es captable más tarde. El Espíritu te va haciendo querer a este hombre y te libera de la incredulidad de no aceptar que en ese ser humano habite toda la plenitud de la divinidad y de la salvación. Descubres que el amor gratuito de Dios Padre ha pasado por este hombre, por su vida, muerte y resurrección, y entonces comprendes todo el amor de Dios.

            La  caridad, pues, procede de Dios Padre y nos llega mediante Jesús que se entrega por nosotros. Tal sabiduría llega a su culminación cuando sucede en ti como experiencia porque entonces lo gozas en el centro de ti mismo. Dicen desde antiguo, “amor diffusivum sui”, es decir, que el amor es difusivo como el fuego. Por eso el que se siente amado trata de difundirlo todo lo que puede. La fe, dice San Pablo, actúa por la caridad (Ga 5, 6), cada uno a su manera, con su carisma.

            Yo tuve mucha suerte, porque cuando estaba en pleno éxito, a punto de ser catedrático, tuve que dejar la enseñanza por otros requerimientos dentro de la Orden. Seguí dando clases en Madrid y ocupando puestos, pero éstos no me impidieron del todo la predicación. Ella ha sido mi forma de amar a la gente y al mundo entero. El amor gratuito que uno recibe de Dios por medio de Jesucristo es el que hace que nosotros podamos amar a los demás fructíferamente. Las obras buenas son las que se hacen con el amor que procede de Dios y tú recibes. Cada uno en la vida es fructífero y ama con el carisma o los carismas que Dios le da. Todo lo demás es filantropía que es una cosa muy buena pero no sobrenatural.

 

Mi maestro de novicios nos decía que la forma más genuina que tiene un dominico para amar o, dicho con otras palabras, para ejercer la caridad es el predicar. Yo a los dieciocho años no entendía esto. Me parecía que el amor va por otros derroteros. Ahora, de mayor, creo que tenía toda la razón. Examinando mi vida con la ayuda del Espíritu Santo veo que la forma más auténtica de trasmitir a los demás al Jesucristo que llevo dentro ha sido el hablar de él mediante la predicación. No me importa no haber ido a las cárceles, ni haber vestido o dado de comer al pobre, ni haber dedicado mi vida a los enfermos o marginados, estoy muy contento con mi forma de haber ejercido la caridad mediante la predicación. El haber escrito algunos libros lo incluyo también dentro de la predicación. Cuánto he amado a la gente y he pedido por ella al ir escribiendo página tras página de los distintos libros. Cada uno tenemos carismas suficientes para entregarnos caritativamente a los demás. Lo importante es aprender a escuchar al Espíritu Santo.