Saber dar la vida

 

«Y dirigiéndose a todos dijo: El que quiera seguirme que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa, la salvará. ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo en­tero si se pierde o se perjudica a sí mismo?» (Lc. 9,22 s.)

El Señor nos vuelve a hablar de renuncia, de sacri­ficio, de dar la vida. No obliga a nadie a seguirlo, por­que Dios no quiere servidores a la fuerza. Nos llama, nos invita a ir tras El, a ir con El. Al Señor le entusias­ma ver cómo le siguen muchos, pero respeta hasta el máximo la libertad de todos. «El que quiera seguirme». Seguir al Señor es cuestión de querer, y se quiere cuando hay amor.

Y el Señor exige, pone condiciones: «Que se niegue a sí mismo». Es la primera condición. Tú y yo, que queremos seguir al Señor de cerca, tenemos que humillar­nos. Una persona humilde es una persona de verdad, porque la humildad es la verdad. Humildad es contem­plar a Dios lo que es y ver nosotros lo que somos. Ver su perfección y mirar nuestra miseria. Ser humildes es negar nuestro yo para afirmar el yo de Dios. Ser humil­des es vivir la presencia de Dios en nuestra vida.

“Cargue con su cruz de cada día y se venga conmi­go”. Ir con el Señor, acompañando su dolor con el nues­tro. Con paso alegre y constante. «El dolor entra en los planes de Dios. Esa es la realidad, aunque nos cueste entenderla»

(J. Escrivá, Es Cristo que pasa, n.16)

«El que pierde su vida por mi causa, la salvará». Lo importante en el mundo es comprometer nuestra vida con un ideal. Faltan héroes de la fe. Gente joven y ma­yor que pierdan la vida por Dios, que mueran en acto de servicio, en el cumplimiento de su deber apostólico.

Juan García Inza