El problema de la inmigración en Europa, y en particular en España, no es un tema menor. Y me parece profundamente injusto que de esto no se encargue la UE, sino nuestro país. El Estrecho, a ver si nos enteramos, no es sólo la frontera de España con Marruecos: es la frontera de Europa con África.
Pero las cuestiones de la alta política a mí me quedan lejos. A mí lo que me importa es tener un juicio claro sobre cómo estoy llamado a posicionarme en este tema, en virtud de mi bautismo. O sea, como católico. Porque de lo que piense nítidamente sobre este tema, dependerá mi valoración moral y, por tanto, mi comportamiento, mi compromiso personal y social, y mis exigencias a las autoridades.

A todas luces, vivir una actitud humanitaria impide negarse a acoger a quienes buscan un futuro mejor, porque en sus países, literalmente, se mueren de hambre. Pero la lógica también dice que no podemos abrir las fronteras indiscriminadamente, porque eso crearía inseguridad, fomentaría la trata de personas y agostaría nuestros recursos económicos. ¿Qué hacer, entonces? ¿Qué es lo justo? ¿Mandar a los inmigrantes a sus países de origen, aunque no sepamos bien de donde vienen o si están huyendo de una muerte segura? ¿Los dejamos en un monte de Marruecos, dejándole al vecino moro el problema, desentendiéndonos, y aunque ellos tengan que sobrevivir como alimañas? ¿O dejamos que pasen todos los que quieran, alentando a las mafias del Estrecho y consintiendo que se cuelen lo mismo personas honradas que delincuentes prófugos?

La cuestión, como digo, no es como para caer en consignas populistas, y reconozco que he tenido cierto cruce de sentimientos. Por eso, para buscar algo de luz, he ido al Catecismo.

Lo primero que me ha llamado la atención es que los puntos que hablan de los problemas migratorios están dentro de un capítulo ya de por sí bastante explícito: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Y me ha ayudado a pensar, no como un occidental que quiere preservar legítimamente lo que tiene, sino como si fuese un inmigrante.

Por ejemplo: si veo que yo, o, más aún, mi hijo, mis padres o mi mujer, estamos condenados a vivir en la pobreza, con riesgo de malnutrición y de sufrir violencia en cualquier momento: ¿Me quedo en casa, o me embarco donde haga falta para garantizar nuestra subsistencia? ¿Me resigno a ver morir a mi hijo, o lucho por él?

Si para ir a buscarme la vida, tengo que jugármela literalmente, ¿cuánta desesperación tengo que tener acumulada para dar el salto? ¿Mucha o poca? ¿Y rabia?

Si me meto en una deuda inmensa para viajar a un país que me prometen que es la salvación segura para mí y los míos, cruzo el desierto, duermo al raso, malcomo, malvivo y veo morir a amigos y compañeros de viaje, ¿me acojono cuando tengo la frontera delante de mí? ¿O planeo cómo saltarla, aunque tenga cuchillos electrificados en la punta? ¿Me quedo mirando un atardecer bucólico ante el mar, sin saber cómo estarán los míos, o me meto en una cáscara de huevo que flote, para ir nadando si hace falta, y aunque no sepa nadar, hasta un espigón lleno de policías?

Llegados a este punto, no voy a hacer más preguntas retóricas, porque corro el riesgo de rozar la demagogia. Así que pongo tal cual lo que dice el Catecismo. A mí, particularmente, me ha parecido bastante explícito e iluminador:

 

2241– Las naciones más prósperas tienen el deber de acoger, en cuanto sea posible, al extranjero que busca la seguridad y los medios de vida que no puede encontrar en su país de origen. Las autoridades deben velar para que se respete el derecho natural que coloca al huésped bajo la protección de quienes lo reciben.

Las autoridades civiles, atendiendo al bien común de aquellos que tienen a su cargo, pueden subordinar el ejercicio del derecho de inmigración a diversas condiciones jurídicas, especialmente en lo que concierne a los deberes de los emigrantes respecto al país de adopción. El inmigrante está obligado a respetar con gratitud el patrimonio material y espiritual del país que lo acoge, a obedecer sus leyes y contribuir a sus cargas.


Y un poco más adelante, matiza y aclara cuestiones muy… impactantes. Pongo las frases esenciales, pero para leer completo cada punto (lo cual es muy recomendable), pinche usted aquí:

 

2443– Dios bendice a los que ayudan a los pobres y reprueba a los que se niegan a hacerlo: “A quien te pide da, al que desee que le prestes algo no le vuelvas la espalda” (Mt 5, 42). “Gratis lo recibisteis, dadlo gratis” (Mt 10, 8). Jesucristo reconocerá a sus elegidos en lo que hayan hecho por los pobres (cf Mt 25, 31-36).

 

2444 (…) El amor a los pobres es también uno de los motivos del deber de trabajar, con el fin de “hacer partícipe al que se halle en necesidad” (Ef 4, 28). No abarca sólo la pobreza material, sino también las numerosas formas de pobreza cultural y religiosa (cf CA 57).

 

2445 El amor a los pobres es incompatible con el amor desordenado de las riquezas o su uso egoísta: «Ahora bien, vosotros, ricos, llorad y dad alaridos por las desgracias que están para caer sobre vosotros. Vuestra riqueza está podrida y vuestros vestidos están apolillados; (…)» (St 5, 1-6).

 

2446 (…) Es preciso “satisfacer ante todo las exigencias de la justicia, de modo que no se ofrezca como ayuda de caridad lo que ya se debe a título de justicia” (…).

 

2447 Las obras de misericordia son acciones caritativas mediante las cuales ayudamos a nuestro prójimo en sus necesidades corporales y espirituales (…)Las obras de misericordia corporales consisten especialmente en dar de comer al hambriento, dar techo a quien no lo tiene, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y a los presos, enterrar a los muertos (cf Mt 25,31-46). (…).

 

Para que este post no sea larguísimo, dejo otras consideraciones para más adelante. Ya me dirán ustedes qué les parece el asunto. Porque me interesa mucho saber su opinión

 

José Antonio Méndez