En medio de la crisis derivada de los anti-testimonios por parte de algunos sacerdotes que se han estado dando a conocer en las últimas semanas, conviene recordar el valor del sacerdocio, a partir de aquellos que lo supieron vivir profundamente. No para evadir el problema, sino justamente con el objetivo de enfrentarlo asertivamente, proponiendo ejemplos sobre cómo un perfil adecuado; es decir, formado y puesto en relación con Dios, consigue construir una Iglesia sana, segura. El Venerable P. Félix de Jesús Rougier (1859-1938), sacerdote, misionero, pedagogo y fundador, cuya obra se desarrolló principalmente en México, forma parte de esa lista entrañable de personas que comprendieron el valor del sacerdocio tanto ministerial como el de los laicos.

Dique contra el clericalismo:

El Papa Francisco, frecuentemente nos ha puesto en guardia frente el clericalismo; es decir, la idea, bastante seria y peligrosa, de hacer del sacerdote una figura de poder, capaz de manipular y hacer daño. Pues bien, en esa misma línea, el P. Félix de Jesús, logró tener en alta estima a los sacerdotes (ministeriales), pero dándoles su lugar a las religiosas y a los laicos. Es decir, vivió un sacerdocio sano e inclusivo. No es casualidad que de sus cuatro congregaciones, tres de ellas involucraran a las mujeres en un tipo de liderazgo que, con todo y sus necesarias relecturas, fue innovador, altamente positivo. En particular, que haya confiado a las Hijas del Espíritu Santo la formación intelectual de los niños, adolescentes y jóvenes en camino al sacerdocio. Algo inusitado en 1924. También, que pensara en las Misioneras Guadalupanas del Espíritu Santo para asumir misiones en poblados a los que los sacerdotes, por la persecución religiosa, no podían llegar para dar catequesis o en las Oblatas de Jesús Sacerdote, cuyo aporte logístico en los seminarios marcó un antes y un después.

Hoy, para que la Iglesia crezca con salud, es necesario que cada bautizado comprenda que su lugar tiene valor, aunque no sea desde el convento. Dejar en claro que el sacerdote es un medio y nunca un fin, porque eso solamente le corresponde a Dios. Por eso, el P. Félix, entendía al sacerdocio como servicio que, a su vez, debía pasar por un sólido proceso de formación. Tampoco es casualidad que varios de los Misioneros del Espíritu Santo que él formó hoy estén en proceso de canonización. Por ejemplo, los Venerables Moisés Lira Serafín, Pablo María Guzmán Figueroa y el Siervo de Dios Hno. Alfonso Pérez Larios. A los laicos, los sumó en todo. Para una muestra, su labor en pro de los Apostolados de la Cruz y del Espíritu Santo, respectivamente. No acaparaba (algo propio del clericalismo), sino que distribuía, reconocía, sumaba. Así, como sabía integrar, no corría el riesgo de sentirse único o digno de honores. Cuando subía a un taxi para moverse de Tlalpan a la zona centro de la capital, a pesar de que no faltaba el que quería regalarle el trayecto, siempre pagaba. ¿La razón? No buscaba ser un beneficiado del sistema, sino alguien coherente.

Persona de oración:

Era muy activo. Aunque fundador de colegios, hospitales y revistas, con toda la carga de trabajo que ello representa, no descuidaba su oración. Se quedaba en la capilla, incluso de madrugada. Sabía que, solamente en Dios, es posible llevar una afectividad sana, viva, capaz de darle sentido a los votos de pobreza, castidad y obediencia. Por eso decía, “ante todo contemplativos y después hombres de acción”. Sin oración, entendámoslo claramente, vienen los desajustes, incluso psicológicos. De ahí que fuera de carácter equilibrado.

Consciente de ayudar a los sacerdotes:

Puso en marcha la primera casa de asistencia sacerdotal de México. ¿El objetivo? Abrir un espacio de retiro, descanso y atención médica para que los sacerdotes, desde el desarrollo integral, estuvieran en condiciones de ejercer su tarea con calidad. En ella, creaba una sólida cultura de la prevención y de la transparencia. Humanizó a los sacerdotes, haciéndolos conscientes de la urgencia de ser coherentes, de entender el ejercicio de este en clave, digámoslo sin miedo, ¡de santidad! Su carisma, profundamente sacerdotal, le hacía prever posibles escenarios y ser muy claro en sus consejos. Era firme cuando algún joven o sacerdote debía salir de la congregación. ¿Dureza? No. Más bien, experiencia, práctica y responsabilidad para garantizar un bien en pro de la Iglesia y de la sociedad; especialmente, en el campo de la educación. Todo lo que se refería a los sacerdotes le preocupaba. Decía, nada de lo que se refiere al sacerdocio nos puede ser indiferente”.

No se hizo solo:

Detrás de la vida ejemplar del P. Félix Rougier, no está la casualidad, sino el haber recibido acompañamiento, formación y buen rumbo de parte de varias personas. En primer lugar, la presencia, clara y profunda, de su mamá, María Luisa Olanier, así como de su papá, Benedicto Rougier; sobre todo, a partir de que ella había muerto. Luego, la influencia de buenos formadores en la Sociedad de María y, por supuesto, el soporte de laicos, como la Venerable (próximamente, beata), Concepción Cabrera de Armida. A nosotros, también nos toca ayudar a los sacerdotes. A veces, desde el punto de vista material y otras incluso ubicándolos en la realidad, pues son personas de carne y hueso. No es verlos como superiores o inferiores, sino al mismo nivel, aunque a partir de un camino distinto.

Conclusión:

Tomemos modelos que inspiren en favor de los sacerdotes, de la necesidad de renovar el surgimiento de vocaciones auténticas y no de personas que quieran entrar al seminario por algo distinto a Jesús. Siguiendo el ejemplo de personas como el V.P. Félix de Jesús Rougier, ayudemos a la Iglesia, siendo hombres y mujeres coherentes con un carisma sacerdotal; es decir, abiertos a la dignidad humana, viendo en cada persona la huella de Dios que nos interpela.