A lo mejor, cuando han empezado a leer el título del artículo, han sentido ganas de decirme: "¡Pero Antequera! ¿cuántos artículos le vas a dedicar a la asunción de la Virgen?". Para sólo en un segundo momento, decir: "¡¿De la Magdalena?! ¡¿Pero es que la Magdalena también ascendió a los cielos?!".


 
            Y bien, de un dogma, desde luego, no se trata, como sí es el caso de la Asunción de María desde el año 1950. Ni siquiera de una tradición que quepa definir como consolidada… pero tampoco ocultaré a Vds. que la tradición, la pía tradición, existe… y no son pocas las iglesias donde pueden Vds. encontrarse bellísimas escenas relacionadas, como ésta que les traigo hoy, salida de los pinceles del Maestro Juan de Illán, pintada hacia el año 1560, y perteneciente al increíble retablo que me encontré por casualidad en la maravillosa iglesia de la Santa Cruz, en un pueblito tan pequeño como bonito, Liceras, provincia de Soria, 35 habitantes censados, en el que me hallaba yo para escuchar, eso sí, en primera fila, el maravilloso concierto que daba la Orquesta y Coro Filarmonía, con piezas tan extraordinarias como el Ave Verum de Mozart, el Gloria de Vivaldi, el Himno a la Esperanza del joven compositor español Pablo Peláez, o el estremecedor Agnus Dei de Barber, que les invito a escuchar.
 
 

            Pero volviendo al tema que da título al artículo, la asunción de la Magdalena a los cielos en cuerpo y alma, lo primero que se ha de decir es que a la susodicha asunción acostumbra a llamársele “tránsito”, palabra que no debe sonarnos tan rara, pues es también la que con frecuencia se utiliza para referirse a la que conocemos mejor como la Asunción de María, hasta el punto de que el apócrifo más cercanamente asociado a dicho dogma mariano es el llamado “Libro del Tránsito”. Ahora bien, contrariamente al tránsito de María, el de Magdalena no se produce al final de sus días, ni implica su asunción al cielo sin morir, sino que es de otra naturaleza.
 
            La tradición remonta a muy antiguo y la recoge Jacobo de la Vorágine en su célebre hagiografía la Leyenda Dorada, escrita hacia el año 1264, donde la relata de la siguiente manera:
 
            “Sobre Santa María Magdalena existe una historia escrita por unos según Hegesipo y según otros por Josefo […]. En efecto, en esta mencionada historia, sea de Hegesipo o de Josefo y en uno de sus capítulos, se refiere que María Magdalena, ya fuese por la intensidad de su amor a Cristo, ya por la tristeza y vacío que la ausencia del Salvador produjo en su alma, no quería ver a nadie y que cuando llegó a la tierra de Aix se refugió en el desierto en el que escondida y aislada del mundo, vivió treinta años a lo largo de los cuales siete veces cada día un ángel la subía al cielo para que asistiera a la celebración de las horas canónicas que en la gloria se cantaban. En la misma historia se cuenta que en cierta ocasión se acercó un sacerdote a la celda en que ella vivía, y que la santa desde dentro, a través de la puerta que siempre permanecía cerrada, le pidió que le llevara ropa con la que vestirse, y que cuando el sacerdote hubo hecho este encargo, vestida con las prendas que le proporcionara, se fue con él a una iglesia para que le administrara la comunión, y que una vez que hubo comulgado juntó sus manos en actitud de oración y mientras oraba, junto al altar, entregó su alma a Dios y descansó en paz” (op. cit. 96).
 
            Ni que decir tiene que la leyenda no soporta el menor análisis exegético: ¡pretender que ya en vida de la Magdalena hubiera rezo de la horas, sacerdotes que administraban la comunión…! Y no en Palestina o en Roma, no, ¡en Francia! ¡Y ello, por no hablar de la posibilidad de que el historiador judío Josefo, que apenas le dedica cinco líneas a la existencia de Jesús que constituyen, por otro lado, las cinco líneas más comentadas y debatidas de la historia de la literatura mundial, pierda un solo minuto de su tiempo a la asunción a los cielos siete veces al día de una mujer que vive en pelotas en una cueva en un pueblo perdido de Francia...!
 
            Pero ahí está la tradición, con, como poco, bellísimas manifestaciones… aunque ninguna o casi ninguna tan maravillosa como la que hoy les traigo a estas líneas, ¿o no están de acuerdo? En Liceras, a 150 kilómetros de Madrid, a doce kilómetros del increíble yacimiento arqueológico romano de Tiermes, no les digo más...
 
            Dedicado a Asun (en el día de su santo) y a Alex.
 
 
            ©L.A.
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