Cuando estuve -por espacio de unos meses- viviendo y estudiando en Montreal, provincia de Québec, Canadá, me iba -a modo de paseo y, por supuesto, de ejercicio- con un amigo a recorrer el parque “Mont-Royal” (Monte Real). Íbamos por la tarde, al salir de la escuela de idiomas. Desde el primer momento, me gustó el ambiente natural, así como la vista panorámica del circuito financiero, sobre el que resalta la cúpula de la basílica-catedral que lleva el nombre de “
Marie-Reine-du-Monde” (María, reina del mundo). Me tocó ver el cambio de color de las hojas de los imponentes árboles según las estaciones del año, hasta verlas cubiertas por la nieve que les da un toque especial, digno de una postal.

Al subir las escaleras que nos acercaban a la superficie elevada del parque, me imaginaba a Jesús subiendo para orar en el monte (cf. Lc. 6,12), mientras se dejaba encontrar por el Padre Dios, adentrándose en un diálogo marcado por la profundidad y la confianza. Hacía un alto en el camino, para poder estar con aquél que lo había enviado. También a nosotros nos hace falta darnos ese mismo espacio de encuentro con Dios. Vivimos muy apurados, en constante movimiento, pues no acabamos de llegar a un lugar cuando ya nos estamos yendo a otro. Como Jesús, podemos vivir la experiencia -amable y cálida- que trae consigo la oración, el diálogo entre dos personas que se conocen, que quieren compartir el tiempo y, con ello, la vida.

Tenemos que hacer un hueco diario en nuestra agenda, pues sin la oración es fácil perderse en el activismo que da lugar al estrés. Hay que darle prioridad a nuestro encuentro cotidiano con Cristo, incluso cuando no lleguemos a sentirlo con la misma intensidad de otras veces. “Subir al monte”, significa buscar ese espacio o rincón agradable para escuchar -en medio de tantas voces- la voz de Dios. Ir a Mont-Royal, me ayudaba a contemplar su huella en la naturaleza, un poco al estilo de San Francisco de Asís, quien disfrutaba mucho de los paseos por el bosque. Más que hablar con Jesús, nos toca estar con él, pues llega un momento en el que hasta las palabras resultan insuficientes para poder expresar todo lo que mueve en nosotros.

La oración no es mera una recomendación piadosa, sino una necesidad que brota del interior del ser humano, es algo que ya traemos, aun cuando parezca que podemos irnos por la libre, haciendo de Jesús un simple personaje del pasado. Cristo vive en medio de nosotros; sin embargo, hay que reconocerlo y, desde ahí, disfrutar de su presencia y de las sorpresas que nos trae para romper los esquemas que nos ahogan, impidiéndonos vivir con mayor libertad y responsabilidad. Subamos -como Jesús- al monte, entrando de lleno en el misterio del Dios que busca lo mejor para nosotros. 

Fuente de la fotografía: wikipedia.org