Me encuentro fuera de España por unos días debido a una luctuosa circunstancia familiar que me ha  traído de visita a República Dominicana.

En estos días pensaba en escribir de la evangelización, la Conferencia de Alpha de Londres donde ha asistido el Cardenal Schönborn cuya intervención citó Sandro Magister el otro día diciendo equivocadamente que el cardenal celebró en latín y de espaldas, o las mil cosas que se están moviendo para este verano.

Pero la realidad se impone, y estando aquí hay que hablar de lo que es propio del lugar. Le decía el otro día a un amigo que lo que tiene este país que más me llama la atención es su religiosidad.

Aquí el nombre de Dios está en todas partes, y no sólo porque haya iglesias o se vean mensajes religiosos. La gente lo lleva en la cultura, pero en muchos casos hay además una fe viva que es la envidia de todos los sacerdotes españoles que conozco que vienen por aquí.

Déjenme contarles un par de anécdotas. Jugaba yo el otro día al baloncesto en los terrenos de una parroquia muy conocida de aquí regentada por carmelitas españoles, San Judas Tadeo, que además tiene un colegio aledaño.

Antes de empezar el partido mi amigo Lolo reunió a todos los jugadores en círculo y les invitó a orar para bendecir la pachanga que íbamos a echarnos. “¡Fulanito, ora tú por favor!” Y fulanito empezó a orar en voz alta encomendando a Dios el partido, los tobillos, la deportividad y que pasáramos un buen rato.

Obviamente yo encantado, y me hacía la reflexión del contraste con los partidos que juego en España donde más bien me dedico a hacer actos de reparación por lo bajini cada vez que alguien suelta una blasfemia a modo de improperio.

Jugando en la pista de básquet de la parroquia me acordé de tantas y tantas obras de la Iglesia en España donde los usuarios ni son cristianos, ni se intenta seriamente que lo sean, y no pude evitar preguntarme si acaso no nos convendría plantearnos seriamente a qué nos estamos dedicando con colegios, esplais, campamentos y mil cosas más. Como decía Mons. Novell en Ponferrada para justificar sus recortes en delegaciones no evangelizadoras: queremos hacer hermanos no contentarnos con tener usuarios.

Pero hay más, esta mañana me encontraba yo en una oficina esperando ser atendido. En esto que pasa un señor de condición humilde por la sala de espera donde estamos sentados cinco personas y en vez de dar los buenos días va y dice “¡Cristo los ama!” Ni se para ni nos mira, simplemente nos bendice según atraviesa la estancia, a lo que mi mujer y yo respondemos con todas las ganas “¡Amén!”.

Y es que aquí se puede hablar de Dios sin que a uno le miren raro y se puede usar como despedida un sentido “Dios te bendiga” a modo de adiós o de dar las gracias. Recuerdo una mañana de domingo, en otro viaje, en la que paseando el perro me crucé en un parque con un señor que me lanzó el Dios le bendiga a modo de saludo. En España a lo sumo los buenos días…

Después de la oficina nos fuimos al banco, a hablar con el gerente, y cómo estábamos pidiéndole un papel que tenía que llegar antes del viernes, nos dice “no se preocupen que con Dios delante, el papel estará aquí para el viernes”.

Qué decir sino amén con una sonrisa en los labios, pensando cómo en España hasta nos da vergüenza santiguarnos en la calle al pasar delante de una iglesia o simplemente al iniciar la jornada. Siempre recuerdo la anécdota de Chus Villarroel contando cómo aún siendo cura sintió respeto humano a la hora de santiguarse antes de zambullirse en una piscina municipal, hasta que venciendo su lapsus secularista lo hizo, se liberó y le cogió gusto al asunto haciendo de su ostentoso santiguarse costumbre en lo sucesivo.

Con vivencias así uno se hace el propósito de recuperar expresiones que son tan nuestras como “si Dios quiere”, “Dios mediante”, “con la ayuda de Dios” y muchas más. No hace falta que estemos en una situación de vida o muerte para sentirnos con licencia para invocar a Dios y pedirle que bendiga a una persona o una situación.

Aquí cuando uno ve a un niño pequeño lo que le dice a la mamá es “¡Qué lindo, Dios lo bendiga!” y en general se dice hasta que los niños están bien creciditos.

Desde luego el lenguaje es el reflejo de un uso social, y no es casualidad que aquí se vayan perdiendo tradiciones, porque la secularización también afecta a Latinoamérica. Antes era lo habitual por ejemplo saludar al padre diciendo “Bendición papi” a lo que el padre respondía “Dios te bendiga hijo” palabras que se repetían al dar las buenas noches para acostarse.

Uno se siente el patriarca Jacob mismo cuando su hijo le pide la bendición y desde luego para eso estamos los padres, para cuidar lo que Dios nos da y pedir que Dios lo bendiga abundantemente.

En este bendito país donde hay tantos afanes y la vida es tan complicada – Latinoamérica ni es fácil ni tiene el bienestar que tiene Europa- hay muchas cosas que no se han perdido.

Quizás por eso se ven niños por todas partes y algo que llama poderosamente la atención es que es que la media de edad para ser padres es de diez años menos que en nuestro país, donde tenemos la desgracia social de empezar a tener hijos bien entrada la treintena y encima lo hacemos con cuentagotas.

Estando aquí yo me pregunto si la vida de nuestros abuelos sería muy diferente a la que se ve por aquí, con familias llenas de la alegría de los hijos, muy unidas, y con un sentido de Dios que desde luego se intuye que fue parte constituyente de nuestras costumbres y maneras.

Aunque claro, en España siempre ha habido dos maneras de entender la vida y por desgracia también la relación de Dios, siendo nuestro país una nación de extremos donde tristemente la religión ha sido objeto de división y persecución.

Desde luego si me dan a elegir entre una sociedad sin Dios que vive en la abundancia material o una sociedad que muchas veces sólo tiene a Dios para paliar lo que la riqueza del país no da, me ponen en una disyuntiva porque en el fondo estoy mucho más aferrado a la comodidad de lo que me creo.

Tengo dos amigos sacerdotes que vienen de misiones-vacaciones para acá siempre que pueden. Obviamente sus vacaciones consisten en dar misas por doquier, ponerse como el kiko a confesar, atender un porrón de gente y maravillarse al ver la acción de un Dios vivo sobre un pueblo que cree con corazón de niño y por eso es bendecido por Dios.

Sus vacaciones consisten en sentirse más sacerdotes, más aprovechados, más enviados de lo que a veces se sienten en lugares donde la fe se ha vuelto árida y Dios es un convidado de piedra que sólo sirve para los funerales, la fiestas patronales y algún que otro despistado o beatorra.

No es la realidad de todo sacerdote en España, pero sí la de muchos, y cuando los ves aquí te das cuenta de que sanamente envidian lo que tiene este pueblo latinoamericano y es tan difícil hallar en nuestros lares.

Qué problema para los obispos que tienen la responsabilidad de despertarlos a su realidad llamándolos a volver y amar el camino que Dios les ha dado; doy fe de que aman a sus gentes hasta la cruz con un cariño sacerdotal de finísima santidad.

Estando aquí uno se pregunta, ¿no podrían ser las cosas de otro modo en España? Y lo que es más sangrante, ¿hasta cuándo nos dedicaremos a apuntar con el dedo al secularismo ambiente en vez de asumir nuestra responsabilidad y empezar a vivir en otra clave?

Porque si el nombre de Dios no está en la calle, ni en los letreros de los taxis como aquí, ni en las pintadas de los muros, es porque nosotros los cristianos no lo usamos. Lo guardamos para la parroquia o para utilizarlo cuando vemos al párroco.

Somos nosotros los que no bendecimos a los hijos de nuestros amigos, los que no decimos amén por la calle, los que no oramos en voz alta antes de empezar un partido, los que preferimos un televisor y un coche último modelo a un niño más y quienes nos hemos autocensurado limitándonos al espacio de los cuatro muros de una parroquia donde podemos desahogar nuestro beaterío.

Aquí ni los muros bastan para callar lo que la gente lleva dentro, e igual que suena a deshora la fiesta del barrio de al lado con su bachata, todos los sábados y domingos de guardar tenemos que oír los cantos, los gritos y las alabanzas cuando se congregan los de la iglesia evangélica aledaña a la casa de mi suegra.

Con todo el respeto para el Corpus Christi, nos contentamos con vestigios de lo que fue una sociedad cristiana, y confinamos la expresión religiosa a las fiestas, a las procesiones de guardar y los lugares estipulados. Y cuál es la paradoja de ver cómo todo eso acaba por ser invadido por el secularismo y la falta de Dios, para asistir a lamentables espectáculos pseudoreligiosos de gente que nunca va a una iglesia pegándose por agarrar la borla del manto de una Virgen procesionaria.


Y nos contentamos y nos enorgullecemos de nuestra vieja cristiandad,  echándole las culpas a la falta de interés por Dios de nuestros contemporáneos…y no sabemos dar una bendición a un pobre mientras le damos un saco de comida porque preferimos anestesiar nuestra conciencia pensando que con eso basta.

Al final no sé quién tiene más culpa, si los tibios, los enfriados, o los que supuestamente estamos todo el día en la iglesia. Lo que está claro es que todos tenemos algo de ella, y que si queremos cambiar las cosas tendremos que hacer algo más que bendecir la mesa exclusivamente cuando nos reunimos con amigos cristianos…

Son muchas las cosas que a uno se le inflaman viendo que podrían ser de otra manera donde vive, y doy gracias a Dios por estos días así como por el camino que me ha llevado a familiarizarme con este mundo tan distinto que nos es hijo en la fe y que en muchos sentidos nos podría enseñar como un padre.

Bendita tierra latinoamericana esta que tiene tanto que ilustrar en lo religioso, a la vez que necesita tanto en lo material. Cuántas veces la bendición de lo material es lo que nos aleja de la bendición del cielo porque no la sabemos usar para Dios…

Ojalá nos podamos reconocer en estas gentes y costumbres, para descubrir algo que nos dejamos aquí hace muchos años: la cristiandad, y así podamos recuperarla trayéndola de vuelta a España.