Un pueblo fugitivo a entrado en sus vidas poniendo todo patas arriba. El alcalde no puede dormir esa noche. Ha vivido demasiadas experiencias extremas. Los acogieron porque huían de la muerte y necesitaban refugio, pero nunca pensó que todo se complicaría tanto. Ahora el enemigo de ellos es el suyo y la muerte les asedia a todos. La única salida que han tenido los comandantes acogidos ha sido autosacrificarse por los suyos, aunque aparentemente, ha sido una acción poco productiva.
El alcalde, a pesar de la cercanía, nunca conoció al rey de ese pueblo. Había oído hablar de él, como un gran rey, misericordioso con los suyos y bondadoso con todos... quizás en exceso. Un gran rey, sin duda, pero no tanto como su padre. Del viejo rey contaban leyendas e historias grandes y magníficas que atravesaban la historia de los pueblos de la zona. Esas historias las conocía perfectamente y habían producido en él una gran admiración y curiosidad. Pero de su joven hijo las referencias habían sido, cuando menos, contradictorias o poco claras. Un rey bueno, pero... ¿Débil?
Ahora había conocido a sus soldados, a sus oficiales y comandantes y éstos, siguiendo el ejemplo de su rey, habían hecho algo inaudito y muy generoso... pero poco eficaz. El rey ofreció su vida para que su pueblo tuviera una oportunidad de salvación y ellos doce se habían enfrentado contra diez mil, acabando con unos trescientos, pero... ¿Qué era eso, ante tan gran afrenta?
Un grano de arena.
El alcalde da vueltas y vueltas en su catre buscando una solución al entuerto en el que se encuentra. La única salida y la que mejor él conoce es negociar. A pesar de que eso les conduzca a una vida de limitación y sometimiento, pero conservarán la vida. ¿Pero con qué negociar? Esa mañana, había estado a punto de capturar a los comandantes y entregarlos al enemigo como una apreciada moneda de cambio, pero ahora... Solo quedaba una vida que los asediadores apreciarían: la madre del rey.
En estas elucubraciones está enfrascado el alcalde cuando una voz extraña a él, surge de la profundidad de su interior:
—Deja de perseguirme. No te resistas más y lucha conmigo, no contra mí.
¿Un sueño o una alucinación provocada por su agitado estado?
No. Él reconoce lo imposible. La voz del rey. Nunca le conoció en vida, sin embargo, tenía la certeza absoluta de que era su voz.
Y si esto era así... toda cambiaba.

La madre del rey se despierta por el murmullo en la plaza. A penas ha salido el sol y la ciudad bulle. No acierta a entender lo que pasa. Se viste y sale a la calle sin demora. Recorre las calles acompañada de las gentes que se dirigen inquietas de la misma forma que ella, hacia el centro del pueblo. Cuando dobla la última esquina se encuentra con un espectáculo insospechado. El alcalde grita y anima a su pueblo a combatir:
—¡Amigos y hermanos! Todos vimos ayer el acto heroico de esos hombres que se atrevieron a enfrentarse con el enemigo aún arriesgando y entregando su vida. Ahora yo os digo. ¿Queréis vivir de rodillas o morir de pie? Si nos entregamos al ejército que nos asedia, si claudicamos y aceptamos su soberanía, perderemos nuestra libertad y viviremos con miedo siempre, pero si oponemos resistencia como hicieron nuestros soldados ayer... Quizás haya una esperanza.
Después de unos minutos más de arenga y de ánimos, el pueblo está convencido. Saldrán a combatir. Usarán la misma táctica que habían visto el día anterior. Saldrán en pequeños grupos firmemente unidos, protegidos por grandes escudos y se moverán con la fuerza de sus almas en distintas direcciones con distintos objetivos. Saliendo varios grupos a la vez, el enemigo tendrá que dispersarse en varios focos de atención y aunque todo este planteamiento no deja de ser insuficiente para ganar la guerra, por lo menos podrán presentar batalla y sentirse orgullosos de sí mismos.
El miedo ha dejado paso a la generosidad.
La madre del rey se acerca al alcalde una vez terminado el improvisado mitin:
—Querido, ¿Lo has pensado bien? Solo cuentas con unos pocos oficiales y soldados. Los demás son comerciantes y gentes sencillas que no saben nada de empuñar una espada.
—¿Desconfías? Tu diste a luz un hijo y ese hijo fue rey y ese rey dio la vida por los suyos. Su espíritu invadió a sus comandantes y ahora se me ha presentado a mí. El último de ellos, sin merecerlo, ni buscarlo. No dudes que nos ayudará a todos—el alcalde hace una pausa y con un gesto de ternura, acaricia la mejilla de la reina—, mira, he vivido toda mi vida entre negocios y diplomacias, pero con un miedo interior que me ha paralizado siempre para arriesgar y sentir. Desde que vosotros entrasteis en mi ciudad he vivido más intensamente que en toda mi vida. Me habéis hecho sentir vivo y libre.He comprendido a tu hijo el rey y a sus amigos. Al final la vida o se entrega o se pudre.
Ambos se funden en una mirada llena de confianza y comunión. El espíritu les une.
Mientras se aleja de la madre del rey, el alcalde comienza a organizar y dar ordenes. Todos se arremolinan a su alrededor para recibir indicaciones y menesteres y parten raudos en diferentes direcciones de la ciudad a cumplir con su misión. Pero uno de ellos no se moverá en los límites de la ciudad, sino que deberá salir fuera. Rápidamente ensilla su caballo y se prepara para escapar por una puerta secreta que existe en el fondo del barranco que circunda la ciudad. Por allí tendrá que vadear el río y salir sin ser visto, para avisar a las ciudades vecinas y pedir ayuda...

Al tercer día, desde la primera salida de los valientes comandantes, las puertas vuelven a abrirse. El comandante al frente de los asediadores es avisado por su lugarteniente:
—Mi señor, las puertas de la ciudad han vuelto abrirse y de nuevo han aparecido formaciones como las del otro día. Esta vez son cinco de unos cuarenta soldados cada una. Se han dispuesto a lo largo de todo el frente de batalla.
El asesino y hermano del rey sale de su tienda enfurecido:
—Vine en busca de venganza, quise saldar cuentas con mi padre, mi hermano y mi pueblo, vine buscando acabar con mis fantasmas... y mis enemigos se han multiplicado,—ciñéndose su espada y recogiendo su casco de combate, exclama—mi destino está escrito. No puedo echar marcha atrás. Aplastemos a esos desdichados.

Las puertas de la ciudad se cierran tras ellos. El alcalde lidera la formación del centro que se encargará de la catapulta y la torre de asalto que hay enfrente. El grupo se aferra unos a otros y ven cómo el enemigo se lanza sobre ellos.
—¡Aguantad!
Esta vez los enemigos están sobre aviso y no van a permitir que las formaciones avancen lo más mínimo. La embestida es brutal y las lanzas se quiebran ensartadas en los cuerpos. Las cinco formaciones se ven frenadas por miles de oponentes y el avance se hace imposible, pero los soldados sacan fuerzas sobrehumanas del espíritu del rey que pervive dentro de ellos y se mueven metro a metro hacia sus objetivos.
En el centro, el soldado que forma a la izquierda del alcalde le avisa entre sangre y sudor:
—Mirad allí, mi señor, al Noroeste.
Sin dejar de empujar con su escudo a los atacantes que tiene encima, el alcalde acierta a mirar a lo lejos. Un ejército de unos mil hombres desciende por ladera que muere a los pies del barranco. Una ciudad vecina a respondido milagrosamente a la llamada de auxilio.
Casi al mismo tiempo el soldado que lucha a la derecha del alcalde le avisa igualmente:
—Y por allí se acercan otros.
Por el Oeste avanza otro contingente que también viene en socorro de la ciudad asediada.
—¡Aguantad y luchad, que las horas son duras! ¡El destino de los héroes es la leyenda y el de los mártires es... el cielo!—grita el alcalde mientras la formación sigue adelante hacia su meta—¡En el nombre del... rey!


“Pero lo que era para mí ganancia, lo he juzgado una pérdida a causa de Cristo. Y más aún: juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo,(...) hasta hacerme semejante a él en su muerte, tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos. No que lo tenga ya conseguido o que sea ya perfecto, sino que continúo mi carrera por si consigo alcanzarlo, habiendo sido yo mismo alcanzado por Cristo Jesús. Yo, hermanos, no creo haberlo alcanzado todavía. Pero una cosa hago: olvido lo que dejé atrás y me lanzo a lo que está por delante, corriendo hacia la meta, para alcanzar el premio a que Dios me llama desde lo alto en Cristo Jesús” (Fl 3,7)

“Porque yo estoy a punto de ser derramado en libación y el momento de mi partida es inminente. He competido en la noble competición, he llegado a la meta en la carrera, he conservado la fe” (2Tm 4, 6)

En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto. El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guardará para una vida eterna." (Jn 12, 24) 

 
Homenaje a mi padre que pasa por momentos delicados de salud.
Siempre ha sido un ejemplo de fortaleza y generosa entrega por los suyos.