Tienen toda la razón, más razón que un santo, santo agnóstico ¡desde luego!.

 

El gobierno autónomo del Principado de Asturias, en   concreto su Consejería de Educación, ha decretado que, de ahora en adelante, las vacaciones que la comunidad educativa disfruta entre finales de diciembre y principios de enero pase a denominarse “Vacaciones de Invierno” en lugar de “Vacaciones de Navidad”, así como que las celebradas coincidiendo con el domingo más próximo a la primera luna llena de primavera reciban el nombre de “Vacaciones del Segundo Trimestre” en vez de “Semana Santa” , obvia decir que no hace falta renombrar las de verano, que el solsticio de junio no es materia socialmente discutida, salvo que el Tribunal Constitucional dictamine otra cosa.

 

Y, mientras tanto,  ya tenemos formado el coro habitual de plañideras “católicas” llorando por las esquinas, llevándose las manos a la cabeza mientras repiten el mantra de la “libertad religiosa” a modo de sortilegio contra decisión tan arbitraria, pero, ¡¿qué querían?!.

 

Se hace realidad, una vez más, aquello de “poner altares a las causas y cadalsos a las consecuencias”. Porque ya me dirán ustedes que razones hay para mantener festivas, y públicamente reconocidas, la Navidad y la Semana Santa si el estado ha de ser aconfesional. ¿Por qué deberían gozar de tal estatus?, ¿por estar sustentadas en una mayoría de practicantes o creyentes? ¿por mantener una costumbre? ¡a ver! ¿Por qué?

 

Si la razón para que públicamente se celebre la Navidad y la Semana Santa se basa en el hecho de ser así querido por una mayoría de ciudadanos deberíamos realizar periódicas consultas populares para ver si cada año celebramos la Navidad, el Ramadán o la fiesta del botijo.

 

Si lo que se esgrime es una supuesta costumbre he de decir que como cristiano la detesto. La Tradición no es repetición, costumbre o simple inercia. No me interesa, y en realidad no le interesa a nadie, un hecho por el simple motivo de ser repetido machaconamente a lo largo de la historia de la humanidad. Si me interesa la Tradición como transmisión Viva de la fe, de la Verdad.

 

Por ello queridos hermanos que defendéis la aconfesionalidad del estado “os jorobáis”, y nos jorobáis de paso he de añadir, porque “de aquellos polvos vienen estos lodos”. Ojala sirvan estos ataques contra lo poco de cristiano que queda en España, en todo occidente en general, para que se abran vuestros ojos.

 

Si no construimos una sociedad cristiana la destruimos, no caben términos medios.

 

Que España no es católica es un hecho. Un hecho que muchos vivimos como una tragedia, con el ideal y la esperanza de reconquista, y que muchos otros, católicos me refiero, viven como una meta de modernidad ya alcanzada felizmente.

 

A estas alturas alguno me saldrá con aquello del evangelio “Dad a Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios”, olvidando que en última instancia hasta el Cesar es de Dios, o me recordará las palabras de Nuestro Señor “Mi Reino no es de este mundo”, ignorando que Jesús es Señor de Cielos y Tierras, de Vivos y Muertos.

 

Pues bien, si interpretáis estas dos citas Evangélicas como señal de la total independencia y separación de las esferas religiosa y civil haced el favor de no seguir quejándoos.

 

La cuestión es simple: ¿creemos o no creemos que el evangelio contiene la Verdad, y por tanto aquellos principios antropológicos que deben fundamentar la sociedad y las leyes para alcanzar el bien común y que por tanto deben ser reconocidas y asumidas por el estado?,  ¿creemos o no creemos en los derechos de Dios?.

 

La confusión eclesial acerca de la doctrina de la Iglesia respecto de la confesionalidad del Estado alcanza en la actualidad tintes apocalípticos. La mayoría de los cristianos se han quedado con cuatro frases sacadas de contexto y pasadas por el tamiz de lo “políticamente correcto” y todos creen que a partir del Concilio Vaticano II, ese mismo Concilio cuyos documentos muchos citan y muy pocos han leído, la doctrina de la Iglesia acerca de la confesionalidad ha cambiado. Cierto es que muchos pastores, contra la Tradición de la Iglesia, así lo enseñan y que algunos pasajes de los documentos del Concilio están expresados con un lenguaje lo suficientemente ambiguo, debido al tiempo tan confuso y cobarde que se vivió en la Iglesia de aquellos años ante lo que parecía una victoria inevitable y global del ateísmo comunista, como para prestarse a este tipo de manipulación. Tampoco debemos olvidar, llevados de una ingenuidad bobalicona, la infiltración que desde hace tiempo padece la Iglesia, tal como denunció, entre otros, un papa tan poco sospechoso como Pablo VI, ¿recuerdan aquello del humo de Satanás?.

 

   Según nos han recordado los últimos Papas el Concilio Vaticano II debe ser entendido en continuidad con el Magisterio anterior y la Tradición de la Iglesia. Para quien bien quiera formarse dejo las siguientes referencias enlazadas a la página web de la Sede de Pedro, Obispo de Roma, Vicario de Cristo en la Tierra y Piedra que sostiene la edificación de la única y verdadera Iglesia:
 

CARTA ENCÍCLICA QUAS PRIMAS DEL SUMO PONTÍFICEPÍO XI SOBRE LA FIESTA DE CRISTO REY

CARTA ENCÍCLICA IMMORTALE DEI DEL SUMO PONTÍFICE LEÓN XIII SOBRE LA CONSTITUCIÓN CRISTIANA DEL ESTADO
 

 

CARTA ENCÍCLICA LIBERTAS PRAESTANTISSIMUM DEL SUMO PONTÍFICE LEÓN XIII SOBRE LA LIBERTAD Y EL LIBERALISMO

 

 

 

 

Germán Menéndez  

Menendez.german@gmail.com