Pentecostés es la culminación de la fiesta de Pascua, la celebración del misterio de la resurrección de Jesús, celebración que ha durado cincuenta días. Hacemos memoria, recordamos que la primera comunidad de los cristianos recibió el impulso y el don que les hizo capaces de superar el miedo, de anunciar la Buena Noticia de Jesús de Nazaret a las gentes. Nosotros, reunidos en la Iglesia por la acción de ese Espiritu, tambien hemos recibido ese don, también estamos comprometidos con la tarea de anunciar el Evangelio.

Por eso, celebramos el Dia de la Acción Católica y del Apostolado Seglar, teniendo como telón de fondo el lema: "Testigos de la fe en el mundo". O lo que es lo mismo, ser y sentirnos "enviados especiales de Dios" a la sociedad de nuestro tiempo.

El regalo ya ha sido hecho. El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espiritu Santo que se nos ha dado. Ahora nos toca ser dóciles a ese Espiritu, escuchar sus mociones, dejarnos aconsejar por la suavidad de su caricia. Su soplo es suave en nuestro rostro, pero es fuego en nuestras entrañas: nos llama a salir, a amar y a dar la vida por la comunión de los hombres y mujeres de este mundo. A ello hacía alusión el Papa Francisco en su Carta a la Conferencia Episcopal Argentina:

"Una Iglesia que no sale, a la corta o la larga se enferma en la atmósfera viciada de su encierro. Es verdad tambien que a una Iglesia que sale le puede pasar lo que a cualquier persona que sale a la calle: tener un accidente. Ante esta alternativa, les quiero decir francamente que prefiero mil veces una Iglesia accidentada que una Iglesia enferma. La enfermedad típica de la Iglesia encerrada es la autorreferencial: mirarse a sí misma, estar encorvada sobre sí misma como aquella mujer del Evangelio. Es una especie de narcisismo que nos conduce a la mundanidad espiritual y al clericalismo sofisticado, y luego nos impide experimentar "la dulce y confortadora alegría de evangelizar".

El Papa nos invita a "salir", no "a estar en otro lugar", sino a "buscar" a los alejados, a los que se sienten o se encuentran perdidos, a los que tienden su mano en busca de ayuda. Un cristiano será siempre un "enviado especial de Dios", con la mejor noticia de la historia, en los pliegues del corazón: "Nos ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor". Una luz brilla en el horizonte, unas manos infinitas nos sostienen, un regazo nos espera... El cristiano ha de ser testigo de la esperanza, pero también "un buen samaritano" que lleva a los corazones el bálsamo suavísimo de un Dios que nos acoge, nos perdona, nos ofrece los verdaderos caminos de la salvación. Allá donde haya un problema, hará falta una palabra de orientación que lo resuelva; allá donde haya una herida, hará falta una mano amiga que la cure; allá donde haya una soledad o un lamento, hará falta la presencia de alquien que acompañe. El cristiano saldrá de sus inter4eses personales y se pondrá en camino para buscar, alentar, iluminar, sostener, curar, acompañar... El apostolado seglar no consiste en pronunciar grandes discursos, sino en tender la mano para formar un puente de amistad, de esperanza, de fe y de ilusión con nuestros hermanos.