De nuevo aparecen en el horizonte tensiones ante la reforma de la ley del aborto. Quisiera hablar con racionalidad, con frialdad y con sentido común.

Una de las frases que se dicen en estos días, es que el gobierno se deja llevar por lo que dice la Iglesia. La Iglesia ni gobierna ni quiere gobernar. No debe sin embargo dejar de predicar su doctrina y su moral, aunque sean muchos los que no la acepten. Y no sólo tiene el derecho de hablar sino el deber de hacerlo. De entrada, recuerdo que así como los políticos deben aceptar las normas de su partido, también todos los católicos deben aceptar la doctrina y la moral de la Iglesia.

Algunos políticos han dicho que si se cambia la ley del aborto habría que romper el concordato con la Santa Sede, porque eso supondría que es la Iglesia quien gobierna. Dicen, además, que cambiar la ley del aborto supone retroceder ante los avances que se han logrado. Pero yo preguntaría: avances ¿hacia dónde? ¿hacia la muerte o hacia la vida? También hay quienes hablan mucho de la libertad y de los derechos de la madre porque es dueña de su cuerpo. Pero ¿por qué no hablan también de los derechos del niño? Porque no es dueña de la vida del niño.

Y viene una pregunta clave: ¿Puede el Estado autorizar el aborto en algunos casos? La misma pregunta en otras palabras: ¿Tiene el Estado competencia para autorizar la supresión de vidas inocentes? Lógicamente puede haber distintas respuestas: desde quien dice que cualquier mujer puede abortar porque la mujer es dueña de su cuerpo, hasta la respuesta de la Iglesia que dice que el aborto producido directamente siempre es inmoral porque se trata de suprimir una vida humana y toda vida, desde la de quienes ocupan los primeros puestos en la sociedad hasta la vida del todavía no nacido, tiene la misma dignidad. ¿O es que hay vidas de primera y de segunda?


1. Ver cuál es la enseñanza de la Iglesia

Aporto sólo un texto de los muchos que se pueden aducir: Juan Pablo II, en la Encíclica Evangelium Vitae, 62 ha dicho: “Con la autoridad conferida por Cristo a Pedro y a sus Sucesores, en comunión con los Obispos de la Iglesia católica, confirmo que la eliminación directa y voluntaria de un ser humano inocente es siempre gravemente inmoral. Esta doctrina, fundamentada en aquella ley no escrita que cada hombre, a la luz de la razón, encuentra en el propio corazón (cf. Rm. 2, 1415), es corroborada por la Sagrada Escritura, transmitida por la Tradición de la Iglesia y enseñada por el Magisterio ordinario y universal.

La decisión deliberada de privar a un ser humano inocente de su vida es siempre mala desde el punto de vista moral y nunca puede ser lícita ni como fin, ni como medio para un fin bueno. En efecto, es una desobediencia grave a la ley moral, más aún, a Dios mismo, su autor y garante; y contradice las virtudes fundamentales de la justicia y de la caridad. “Nada ni nadie puede autorizar la muerte de un ser humano inocente, sea feto o embrión, niño o adulto, anciano, enfermo incurable o agonizante. Nadie además puede pedir este gesto homicida para sí mismo o para otros confiados a su responsabilidad ni puede consentirlo explícita o implícitamente. Ninguna autoridad puede legítimamente imponerlo ni permitirlo”.

2. Los católicos debemos aceptar la enseñanza de la Iglesia

Supongo que a muchos gobernantes de cualquier partido, no les importarán mucho las enseñanzas del Papa. Pero los cristianos de cualquier partido, por coherencia con su fe, deben admitirlas y seguirlas, desde luego, por encima de las orientaciones del propio partido.

3. Hay situaciones en que no es fácil actuar en cristiano

Cierto que hay casos en que a una mujer le ha de costar mucho seguir con el embarazo cuando se sabe que el niño viene con taras que le van a durar toda la vida, o cuando la vida de la madre corre peligro si el embarazo llega al final, o cuando ha sido violada; también le va a costar mucho rechazar el aborto a una jovencita que ha quedado en estado, ya que si no aborta va a ser objeto de comentarios de mucha gente, o va a tener que interrumpir el proyecto de vida que se había trazado; nadie aborta por gusto.

Es cierto que no queremos que las madres que abortan vayan a la cárcel, pero creo que deberían ser los jueces quienes valorasen las causas atenuantes o agravantes, como se hace en cualquier hecho delictivo. Y el suprimir una vida humana inocente es siempre delito.

Pero ¿a quién se le ocurre que se conceda el derecho de asesinar a un hijo a cualquiera, incluso a menores y, además, sin ningún motivo y, además, que se les conceda ese derecho a quienes no han llegado a la mayoría de edad sin ni siquiera la autorización de sus padres?

4. Por último, es curioso que cuando hay una catástrofe o un atentado, las noticias hacen referencia al número de niños que han sido víctimas, según aquello de “maxima debetur puero reverentia”; sin embargo, ante la supresión de millones de vidas inocentes debidas al aborto, ¿por qué la sociedad se calla y los gobernantes aceptan estos hechos?

No deberíamos cesar en la petición de que desaparezca totalmente el aborto en nuestro ordenamiento jurídico. No sé cómo, pero ha de haber un camino distinto de la cárcel, procurando una rehabilitación de las abortantes, ayudándolas a tomar conciencia de la gravedad de lo que han hecho. Lo que la autoridad no puede permitir es que aborte quien quiera con toda impunidad. Para los cristianos es muy consolador que siempre que hay arrepentimiento, Dios perdona y ayuda a enmendar la vida. Se olvida de nuestros pecados.

La Iglesia, con su manera de actuar en la cuestión del aborto no quiere dirigir ni sustituir las competencias del gobierno, ni el gobierno debe tratar de dar gusto a los obispos, sino cumplir con su deber. La Iglesia en sus intervenciones públicas recuerda a todos los católicos, pertenezcan o no al gobierno o a cualquier grupo político, sus deberes. No trata de agradar ni de disgustar a nadie. Y si alguien piensa que la Iglesia se va a callar ante hechos como éstos, que espere sentado porque el martirio cuenta también en el proyecto cristiano; en nuestra patria y en el mundo lo hemos visto muy claro no hace muchos años.

José Gea