Mi día 13 de marzo del 2013- comenzó muy temprano, a las tres de la mañana para ser exacto. ¿La razón? El cambio de hora entre Roma y la zona-centro de México. Aunque medio dormido, pude seguir la transmisión de la tercera votación del Cónclave, la cual -como todos sabemos- terminó con una nueva fumata negra. Después me dormí para luego empezar mis actividades y continuar al pendiente de la elección papal. Finalmente -al mediodía (zona horaria del centro de México)- apareció el humo blanco, bajo el canto alegre de las campanas. Pasaron cincuenta minutos, cuando de pronto se iluminó el interior de la logia central de la Basílica de San Pedro. ¡Pensé que se me salía el corazón! Todo era alegría, ilusión y, sobre todo, apertura al futuro, al Papa que iba a asomarse y sorprender al mundo entero. En actitud de oración, escuché el famoso “Habemus Papam”, identificando rápidamente el apellido del cardenal Bergoglio, ahora Francisco. ¡Me gustó mucho el nombre! De hecho, lo había considerado platicando sobre el tema con un amigo.

 

Lo que más me sorprendió, fue cuando el nuevo Papa -sonriendo- pidió que se hiciera una oración por él. De entrada, es un gesto muy importante que nos abre a una nueva etapa en la vida de la Iglesia. Hay que darle tiempo, sin embargo, está claro que se trata de un hombre convencido, abierto, sincero y, por si esto fuera poco, ¡buen comunicador! Aunque la nacionalidad no es lo más importante, no deja de ser un hecho histórico que se trate del primer Papa latinoamericano. Yo -en un rincón- pude hincarme y, desde ahí, agradecer a Cristo la unidad del colegio cardenalicio y la llamada a la evangelización que nos ha hecho el Papa jesuita, Francisco. Ya he regresado al ritmo normal de trabajo. De hecho, en unos minutos entraré a una junta. ¡No sé si podré con tanta emoción!, sin embargo, la fe se vive en lo cotidiano, ¡incluso en las intrincadas relaciones laborales! Por lo pronto, le damos la bienvenida al 266 Vicario de Cristo.