Pues no, lamentablemente no. No sucumba Vd. al optimismo y a la tentación de creer que por conceder la independencia a Vascongadas y Cataluña en España vamos a dejar de tener un problema de nacionalismo catalán y vascongado. No en modo alguno.
 
            La ideología nacionalista es una ideología ideal para políticos perezosos e incapaces, la cual les exime de la enojosa obligación de tener que brindar continuas explicaciones sobre los logros obtenidos en aquellas cosas que verdaderamente interesan a los ciudadanos, bienestar, orden público, economía, seguridad social, sanidad, educación, investigación, con la única condición de tener siempre “en la recámara” la siguiente reivindicación a punto. Un recurso que los nacionalismos españoles o de cualquier otro lugar del mundo no se privan de utilizar por haber conseguido la primera de sus reivindicaciones, en este caso, la independencia de sus pequeñas regiones, las cuales incluso carecen hasta del tamaño crítico para salir adelante como nación.
  

          Los nacionalismos vasco y catalán, que como nacionalismos son de libro, siempre un paso por delante, ya han echado la semillita de lo que constituirán las reivindicaciones catalana y vasca una vez que se haya consumado, si Dios no lo impide y los españoles -todos, también los que mayoritariamente pueblan las entrañables regiones españolas de las que hablamos- no nos decidimos a abortarlo de una vez por todas, la independencia de sus miniregiones: en el caso vasco se llama Iparralde, Nafarroa y otras partes en Rioja, Cantabria, Burgos; en el caso catalán se llama Paissos Catalans. Constituirán nuevos partidos en las regiones españolas más próximas que reproducirán el modelo reivindicador y de combate con el que tanto éxito han tenido en los núcleos regionales en los que se han estrenado, unos partiditos que en algunos casos ya existen (así por ejemplo el PNV y el entramado etarra en Navarra), y que están llamados a ser la quinta columna de catalanismo y vasquismo dentro de España, de manera que no dejemos de sentir nunca el aliento secesionista y desintegrador en nuestra nuca, aún cuando hayamos creído librarnos de ellos por haberles concedido la independencia.
 

           Con todo lo cual se consiguen en un solo acto dos objetivos: primero, continuar sin tener que brindar explicaciones al electorado sobre la gestión de gobierno, ¡qué horterada por Dios! Y segundo y no menos, pasar de ese modo de la fase independentista inicial a la fase imperialista, tan característica del nacionalismo -¿cual fue la espita de la Segunda Guerra Mundial sino el acceso a la fase imperailista de los nacionalismos europeos?- y tan cara a él.
 
            Así que ya sabe, amigo lector, no se haga ilusiones, no sucumba a la tentación de decir “pues que se vayan y que nos dejen en paz de una […] vez”, una tentación a la que ya han sucumbido muchos españoles hartos, fritos, literalmente fritos de esos señores insultantes y desagradabilísimos que no hacen otra cosa que pedir como si fueran pordioseros, cuando lejos de serlo pertenecen a las regiones más ricas de España y con las que sus compatriotas españoles se han volcado más desinteresadamente, y que, para colmo, se arrogan la representación de vascos y de catalanes, cuando todos sabemos bien que no todos los vascos ni los catalanes son así.
 
            Moraleja: a luchar toca por defender lo que es nuestro: Cataluña, Vascongadas, dos regiones entrañabilísimamente españolas, intrínsecamente españolas, pobladas de muchísimos españoles de bien condenados al silencio y a la postración, a las que no tenemos porqué renunciar porque personas sin escrúpulos a las que no anima más patriotismo que arrimar el ascua a su sardina, hayan decidido convertir en un modus vivendi muy provechoso vivir a costa de los demás.

 
            ©L.A.
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