Dos personajes de gran altura, aunque sencillos en su interior, me han ayudado a vivir la fe, a crecer en mi relación con Dios. Se trata de Santo Domingo de Guzmán y del Venerable Félix de Jesús Rougier. Hoy quiero reflexionar sobre el segundo, sobre aquél misionero y sacerdote francés que tuvo el coraje de ir contra corriente, para dar lugar a cuatro congregaciones, en una época marcada por la palabra crisis, por la dificultad de seguir a Cristo en medio de la persecución religiosa (19261929) que afectó a gran parte de México. El P. Félix nació en Meilhaud, Provincia de Auvernia, Francia, el 17 de diciembre de 1859 y murió el 10 de enero de 1938 en la capital de la República Mexicana. Casi 79 años de aventuras, descubrimientos, luchas, fundaciones y todo lo que significa ser fiel a Dios, al que un día le dijo a través del testimonio misionero de Mons. Eloy: “ven y sígueme” (Cf. Mt. 19, 21).

 

Algunos viven su vocación aburridos, desilusionados y con una apatía contagiosa. Pues bien, este no fue el caso del P. Félix Rougier. Se atrevió a reconstruir lo que las circunstancias históricas habían destruido. Lo anterior, haciendo equipo. Supo integrar a personas con ideas y prioridades afines, dándoles una identidad al interior de la Iglesia, para que se unieran al espíritu de las Obras de la Cruz. Fue un hombre que mantenía la mirada en el cielo y, a su vez, los pies bien puestos sobre la tierra. Cuando celebraba la Eucaristía o, en su caso, se arrodillaba ante el sagrario, no dejaba a nadie indiferente, sino que despertaba la decisión de hacer camino con Jesús. Quien es congruente entre lo que dice y lo que hace, atrae y se convierte en un medio adecuado para hacer de las crisis, un conjunto de nuevas oportunidades. El P. Félix, viendo los problemas de los sacerdotes en general, se preocupó por crear casas que los atendieran de una manera integral, dándose cuenta de la emergencia educativa, dio origen a diferentes colegios para rediseñar la realidad social, consciente de la ignorancia religiosa, organizó diferentes misiones y catequesis a gran escala. Lo anterior, confiando en la intercesión cercana de la Virgen María, de quien decía: ¡con ella todo, sin ella nada!

Fue un sacerdote con sentido común. Es decir, estaba al tanto de la situación, del contexto en el que se desenvolvía. Proponía a un Cristo vivo, en lugar de caer en sermones largos y aburridos. Trabajaba con gusto e ilusión, sin perder ni un solo rasgo de su humanidad. Se dio cuenta que el amor a Cristo, no se demuestra con una piedad rebuscada o evasiva, sino a través de obras y proyectos concretos. Desde el equilibrio que debe existir entre la contemplación y la acción, creyó y optó por Dios.

El P. Félix se sintió amado y enviado, sin importar las dificultades u obstáculos. Hoy por hoy, no faltan los católicos que a la primera dificultad ya quieren dejarlo todo, sin embargo, lo que podemos aprender del P. Félix, es el sentido y alcance de su fe, de su optimismo inquebrantable. Mientras muchos cerraban parroquias, noviciados, colegios y hospitales, él estaba fundando, promoviendo vocaciones, despertando el liderazgo de los laicos, haciendo presente a Dios tanto en las ciudades como en las periferias.

En medio de la desobediencia eclesial, fue obediente. No se inventaba teorías o pretextos para romper con el Papa o los Obispos. Al contrario, los tomaba como una mediación, un vínculo real con la voz de Dios. Lejos de todo reduccionismo, vivió la fe plenamente, subrayando la importancia de la alegría aún en  los momentos difíciles. Nos encontramos ante un sacerdote de carne y hueso, cuya vida demuestra que lo que ha sostenido a la Iglesia a lo largo de tantos siglos, es la fidelidad de los que se han dejado hacer y deshacer por el Espíritu Santo. A ejemplo del P. Félix, en lugar de planear nuestra retirada, seamos católicos preparados, abiertos, fieles y audaces. Si no es ahora, ¿cuándo?