Ayer tuve ocasión de contemplar en la iglesia de San Marcelo de León la imponente imagen del  Cristo crucificado de Gregorio Fernández. Es considerada como una obra maestra, y en verdad se merece este calificativo. Impone la majestuosidad de un Cristo muerto con la dignidad que solo puede ostentar Dios.  Me quedé un tiempo contemplándolo. Más allá de la obra artística lo que te llena es la paz y la serenidad que emana desde la cruz Aquel que dijo “Todo está consumado… Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.



            Lo hemos oído muchas veces. Y lo contemplamos en miles de crucifijos que se cruzan en nuestro camino cristiano. Pero algo singularmente bello pude ver en esta Cruz. Pienso que Gregorio Fernández, antes de esculpir esta imagen, leyó y medito muchas veces el evangelio de la Pasión. Y esa es la clave para poder captar en nuestro corazón la auténtica imagen de Aquel que dijo “Yo soy el buen Pastor”, y que desde la  cruz miró con amor a su Madre María, a Juan, y a todos nosotros. El que murió perdonando solo puede comprenderse desde el amor genuino.

            Junto al  Cristo de Gregorio Fernández colocaron muy oportunamente aquella oración que nos conmueve cada vez que la rezamos, y que yo quiero traerla aquí para que la recemos sin prisa:

No me mueve, mi Dios, para quererte 
el cielo que me tienes prometido, 
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte 
clavado en una cruz y escarnecido, 
muéveme ver tu cuerpo tan herido, 
muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera, 
que aunque no hubiera cielo, yo te amara, 
y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera, 
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.

 

 

 Y yo me atrevo a preguntarte a ti lector: ¿Qué te mueve para querer a Cristo? ¿El miedo? ¿El interés? ¿El agradecimiento? ¿La costumbre de un amor manido y sin fuste?

            Dios se merece algo más. El nos dijo “Amaos unos a otros como yo os he amado”. Y yo contemplo en esta Cruz de la Parroquia de San Marcelo de León, como en tantas otras, hasta qué punto el Señor nos ama. Y no hay otra respuesta válida que un amor sin fisuras, con un corazón entero.

Que me eperdone el lector si en lugar de un artículo me ha salido una meditación. Es posible que haya influido el que me encuentre en un rincón de Asturias conviviendo con un grupo de sacerdotes, preparándonos para inciar un nuevo curso bajo la luz de la fe en Cristo. Le pido a la Santina que así sea, y que nos veamos acompañados en este camino por todos los que vais en la misma dirección.

Juan García Inza
juan.garciainza@gmail.com